Lobo (Mafia Italiana 2) TREINTA
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TREINTA

CARA

A livio. Al verle entrar lo he notado. Es como si mi cuerpo lo sintiera aun sin verlo.

Sé que puede ser mi perdición, porque aún me tiene en la incertidumbre de cuál es su objetivo, pero pasar la noche con Carlo habría sido horrible.

Ya me imaginaba los azotes, los golpes profundos y las vejaciones que me haría.

Mi cuerpo no paraba de temblar aunque yo quisiera frenarlo.

Prefiero enfrentarme al interrogatorio antes que al contacto físico brutal de ese hombre.

Levanto un poco el rostro para mirarlo antes de entrar en la habitación.

Antes me he fijado en sus heridas. ¿Es por eso por lo que no vino ayer?

¿Ha estado metido en líos? Mi estómago se encoge al sentir un poco de preocupación.

Debería importarme una mierda, pero la realidad es que me urge tocar su boca para acariciar ese corte y darle cariño, curarlo.

Él nota en mi rostro ese sentimiento de inquietud, porque esboza media sonrisa de prepotencia.

Aparto la mirada para no darle el gusto.

Me indica que entre primero. Hago lo que me pide. Pongo las manos por delante de mi abdomen. Tiro de mis dedos, unos con otros. El pulso se me acelera. No puedo hacerlo mal. No creo que me queden más oportunidades. Y siendo realistas, él me hace ganar dinero y encima no me maltrata.

Es un puto chollo.

Y debería complacerlo.

—¿Por qué parece que te he salvado la vida? —vacila expulsando el humo del cigarro.

—Porque es la verdad. Ha sido así —salen las palabras de mi boca antes de pensarlas si quiera.

Su expresión cambia. De calmado a inquisidor. Mierda. Eso se podría considerar traición, deslealtad. Al darme cuenta se me seca la boca. Ha conseguido lo que buscaba. He bajado demasiado las defensas.

—¿Ves? Ahora empiezas a decir la verdad. No todas esas mierdas de “me encanta mi trabajo” y “soy leal a La Camorra” —afirma con satisfacción.

Doy un paso atrás, desconfiando de su próximo movimiento.

¿Cómo he podido fastidiarla tanto? Fue por la maldita película de ayer.

Me ha hecho sentirme más persona, más normal, más viva.

Y no debo. O ha sido él, por manipularme hasta el punto de hacer que me sienta segura estando a su lado.

Bombea tanto mi corazón que siento que se me sale del pecho.

—No. No. Lo has entendido mal. Me encanta mi trabajo. Ha sido por —pienso unos segundos. No puedo decir por “Carlo”. Si no, estaría comprometiendo mi engaño— dinero. Porque eres el que mejor paga y estoy aliviada de que hayas vuelto para seguir beneficiando a mi familia.

Bueno, ni tan mal.

—Y una mierda, Cara. —Su entrecejo se frunce, su nariz se abre por los laterales—. Tú sabes bien que no es así. Ese capullo te iba a maltratar y te he salvado de que te diera una buena.

Trago saliva. Desde el primer día está diciendo verdades como puños, pero no puedo darle la razón. No. Fuerzo mi cuerpo a tranquilizarse para hablar con seguridad.

—Es mi trabajo —repito con la voz más temblorosa de lo que querría.

Él se acerca a mí con decisión. De camino, tira el cigarro al suelo y lo pisa para apagarlo. Su mirada se oscurece. Puedo ver cómo las venas del cuello se abultan. Está enfadado. He conseguido disuadir su manipulación y estará frustrado.

—¿Te gusta entonces que te violen? ¿Que te peguen? ¿Que te obliguen? ¿Ser la puta que todos usan a su antojo? —brama cerca de mi rostro—. Quizá lo que hace falta para que me eches la misma cuenta que a ellos es que te trate igual —declara con una calma en la voz apabullante.

Ladea la cabeza, al igual que su boca.

Joder, da miedo.

Estoy de espaldas a la pared antes de poder reaccionar.

