TREINTA Y UNO
CARA
N o estaba preparada para esto. Quería complacerlo, y al ver cómo me ha tratado estos días anteriores, pensaba que sería diferente, menos brusco. Me había atraído su forma de ser tan amable, tan atento, tan delicado. Esperaba que fuera una persona diferente a la que acabo de ver y sentir.
Mi cuerpo tiembla, supongo que del miedo. Nunca me acostumbraré a este trato por parte de los hombres por más años que lleve. ¿Cómo lo harán mis compañeras para soportarlo?
Andrea se levanta del colchón en un movimiento veloz. Evita mirarme.
—Lo siento, no volverás a verme —declara muy seguro.
¿Se va? El pánico me atraviesa. Si se marcha ahora, todo se acaba, el trabajo, el dinero. Las consecuencias pueden ser mortales. Podría ser mi fin. No puedo perderlo.
Me incorporo rápido, poniéndome de rodillas, y le agarro del brazo antes de que dé un paso más hacia la puerta.
—Espera, por favor, quédate —le imploro.
Noto sus músculos tensos. Al fin clava su vista en la mí. Es inexplicable nuestra conexión. Me repito que solo es por trabajo, pero no quiero que desaparezca de mi vida. Desvía su mirada. No sirven mis palabras.
—Si te vas, estoy muerta —me sincero viendo que no cede ante mi súplica.
Pase lo que pase, ya no hay vuelta atrás.
Si se va, mi vida termina. Y si se queda por mi confesión y es quien sospechaba, también.
Por eso tiro de la esperanza que queda en mi interior de que no haya sido enviado por La Camorra para interrogarme.
Que sea de verdad su interés. Le pido con mis ojos que se quede, que no me deje.
Lo necesito.
—Si es por dinero, no es problema. —Saca del bolsillo interior de su chaqueta un fajo de billetes. Lo tira al colchón, justo a mi lado—. Hablé con Rina para que te guarde para mí todos los días y así nadie pueda tocarte.
Mi pecho se encoge al ver su gesto. Este sí es el Andrea que quiero.
Sí es el que esperaba y deseaba. Me acaba de solucionar la vida de nuevo.
No he conocido nadie así. No puede ser tan bueno.
Tiene que haber gato encerrado. Esto no puede ser real.
No me creo que le guste sin más. Pero aun así, eso que ha hecho me ha llenado tanto el corazón que me muero de ganas por besarlo.
Le suelto el brazo y, en cambio, le atrapo la cara con ambas manos. Sus ojos se abren sorprendidos cuando tiro de él hacia mí y me hundo en su boca. Lo hago con una urgencia que ni yo misma entiendo del todo. Mi lengua busca la suya con pasión, mi cuerpo se aprieta contra el suyo todavía vestido.
Es por trabajo, me repito al sentir mis emociones desbordadas.
Pero es mentira. Todo ha cambiado. En el momento que él se preocupó por mi bienestar al querer darme el dinero y hablar con Rina, me invadió un sentimiento de cariño que no puedo evitar.
Ha encendido una parte de mí que es imposible apagar.
Lo deseo tanto que me duele. Quiero sentirlo dentro de mí.
Quiero que me haga suya de verdad. Siendo la persona que conozco.
Siendo el que tanto invadió mis pensamientos estos días.
—No quiero hacerte más daño. Mírate el cuello. Joder, mírate.
Se separa de mí con la culpa aflorando de nuevo.
—Por favor —susurro contra sus labios, besándolo otra vez, más suave pero igual de intenso—. Quédate conmigo. Quiero esto.
Él duda un segundo más, respirando agitado contra mi boca. Sé que puede sentir cómo tiemblo de deseo. Mis manos bajan por su espalda atrayéndolo más a mí. Él gruñe bajito y me rodea la cintura con los brazos. Cede ante mí.
Esta vez es él quién se lanza a mi boca.
Noto el hambre de mí que tiene, pero la controla.
Sus movimientos son intensos, pero a la vez dulces, muy suaves.
Me tumba de nuevo en la cama sin prisas, con cuidado, como si fuera algo frágil y valioso.
Dios, que me trate así me hace emocionarme tanto que casi quiero llorar.
Se desnuda poco a poco, despacio, bajo mi mirada.
Primero la chaqueta, seguido el arnés con todas las armas, y lo deja en el suelo; luego su camisa blanca impoluta.
El placer me obliga a cerrar los ojos un segundo al ver los abdominales marcados.
Eso, junto a la forma en V que muestra por la cintura de los pantalones y las venas marcadas hasta casi explotar, me llena de un deseo irremediable difícil de soportar.
He visto muchos cuerpos de otros tíos, también trabajados, pero nunca he sentido esta excitación.
Me niego a pensar que es porque siento algo más por él. No debo pensar en eso.
El corte cosido con puntos de su costado no pasa desapercibido para mí. Entre eso y los rasguños de su rostro me da a pensar que se ha metido en problemas graves.
—¿Qué te ha pasado? —consigo decir con la vista puesta en el lateral de su torso.
—Nada de lo que debas preocuparte —afirma quitándole importancia.
Se coloca encima de mí. El contacto piel con piel me hace jadear.
Desliza un tirante con lentitud por mi hombro, luego el otro.
Seguido, introduce una mano por mi espalda para buscar el cierre del sujetador.
Entretanto, no deja de devorarme con la mirada, rozando su entrepierna con mi sexo.
Sus labios con los míos. Noto lo abultado que está. Él también me desea, y mucho.
Tira el sujetador al suelo. Sus labios recorren mi cuello magullado con besos suaves, como si fuera una forma de disculpa, mientras sus dedos acarician mis pechos con devoción.
