VEINTISIETE
CARA
D eslizo la manta por mi cuerpo. Me ha entrado frío.
Nada más llegar, me he cambiado de ropa y me he puesto un pijama de manga larga.
Fuera del trabajo intento taparme la piel todo lo que puedo, ya que allí no me dejan.
Me he tumbado en el sofá y me he quedado observando la pared sin pestañear.
¿Habrá decidido no venir más al club? ¿Por qué motivo?
¿Lo habrá pillado su mujer? ¿O la culpa es mía al no darle lo que pretendiera?
Aún no sé si esas preguntas eran por un juego retorcido o por un interrogatorio de verdad.
Los mafiosos están todos enfermos. No es que sus valores morales anden en buena estima ni su mente en óptima condición.
La mayoría son traumados que asesinaron muy pronto y con un sadismo con el que disfrutan como un niño pequeño.
Jolines. Estaba ganando mucho dinero. Si solo era un juego sexual, debería de habérmelo dicho y así le seguía el rollo. Me asusté con tantas preguntas, y todavía no estoy segura de que esté a salvo y no sea una trampa.
Me tiene muy intrigada. Y si soy sincera, si tengo que follarme a alguien, preferiría a alguien como Andrea antes que a Gennaro. Si con el traje está para comérselo, no me lo quiero imaginar sin él.
¿Me habrá echado hoy de menos? “Pero ¿qué dices, tonta?”, me riño. Estará con su familia, que es lo que tenía que haber hecho desde un principio. Serle fiel a su mujer. Yo no valgo nada ni para él ni para nadie. Tengo que quitármelo de la cabeza.
Presiono el botón de encendido de la televisión.
Paso de un canal a otro. Es la primera vez que veo la tele de noche y siento que no debería estar haciéndolo.
Me siento culpable por no estar en el club.
Aparece en la pantalla una película y dejo de cambiar de canal.
En la escena, un hombre en un coche deportivo, frena en una calle donde hay prostitutas.
Sonrío. Nosotras tenemos más clase que esas.
Qué mal se vestían en aquella época. La chica que aparece es pelirroja, como yo.
Hostia. Mastica chicle de forma muy evidente y maleducada.
El hombre, que por cierto es muy guapo, le ofrece dinero.
Me río por la forma que tiene ella de hablar.
Me sorprende que me esté gustando al ver tantas similitudes. Suelto el mando sobre la mesilla baja, apoyo la cabeza sobre el brazo y me sumerjo en la peli. Al final va a tener razón Marcel. Sí puedo ser una “chica normal” y sí me pueden gustar cosas tan simples como esta.
Después de más de una hora, tengo el sofá cubierto con pañuelos llenos de lágrimas y mocos.
Tengo las piernas cruzadas sobre el asiento y la espalda inclinada hacia delante muy pendiente del final.
No sabía que se podía llorar con una película.
He visto algunas, pero todas eran de acción o de miedo porque me transmitían emociones fuertes y me gustaban al hacerme sentir adrenalina.
Pero las de amor siempre las evitaba, joder, y me encantan.
Me río al ver que él intenta subir por la escalera de incendios con un paraguas y un ramo de flores.
Dios, qué bonito.
Quiero un amor así. Que alguien lo deje todo por mí. Volverme el centro de su mundo y que me quiera con todos mis defectos. Que me abrace, que me elija por encima de todo. Que la única lealtad sea hacia mí. Que nunca me engañe. Y que sea para siempre.
Mis lágrimas salen con más fuerza. Me derrumbo en la soledad de mi espacio seguro, mi casa.
Aquí nadie me puede reñir ni controlar. Mi pecho se estruja tanto que duele.
Estoy muerta en vida y no me gusta reconocerlo, porque si lo hago, me volvería loca.
Por eso siempre me autoconvenzo de que estoy bien, de que esto no está tan mal.
Pero la verdad es que soy una desgraciada.
Muchas veces, aunque no lo haya reconocido en el pasado, he pensado que quizá estaría mejor muerta, igual que Maia.
Mi llanto domina el sonido de todo mi espacio.
No me limpio porque no tengo por qué esconderme. Me desgarro la voz con el llanto.
Y mientras tanto pienso que solo por esta vez, que solo me permitiré venirme abajo esta noche. Mañana volveré a vivir como Axa y a ser lo que soy.
Los protagonistas de la peli se abrazan y yo, sin querer, aplaudo. Las putas también pueden enamorarse. Me ahogo en la pena mientras salen los créditos del final. Mi último pensamiento antes de quedarme dormida entre tanto llanto es la imagen de Andrea.
Caramba. Es como si hubiera cogido la borrachera de mi vida, y eso que no bebí.
