VEINTISEIS
CARA
A penas he podido pegar ojo en toda la noche.
Me duele aún la mejilla del revés que me metió Rina.
En cuanto Andrea salió por la puerta, no tardó ni cinco minutos en aparecer ella hecha una completa furia.
Supongo que vio cómo él se iba enfadado y, por ende, yo soy la del problema, ya que mi trabajo es que mis clientes salgan felices y relajados, y no rezumando rabia por los costados.
Mi madame se calmó un poco cuando vio el fajo de billetes.
Los ojos le brillaron con la llamativa cantidad que dejó sobre la colcha.
Gracias a eso, me dio la noche libre, no sin antes advertirme de que no volviera a pasar y que pensara en algún remedio para cuando volviera, ya que había pagado para mis servicios ilimitados.
Ayer me enteré de que el imbécil habló con Rina para que nadie más me tocara, para que sea suya, solo y exclusivamente para él.
Eso me dio que pensar. Quizá no es La Camorra incriminándome, sino un simple tío que se ha obsesionado conmigo.
Porque si no, ni pagaría esa cantidad ni habría hablado con Rina de esa forma para obtenerme a toda costa, ¿no?
En realidad, no estoy segura de nada. Todo son suposiciones.
No sé qué hacer al respecto. Es verdad que si es así, no tengo por qué sentir miedo.
La pelota está en su tejado y, si actúa de una forma que la organización no ve bien, ellos mismo se encargan de recordárselo.
Puede obsesionarse conmigo hasta tal punto, pero no puede pasar el límite.
Igual que pasó aquello con el camarero y una de mis compañeras, también pasó con un cliente.
Un simple integrante de unos de los clanes se obcecó con una de ellas y tuvieron que encargarse de él.
Por las habladurías supe que lo habían enviado lejos de Nápoles y que tenía prohibido pisar el club.
Estamos aquí para dar placer, pero nuestro único dueño es La Camorra, y en su caso, Santoro.
Si alguien se cree con el derecho a privatizarnos solo para él, le recuerdan dónde está y con quién.
Gracias a Dios, la chica no salió mal parada de aquello, porque fue quien avisó a Rina.
Le contó que el integrante le confesó su amor y que planeaba sacarla de allí.
Eso fue lo que le salvó la vida a ella, que fue leal a la organización y se chivara.
Si ese es el plan de Andrea, si lo que tiene es una obsesión enfermiza por mí, sería el momento de parar. Recabaré pruebas y si veo que pasa la línea o habla cosas que no debe, avisaré a Rina. Porque mi vida depende de ello.
Entro por la puerta del club. He pasado el día de nuevo en el sofá con dolor de cabeza de la rayada que me pego con el imbécil este, pero es hora de trabajar.
Intentaré ser más amable y haré lo que sea para darle placer.
Llevamos pocos días juntos, pero ya he juntado en la mesita de noche más dinero de lo que tendría en casi un año.
A lo bueno una se adapta rápido. Cuelgo el abrigo en el perchero del armario destinado a las trabajadoras.
Aún no hay clientes. Rina baja por las escaleras con su energía oscura, como siempre.
—En fila —ordena.
Yergo la espalda y levanto la barbilla para que pueda observarme bien.
Mis compañeras hacen lo mismo. Andrea. Desde que lo conocí domina mis pensamientos.
No puedo apartar sus ojos únicos e inusuales.
Su seguridad, su forma de mirarme. Es evidente que lo hace con lascivia, pero hay más detrás.
No lo hace como los hombres de aquí. En él veo cierto interés, curiosidad y misterio.
Aún no me ha tocado ni me ha obligado a nada. Solo se ha insinuado.
Rina me escruta al detalle antes de dirigirse a mí en modo déspota.
—Procura no cagarla, Axa —advierte muy seria.
Asiento con la cabeza mostrándole mi sumisión.
Me estoy ganando una etiqueta que no quiero.
Todo este tiempo he sido una trabajadora ejemplar, nunca he dado problemas.
Ha sido a raíz de Andrea cuando se ha descontrolado todo.
Es por su culpa. Si no hubiera entrado en mi vida, podría haber seguido siendo perfecta para La Camorra.
La madame termina con nosotras y cada una se dirige a su puesto. Me vuelvo a sentar en la esquina de la barra esperando a que entre el que tanto me confunde. Quiero controlar la situación, pero cuando se trata de él, me bloqueo y parezco tonta.
Las horas pasan. Me sé de memoria las manchas de humedad que hay en la pared.
Al principio se me iba a salir el corazón del pecho esperando que él entrara por la puerta, pero luego, mis nervios se han ido disipando al ver que no aparecía.
Creo que hoy no vendrá. La mayoría de mis compañeras hace mucho que se han ido a las habitaciones de la planta superior.
Algunos hombres se han acercado pidiendo mi atención y mis trabajos. Rina los ha echado de mi lado al segundo. Está guardándome para el señor Ricci, como su bien más preciado, el juguete que soy.
Estoy muy aburrida. Me había estado preparando respuestas y gestos para cuando él apareciera. Hoy quería ser lo más sumisa posible e intentar follármelo para demostrar que sirvo para mi organización, pero después de tantas horas, ya no me acuerdo ni de lo que pensé.
—Espero que no te riñan por echarte a perder los codos —la voz de Marcel, el camarero, me sobresalta.
Frunzo el ceño. No entiendo por qué lo dice. Él señala con la mirada mi brazo apoyado sobre la barra. Lo tengo hincado con la mejilla descansando sobre la palma de la mano. Mi espalda está encorvada, mi postura no es la más vistosa ahora mismo. Me incorporo un poco ante su comentario.