Sus ojos arden con una rabia oscura que me produce escalofríos.

Me atrapa las muñecas con una sola mano y las levanta por encima de mi cabeza, clavándolas contra el yeso.

Su cuerpo se pega al mío con una fuerza brutal, aplastándome.

Siento cada músculo de él, tenso, su calor y su erección dura contra mi vientre.

Desliza su lengua por mi oreja lamiendo todo a su paso.

—Siempre me ha caracterizado mi aguante, pero tú has llegado a mi límite, cara mia —susurra con voz sensual en mi oído.

Sus labios me devoran sin piedad. Clavándome sus ojos abiertos en los míos.

Sus dientes chocan en mi interior, la lengua invade cada rincón, mientras de él sale un gemido gutural que vibra contra aliento.

Me besa como si quisiera castigarme, devorarme, follarme con la boca antes de hacerlo con el resto.

El miedo me sube por la garganta. Quiero apartarlo, pero sé que no puedo. Tengo que hacerlo. Estoy aquí para esto. Es mi trabajo.

Me resigno. Tengo que dejar que pase. Mi cuerpo se afloja contra el suyo en señal de rendición.

—Joder —gruñe contra mi boca al darse cuenta de mi sumisión.

Me arrastra hasta la cama y me tira sobre el colchón con tanta fuerza que mi cuerpo rebota.

Antes de que pueda incorporarme, ya está él encima.

Su mano grande me rodea el cuello y aprieta con mucha presión.

El aire no puede pasar a mis pulmones. Mis ojos se abren mucho mientras lucho por respirar.

Él ejerce más fuerza, se le quedan los nudillos blancos.

Me fijo en su mirada vidriosa de rabia y deseo.

—¿Esto es lo que te gusta? ¿Eres una zorra? ¿Quieres que te folle como la puta que eres? —escupe rabioso con odio en el tono.

Con la otra mano me abre las piernas de un tirón.

Sus dedos bajan mi sujetador y aprietan mis pechos hasta que duele, pellizcan mis pezones con saña.

Luego, bajan por mi vientre y los mete dentro de mi ropa interior, se hunden entre mis pliegues sin ningún cuidado.

Me toca el coño con rudeza, introduce dos dedos.

Me folla con la mano con una brutalidad imparable mientras sigue asfixiándome.

Las lágrimas se hacen paso llenando mis ojos, mi visión se emborrona.

No es así como me lo imaginaba. No es así como quiero hacerlo con él.

No quiero esto. No parecía que fuera así.

Es mucho más horrible que Carlo. Me hace tanto daño que creo que no aguantaré más, y eso que he pasado por mucho.

Pero él no solo me hace daño físico. También lo hace emocional.

Porque una parte de mí tenía esperanzas de que fuera diferente, de que no fuera como ellos.

Ojalá no fuera así.

Ojalá me mirara como antes.

De pronto su mano se afloja alrededor de mi cuello.

El aire entra de golpe en mis pulmones y toso.

Él se queda congelado encima de mí, respirando con el pecho acelerado, subiendo y bajando a toda velocidad.

Enfoco la vista en sus ojos; antes estaban ciegos de furia, ahora están abiertos de horror al mirarme.

Esa mirada ha vuelto. Han servido mis súplicas al cielo.

—Perdóname —susurra con un hilo de voz.

Parece afectado. Me acaricia con cariño y suavidad la mejilla. Se aparta de mí como si mi piel quemara. Se sienta en el borde de la cama, con los codos sobre las rodillas, y se pasa las manos temblorosas por el pelo.

—Lo mejor es que me olvide de ti. No te merezco —su voz suena rota—. No quería hacerte esto. No te lo mereces. Bastante has soportado ya.

Su pecho sigue agitado, tiene los puños cerrados contra sus muslos. La rabia sigue ahí, con él, pero ahora está dirigida contra sí mismo. Y yo, con el cuello dolorido y el cuerpo marcado por sus dedos, solo puedo quedarme quieta, procesando todo, respirando con dificultad y sin saber qué decir.