Lobo (Mafia Italiana 2) VEINTIOCHO
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VEINTIOCHO

LOBO

M e cuesta caminar todavía. Fuerzo las piernas a moverse a pesar del dolor. Aún me siento un poco débil. Acabo de recibir una llamada que ha cambiado mis planes. Pensaba alargar otro día en mi recuperación, pero no puede ser. Cara me necesita.

Esa desgraciada de Rina me prometió que mantendría a mi chica en exclusividad para mí.

Le di una gran cantidad de dinero por ello.

He comprobado que no tiene palabra ninguna.

La ha vendido a la primera de cambio. Sé que no podía fiarme de ella, pero no esperaba que con solo dos días me diera problemas.

La muy hija de puta necesita que Cara sufra para ser feliz.

No estaba en mi lista de personas a las que tengo que cargarme, pero ha subido a uno de los primeros puestos.

Busco en el armario una camisa blanca, luego un pantalón de pinza en gris. Espero que la herida que tengo cosida no se abra. Me observo en el espejo el cuerpo amoratado y el costado aún hinchado. Tengo una pequeña herida en la ceja y otra en la comisura de la boca que aún se están cerrando.

Me cuelgo el arnés con un cargador y mi pistola. Compruebo antes que esté cargada y lista para usarse. Con trabajo, estiro los brazos y me pongo la americana a juego con el pantalón.

Nadie diría que hace dos días estaba luchando por vivir. Por suerte, mala hierba nunca muere, y si muere, no hace falta quien la entierre, como dice el refrán.

Abro la puerta con sigilo no sin antes acariciar la cabeza de Ares, que vuelve a su cama situada debajo de mi ventana.

Observo que no haya nadie cerca antes de salir.

No quiero a mi madre entrometiéndose de nuevo.

Sé que se preocupa, pero no tengo tiempo para calmarla ni para charlas.

Me quedan unas horas de camino y tengo que llegar cuanto antes.

Bajo la escalera principal agarrado a la barandilla por el dolor que me produce en el abdomen tanto movimiento de mis extremidades.

Cruzo el vestíbulo mirando hacia todos lados para cerciorarme de que nadie me ve. Me urge salir y llegar allí cuanto antes. Agarro el pomo de la puerta principal.

—¿Otra vez dando problemas? Hermanito, me estás superando con creces, y mira que eso es difícil —la voz divertida de Elio me hiela la sangre.

Mierda. Me ha pillado.

—Tengo que salir. Vuelvo en unas horas —expongo sin entrar en detalles.

Abro la puerta, pero me encuentro la mano de mi hermano cerrándola con fuerza impidiendo mi salida.

—Y una mierda —asevera a centímetros de mí justo a mi lado—. Si quieres ir a ver a tu chica, no te lo impediré, pero iré contigo —dictamina muy serio al respecto.

Al menos no va a evitarlo. Y, bueno, si se vuelve a torcer la situación, tendré su ayuda.

Pero por otra parte, es muy inestable, suele actuar por impulso y si la caga, le repercutirá también a ella.

Me pienso la decisión unos segundos. Al final me decido por darle el voto de confianza. Espero no arrepentirme de mi decisión.

—Está bien, pero harás todo lo que yo te diga, sin sorpresas. Júralo —ordeno con contundencia.

—Jurado, hermano —asiente con expresión seria.

Ojalá se comporte. No lo llaman Bestia por amor al arte.

He aceptado que sea Elio el que conduzca, así reposo por el camino.

De todas formas, sería un suplicio conducir en mi estado.

Ennio nos vio salir del aparcamiento y le ordenamos que no abriera la boca con los demás y que se quedara a cargo de la protección de la mansión y de la familia en nuestra corta ausencia.

Hemos tenido tiempo para hablar durante el camino.

Le he explicado cómo la conocí y todo lo que ha ocurrido entre Cara y yo.

Ya tenía claro que en cuanto se lo contara, me vacilaría.

Él no cree en el amor ni ha tenido nunca novia formal.

Solo iba a casarse en aquel momento por orden del “Don a cargo”.

Solo utiliza a las mujeres por puro placer y nada más.

Por eso nunca comprenderá lo que he llegado a sentir.

La conexión que se hizo palpable desde el segundo uno.

Las miradas que lo decían todo sin hablar.

—No la convencerás si la tienen tan sometida, hermano —pronuncia a ciento sesenta por la autovía.

Me pongo un cigarrillo en los labios.

—Lo haré. Conseguiré sacarla de allí —replico convencido de ello.

Me lo paseo por los labios.

—Hazlo a la fuerza —me aconseja como quién lo ve normal.

Frunzo el ceño al mirarlo de reojo.

—Así no funcionan las relaciones, Elio. A tu pareja tienes que respetarla —insisto acercando el encendedor.

Mi hermano deja ver una sonrisa perversa. A saber qué estará pensando el loco.

—Ya casi llegamos —anuncio al ver el cartel de Nápoles.

Expulso el humo disfrutando de la calada. Como me encuentre a mi chica en las manos de alguien, esta noche se desatará una guerra que acabará con la vida de muchos. Entre ellas, la de Rina, seguida de Santoro y finalizando por Gepetto.