Me desperté con los ojos hinchados y el cuerpo como si me hubieran pegado una paliza.
La cama está intacta. No me moví de mi sofá de tres plazas.
Es lo suficiente cómodo para dormir estirada y de forma placentera.
Me acurruqué en mi manta de coralina de color rosa y no recuerdo nada más.
La televisión se apagaría en algún momento por la inactividad.
Me estoy haciendo de comer. He dormido demasiado y ya es mediodía.
Quedan poco más de cuatro horas para volver al club.
Mientras repongo la sal en el recipiente desde el paquete del supermercado, pienso en la película de ayer.
Me muerdo los labios aguantando esa opresión en el pecho.
No puedo permitirme repetir lo de anoche.
Tengo que ser fuerte. Me he tenido que adaptar a esta vida y es lo que hay.
Dejo la sopa precocinada calentándose para ir a echarme agua en la cara. Necesito despejarme de estos pensamientos. Mi móvil pita de camino. Es Rina.
“Espero que hoy te comportes con Andrea. Tu trabajo pende de un hilo, Axa”.
Mierda.
Me quedo unos segundos pensativa mirando la pantalla.
Después de todo este tiempo siendo una trabajadora ejemplar, ¿cómo se ha podido echar todo a perder?
¿Cómo por un tío se desvaloriza todo el trabajo que he hecho en el pasado?
Todo es por culpa de Andrea. Desde que apareció, mi vida se está volviendo una puta locura.
Y no lo permitiré.
Mi cuerpo arde de furia hacia él. Aprieto el móvil dejando la marca en mis dedos.
No puedo hacer nada al respecto. No soy nadie ni puedo recriminarle nada.
Me trago mi rabia dejando un sabor amargo en la garganta.
Tengo que prepararme y comer con rapidez.
El trabajo no espera, y bastante enfadada está ya mi madame .
Suspiro muy cansada. A seguir con mi vida, es lo que hay.
Después de la mirada inquisitiva de Rina, vuelvo mi vista al frente. Casi me estoy acabando el vaso en la barra y aún no ha llegado Andrea. Quizá hoy tampoco venga. O quizá no venga nunca más. ¿Tanto la cagué?
Doy toquecitos con el tacón en la barra del taburete. Menos mal que hace horas que comí porque tengo el estómago tan revuelto que parece que hay un enjambre de abejas en mi interior. Se me seca tanto la boca que me he bebido el alcohol de dos tragos.
Mi madame no deja de observarme. Se ve que el enfado que tiene es descomunal.
Ojeo a Marcel, que está en la otra punta de la barra, contemplándonos a Rina y a mí con una expresión de preocupación en el rostro.
Mierda. Pero ¿por qué no viene Andrea? Juro hacerlo mejor si viene.
Tengo que hacerlo. Es mi última oportunidad. De ello depende mi vida.
Por favor, ven.
Me muerdo los labios. Me acaricio el muslo con las manos sudorosas.
De reojo veo a Rina hablar con Carlo y señalando hacia mí.
Este tiene sentada en su regazo a Uria. Me fijo en la puerta esperando ver aparecer por ahí la solución de mis problemas.
Carlo se levanta del sillón apartando a mi compañera y camina hacia mí con Rina agarrada a su brazo con actitud cariñosa.
No me jodas.
Él no.
La fama que tiene es de ser un bruto, un completo sádico.
Le gusta hacer daño. Miel me ha contado barbaridades sobre él.
Siento que se me va a salir el corazón del pecho.
Por inercia, busco a Marcel, pero él aparta la mirada y huye hacia el almacén.
No sé ni por qué lo hago. Ni que él fuera a salvarme.
Cuando llegan hasta mí, esbozo una sonrisa falsa para recibirlos.
—Axa, Carlo está interesado en ti esta noche —anuncia Rina.
Querrás decir que tú has hecho que se interese por mí. Sin embargo, ante esas palabras, levanto las comisuras hacia arriba queriendo parecer agradable y disponible.
—Creo que nos vamos a divertir juntos —declara Carlo en tono amenazante.
Quiero gritar. Llorar. Salir corriendo—.
Eh, tú —le hace señas de forma desagradable a Marcel, que acaba de aparecer de la parte de atrás—, tráenos una copa.
Que sea fuerte, que le hará falta a Axa esta noche —determina en tono perverso.
Me besa los nudillos levantando mi mano como si fuera la persona más educada y amable de mundo.
Creía que había visto y sentido todo el mal que habita en este mundo, sin embargo, me doy cuenta de que siempre puede superarse. El infierno tiene infinitas formas de representarse, y no he visto ni la mínima parte.
Para mi sorpresa.
O mi desgracia.