Lobo (Mafia Italiana 2) TREINTA Y DOS
42%

TREINTA Y DOS

LOBO

S u mirada ha cambiado. He sentido felicidad plena cuando la veía disfrutar. Ya no percibía miedo en ella, ni odio ni desconfianza. Se ha dejado llevar. Y no me equivoco diciéndolo porque la he observado durante minutos sentir el verdadero éxtasis.

Pero de repente, ha reaparecido. Tanto la preocupación como todo lo demás. No entiendo qué ha pasado. ¿Qué hay en esa cabecita suya?

—Creo que deberías irte antes de que te desangres por completo —pronuncia poniéndose en pie y tapándose el cuerpo con los brazos.

Me levanto aguantando el dolor, que cada vez se hace más insoportable. No sé si me duele más el dolor físico o su rechazo.

—Conmigo no tienes que avergonzarte de nada —le confirmo con seguridad en el tono.

Sigue sin mirarme por más que le agarre las mejillas con las manos. Me evita. Hemos vuelto como al principio. Qué frustración.

Ahogo la rabia en mi interior. Debo irme antes de que esto vaya a peor.

Hemos avanzado mucho y no quiero echarlo a perder.

Me doy la vuelta para vestirme con rapidez.

Al ponerme la camisa blanca, se llena un poco de la sangre que ya brota a través de la venda.

Ajusto el arnés encima y me centro en disimular la mancha con la chaqueta.

Espero que aguante lo justo para salir de aquí.

—Solo quiero que sepas que me pondría en peligro las veces que hiciera falta solo por tener unos minutos contigo —susurro sobre sus labios.

Puedo notar su aflicción, pero odio no saber por qué es. No sé lo que he hecho, y ella no es nada comunicativa conmigo, pero no me rendiré.

—Te veo mañana, cara mia.

La beso en la frente con lentitud, alargando lo posible los segundos antes de perder su contacto.

Con el corazón en un puño, camino hacia la puerta. Tenía esperanzas de que reaccionara hasta el último momento, pero al ver que he cerrado y sigue sin haber movimiento, me doy cuenta de que era en vano.

Me fuerzo por erguirme para que no se note. Joder, odio tener que dejarla así, pero si me quedo, me desangraría, y muerto no podría ayudarla.

Al bajar la escalera noto algunas miradas puestas en mí. Levanto la barbilla con orgullo e intento parecer satisfecho para que no le riñan a Cara.

Rina me intercepta hacia la salida.

—¿Todo bien, señor Ricci? —pregunta inquieta.

—Compruébalo tú misma, Rina —propongo al pensar toda la sangre que hay en la habitación. Seguro que es de su agrado cómo hemos dejado todo. Ella es feliz sabiendo que maltratan a las chicas—. Espero que recuerdes nuestro trato. Exclusividad. O habrá consecuencias —finalizo con tono de advertencia.

Ella baja la cabeza en señal de sumisión. Bien. Espero que haya quedado claro.

Me enciendo un cigarro al salir al exterior. Dedico solo unos segundos a inspirar de forma brusca cuando sé que ya no me ve el guardia de la puerta. Me agarro el costado gruñendo de dolor.

Al girar la esquina, Elio está apoyado sobre el capó con el móvil en la mano. Gracias a Dios esta vez me ha hecho caso.

—¿Qué ha pasado? —inquiere en tono preocupado y el rostro pálido al verme caminar con torpeza hacia él.

—Nada, es solo que se me ha abierto —aseguro para su tranquilidad.

—¿Cómo? —insiste metiendo mi brazo por detrás de su cuello para ayudarme a caminar hasta el vehículo.

Le echo una mirada de aviso para que deje de interrogarme. Él de repente se da cuenta y su sonrisa vacilona se hace visible.

—¿Follando? —Se ríe en alto—. Y eso que el Bestia soy yo, hermanito.

Me ayuda a meterme en el coche entre jadeos de dolor.

—Cállate, imbécil —ordeno.

No ha sido duro ni salvaje, pero los movimientos han sido intensos. Tanto que prometo que he disfrutado más este sexo que cualquiera otro que haya tenido. No solo sentía latir mi polla, sino también mi corazón.