Chupa uno de mis pezones con lentitud, dibujando círculos con la lengua hasta que arqueo la espalda. Sube su rostro acercándolo al mío.
—Me muero de ganas por verte gritar con mi polla dentro —murmura mirándome a los ojos con una intensidad que quema.
Se me seca la boca. La respiración acelerada hace que sienta que me falta el aire. Noto una punzada en mi vientre bajo. Nunca había sentido este fuego con ningún hombre. Solo en la soledad de mi casa cuando yo misma me doy placer.
Sus dedos bajan por mi cuerpo, me separan las piernas con dulzura y me tocan el coño ya empapado, acariciando mi clítoris con una paciencia que me vuelve loca. No hay brusquedad. Solo lujuria pura, concentrada, que me hace temblar.
Cuando por fin entra en mí, centímetro a centímetro, los dos gemimos al unísono.
Parece que tanto él como yo esperábamos este momento con ansia.
Su pene es muy grueso. Roza con mis paredes buscando hueco de forma lenta y sensual.
Está duro y caliente, pero se mueve despacio y profundo, sin dejar de observar mis pupilas.
Cada embestida es una caricia larga que me llena por completo.
Esta forma de hacerlo tan delicada y suave me vuelve loca.
Estoy rozando el paraíso. Envuelvo sus caderas con mis piernas y lo atraigo más adentro, sintiendo cómo encajamos perfectamente.
—Así… —susurro, borracha de deseo—. Así, por favor…
Me besa mientras me folla con ternura, sus caderas chocando con las mías en un ritmo perfecto que me lleva al borde una y otra vez.
Sus manos no aprietan, acarician. Me siento deseada de una forma como nadie me había hecho sentir jamás; no como un cuerpo para usar, sino como una mujer a la que adorar.
No por hacerlo más suave es menos intenso.
Al revés, es lo más apasionado que he vivido nunca.
Cada vez que entra hasta el fondo y se queda ahí, girando las caderas, rozo las estrellas.
Lágrimas diferentes a las de antes me llenan los ojos, pero ahora son de placer abrumador.
Mi orgasmo llega lento, muy profundo, devastando todo mi interior.
Me corro alrededor de su polla con un gemido largo y demasiado audible, lo aprieto dentro de mí.
Él me sigue al poco, corriéndose tan fuerte que siento todo el semen derramándose en mi interior.
— Cara mia —gruñe fuerte mientras se vacía.
Nos quedamos unidos, abrazados, jadeando, piel contra piel. Él esconde la cara en mi cuello, inspira contra él, y yo le acaricio el pelo. El corazón me late como nunca.
“Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida”, pienso mientras una sonrisa tonta se me escapa. Y aunque sigo repitiéndome que es solo trabajo, sé que ya no me lo creo.
Me ha hecho sentir que vivo de verdad, que soy importante, que valgo como persona. Puedo llegar a entender un poco más a esas compañeras que se enamoraron de sus clientes.
No hemos follado. Hemos hecho el amor. En toda regla.
Giro el rostro para buscar el suyo. Veo cómo hace una mueca de dolor.
—¿Es por la herida? —pregunto preocupada.
Mi mano busca el corte en su torso. Noto líquido en mis dedos. Bajo la mirada y la tengo empapada de sangre. Se le han soltado los puntos del esfuerzo.
—Oh, Dios mío, Andrea —me entra el pánico.
—No te preocupes —su voz suena calmada. Se levanta con esfuerzo. Intento ayudarle agarrando sus axilas para tirar de él—. No deberías ayudarme tú a mí —responde con el ego tocado.
Niego con la cabeza.
—No digas tonterías. Presiónate —le ordeno.
Corro hacia el cuarto de baño. Descuelgo la primera toalla que veo.
Abro el espejo y cojo el pequeño botiquín que hay.
Corro de nuevo, desnuda, hacia él. Le quito su mano para poner lo que he cogido en la herida abierta.
Esto absorberá la sangre. Me agacho de cuclillas delante de él para ser yo quien ejerza presión.
—Estoy poniéndolo todo perdido —pronuncia mirando la cama y el suelo lleno de líquido carmesí.
—No importa. Aquí están acostumbrados a ver esto. Hay muchos tíos a los que les gusta —no sé como decirlo para que no suene mal— el sexo peculiar.
De repente veo a centímetros de mí su gruesa polla. Mis ojos se abren por inercia. Está muy cerca de mi rostro. He dejado de respirar. Otra vez, siento el impulso irrefrenable de actuar por deseo con él. Y solo con él.
Me riño mentalmente. Abro el botiquín y veo unas vendas y un poco de esparadrapo. Él me ayuda a rodearle el abdomen con ellas. Incido con el esparadrapo en la herida.
—Querrás decir que son unos cerdos —asegura con rabia.
¿Cómo puede hablar así de su propia familia?
—Esto solo lo frenará unos minutos. No entiendo de enfermería, pero creo que necesitas que te lo vean y curen de verdad —expongo al ver cómo se empieza a ver una mancha en el centro del esparadrapo.
—Tranquila. En un rato estaré como nuevo. Tú solo preocúpate de que nadie te toque en mi ausencia. —Me coge de la barbilla para clavarme su mirada—. Nadie. ¿Lo has entendido?
Mi estómago da un vuelco. Una corriente eléctrica me recorre todo el cuerpo. Hablando de familia, al momento caigo en que él ya tiene una familia de verdad. Su mujer e hijos. Joder.
Bajo la cabeza, evitando su mirada.
Esto está mal. Porque no es un simple cliente, y él tampoco me trata como un simple coño para meterla.
Esto que sentimos está muy mal y debería parar. Tengo que volver a la realidad.
Soy la puta de La Camorra, sin más.