Lobo (Mafia Italiana 2) TREINTA Y CINCO
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TREINTA Y CINCO

CARA

G imo por inercia al sentir una erección contra mi sexo.

Lo primero que pienso es en el dolor de cabeza.

Se ha ido. Qué gustazo. Al fin tengo la mente despejada.

Todo está en silencio. Recuerdo que Andrea se quedó conmigo a dormir.

Debería poner el grito en el cielo y regañarme por ello.

Fui yo quien le insistí, pero es que no puedo evitarlo.

Estoy abrazada a su cuerpo. Mi rostro hundido en su cuello.

Inspiro profundo para olerle y su perfume amaderado me llega hasta los pulmones.

Su respiración es lenta. Cada vez pienso menos que quiera hacerme daño. Si fuera así, no bajaría las defensas conmigo. Se ve que está despreocupado, cómodo. ¿Estará igual con su esposa? No, porque si no, no buscaría otra mujer. Tendría todo lo que necesita.

Ese pensamiento me vuelve a llenar de culpabilidad.

Joder, esto está mal. Empiezo a enumerar todas las reglas que he roto.

Hacer daño a otra mujer, meter en casa a un chico, pensar en él de forma cariñosa, dejar que me mime, no informar a mi madame ...

Seguro que me dejo alguna atrás, pero he dejado de contarlas al notar cómo me aprieta más contra su pecho.

Está despierto, lo sé. Abro los ojos, alerta.

—¿Quieres dejar de alejarte tanto? —pronuncia adormilado.

Lo sabía, aunque lo he hecho inconsciente al castigarme tanto mentalmente. Es que no debería estar…

—Cuéntame qué te preocupa —insiste poniéndose de lado.

Abre los ojos. Estamos de frente, muy cerca.

Hay una tensión enorme entre los dos. Con solo una mirada, se esfuman todos mis pensamientos.

Me sigue imponiendo y no consigo abrirme.

Aparte me frena saber que si lo hago, sería peor.

Aún puedo decirle a Rina que él me obligó a todo esto, pero si le cuento cosas o pensamientos, él podría utilizarlos en mi contra.

—Sigues sin confiar en mí —afirma Andrea en tono decepcionado.

Frunzo los labios. No me gusta verlo así. No al único con el que me he sentido a salvo y querida. Mueve una mano para acariciarme la mejilla.

—Ya me la ganaré poco a poco —asegura con una sonrisa—. ¿Qué te parece si empiezo yo contándote sobre mí?

¿Está seguro de eso? En este mundo, cuanto menos sepamos los unos de los otros, mejor. La información es un arma fácil de manejar y muy peligrosa.

—Me tomaré tu silencio como una respuesta afirmativa —pronuncia con evidente felicidad en el tono.

Pasea un dedo por mi escote, acariciando con él cada parte de mis pechos.

—Aprendí desde muy pequeño a ser autosuficiente.

Creo que eso lo tenemos en común. La diferencia es que es un mundo de hombres y yo tuve facilidades, tú no —cuenta en tono afligido—.

Mi madre me adora y siempre ha sido muy dedicada a mis hermanos y a mí, pero como estaba rodeado de mafiosos y hombres que solo querían nuestras desgracias, tuve que salir adelante por mi cuenta para ayudar a mi familia.

¿Qué querrá decir con eso? Ahora me muero de intriga. Quisiera saber qué ha hecho en el pasado, pero no veo conveniente indagar tanto.

—Ahora te toca —exige con mucho interés.

No puedo hablar de mí. Aún no me fío por completo de él.

Bajo la barbilla para apartar la mirada.

Las veces que ha intentado sacarme información en el club terminaba por irse enfadado porque no conseguía su objetivo.

¿Se volverá a ir? No me gusta la idea de que lo haga.

Tampoco soy capaz de darle lo que me pide.

—¿Seguimos en esas? —pregunta—. Está bien. Tendré que sacártelo a la fuerza —dictamina en tono divertido.

¿No se enfada? Se incorpora con un gesto de dolor. Oh, no. ¿Se va de mi casa? Tira la manta al suelo.

—Vas a suplicar que pare y me lo contarás todo, cara mia —declara desgarrando mis bragas de encaje.

¡Cielo santo!

Estoy perdida.