—Me aburro —simplifico.
Dejo salir un largo suspiro.
—Deberías estar feliz. Eres la única que hoy es libre —asegura colocando vasos limpios en una estantería cercana a mí.
—Preferiría estar trabajando —contesto mientras observo de reojo cómo Rina bebe de su vaso junto a uno de los capos. En ese momento se ríe de algún comentario que él ha hecho.
Supongo que está ocupada complaciendo a sus clientes. No se acuesta con nadie, pero todas las noches bebe como una cosaca y actúa como uno más de ellos. Se le da bien camuflarse en este mundo. Quizá sea porque su alma es tan negra como la de ellos.
—Espero que lo digas de broma. No sé quién en su sano juicio preferiría ser violada antes que estar en su casa con una copa de vino y su peli favorita —contesta Marcel sin dejar de hacer su labor.
Esta vez repasa cada vaso con el trapo. Ya están limpios, pero supongo que lo hace para seguir con la conversación.
—Quizá yo no soy de ese tipo de chicas. Me gusta mi trabajo. Doy gracias todos los días por tenerlo —aseguro.
Nunca había pensado en ese tipo de planes, ya que en todo este tiempo no he tenido una noche libre.
Trabajo de lunes a domingo. Todo el año.
Desde las seis de la tarde hasta bien entrada la madrugada.
Cuando llego a casa, lo único que me apetece es darme una ducha y dormir.
A veces, me tomo un analgésico por lo fuerte que me han dado o me hecho crema. Y no hay más aparte de eso.
—No te creo —contrarresta.
Le echo una mirada interrogativa. ¿Otro intentando contradecirme?
¿Qué está pasando a mi alrededor? ¿Se han vuelto todos desconfiados?
Parece que están todo el tiempo buscándome fallos y queriendo justificar mis acciones.
Me empiezo a incomodar. Doy pequeños toquecitos con el tacón en la barra del taburete.
Le doy la espalda para observar de nuevo a mi madame , no vaya a ser que haya visto que estamos hablando demasiado.
Ella sigue inmersa en la conversación con el hombre.
—No era mi intención molestarte. De verdad que no entiendo cómo te puede gustar una vida así. Deberías tener sueños, querer un futuro… —insiste Marcel.
Mi corazón se aprieta al recordar que nunca tendré una familia. Rememoro aquel hombre del teatro, en la fila, cómo miraba con amor a su esposa e hijos. Sí, eso sería un sueño hecho realidad.
Niego con la cabeza al volver al presente. Es imposible, y cuanto antes lo acepte, menos daño me hará.
—A ti no te importa lo que yo quiera así que no molestes más —suelto intransigente.
Tengo que cortar de una vez la confianza que se está tomando conmigo este nuevo trabajador.
Me meterá en un problema si sigue dándome charla.
Además, no sé sus intenciones. Prefiero ponerme a la defensiva al haber escuchado sus comentarios por si es como Andrea y solo pretende sonsacarme una actitud que no es real.
Pertenezco a La Camorra, digan lo que digan y hagan lo que hagan.
Rina observa el reloj de la pared. Es tarde, falta poco para cerrar, apenas quedan dos hombres en las mesas y se ve de lejos que están ebrios. Los ojos de la madame se vuelven hacia mí. Emprende el camino hacia mi posición con una expresión nada contenta.
—No pretendía incomodarte, lo siento —escucho en voz baja a Marcel cuando se gira para irse.
Evado tanto sus palabras como su existencia. Mi atención se centra en Rina. ¿Qué me espera? ¿Estará muy molesta porque Andrea no se ha presentado en el club? Lo mismo está haciendo cosas de mafioso y por eso no ha venido hoy, o a lo mejor llega más tarde.
—Veo que Andrea ha decidido prescindir de tus servicios hoy.
Hemos perdido dinero por guardarte para él.
Vamos a concederle el beneficio de la duda y espero que sea porque ha tenido asuntos importantes que atender.
Si mañana no aparece, te buscaré otro hombre y tendrás consecuencias.
Has echado a perder el mejor cliente que hemos tenido en mucho tiempo.
—Se pasa la mano por la barbilla de forma pensativa—.
Creo que nunca hemos tenido alguien que pague tanto.
—Su expresión cambia demostrando su enfado al recordarlo—. ¡Niña estúpida!
Me da una bofetada que hace que mi rostro se gire del impacto. Bajo la cabeza notando como la sangre me sube a la mejilla. Mi pecho se acelera. Aguanto el castigo. Quiero llorar del dolor.
—Vete a casa y reza porque mañana Andrea aparezca —advierte en tono de amenaza.
Me levanto despacio del taburete. Camino encorvada, con la autoestima por el suelo y la dignidad hecha pedazos. Recojo mi abrigo del armario. Al ponérmelo me siento un poco más segura, no tan expuesta.
De camino a la puerta, bajo la atenta mirada de Rina, noto también los ojos de Marcel en mí.
Miro hacia él de reojo. Él me hace un guiño escondiendo una sonrisa.
¿De qué se alegra? ¿De qué me hayan pegado?
¿O de que sea libre esta noche? Quiero pensar que es lo último, pero como le respondí de forma tan déspota, dudo.
Me tienen todos confusa con esos comentarios. O están buscando mi muerte o no tengo ni idea de lo que está pasando.
Solo sé que mi vida está cambiando.