Lobo (Mafia Italiana 2) VEINTICINCO
33%

VEINTICINCO

VUELTA AL PRESENTE…

LOBO

D uele a rabiar. Es lo que más noto en este momento. Siento como si el costado me estuviera quemando. Seguro que se ha pasado el efecto de los analgésicos. Dibujo una mueca en el rostro aún intentando abrir los ojos.

—Hola, Ciro, soy Mattia. ¿Cómo te encuentras? —escucho la voz muy cercana a mí.

Me obligo a ir abriendo los ojos con lentitud.

A mi lado veo al doctor y a mi madre con el semblante preocupado.

Intento hablar, pero tengo la boca seca.

Ella, al darse cuenta, me posa en los labios un vaso con agua.

Bebo un sorbo pequeño. Parece que me hubieran dado una paliza, o por lo menos así me siento.

Asiento con la cabeza para confirmar que estoy bien, aunque me cueste ahora mismo mover cada músculo.

—Te voy a inyectar un calmante para el dolor —anuncia Mattia cogiendo una jeringuilla.

En mi mano tengo puesta una vía con suero. Me fijo en la ventana y está anocheciendo.

—¿Cuánto llevo inconsciente? —pregunto forzando la voz, que sale más baja de lo que pretendía.

—Casi veinticuatro horas, hijo —responde mi madre.

Mientras el doctor me pone el calmante, pienso cómo fueron mis últimas horas.

Se me viene Cara a la mente, cómo me miró con terror en los ojos creyendo que yo le pegaría.

Solo buscaba mantener una conversación con ella, conocerla.

Eso llevo queriendo desde hace días, pero no hay manera, está totalmente cerrada en banda.

La tienen demasiado cohibida y dominada, y eso me enfurece.

Estará esperando que esta noche vaya. Le dije a Rina que ella era mía y que no quería que trabajara con otro hombre, y le di una buena cantidad de dinero por la exclusividad, pero no estoy seguro de que vaya a cumplir su palabra si no aparezco.

Querrá más dinero, más negocio. Odio pensar que si no voy, hará que ella se acueste con otro tío.

Debo evitarlo a toda costa. Hago el ademán de incorporarme, pero es mi madre quien me frena.

—Ni se te ocurra moverte. Aún necesitas reposo —me indica en tono autoritario—. Además, tenemos mucho que hablar —finaliza mirando al doctor y haciéndole un gesto con la mirada para que nos deje solos.

En el momento que Mattia sale, mi hermano entra dejando ver la preocupación en su rostro.

—Espero que no te hayas cargado a mi hombre de confianza —pronuncio en tono divertido hacia Elio para romper su desasosiego.

Recuerdo cómo amenazó a Tullio cuando me desangraba en el coche.

—Estaba esperando a ver si te decidías a volver a tu trabajo —se burla en tono calmado, relajando las facciones—. Para partirte la cara a ti en vez de a él —añade llegando hasta mi lado.

—Inténtalo, capullo —le provoco—. Hasta así podría contigo —finalizo con una sonrisa de prepotencia.

Elio se ríe a su vez conmigo. Una sensación de calma y alegría me invade el pecho. El calmante hace su efecto y apenas noto el dolor ya.

—Parad. ¿Qué ha pasado, Ciro? Ha sido por esa puta de La Camorra —afirma mi madre con rabia.

No consiento que hable así de ella. No la conoce.

Desde luego que yo tampoco, pero pienso hacerlo y tengo decidido que será mi futura esposa.

Me sorprende mi pensamiento, nunca había pensado en formar una familia.

Solo éramos la mafia y yo y dedicar todo mi esfuerzo a sacar adelante a los míos y protegerlos. Pero ahora quiero más. Mucho más.

—Ni se te ocurra hablar nunca más así de ella —proclamo con tono duro.

—Es lo que se merece. Por su culpa mira cómo estás —me reprocha ella levantando los brazos con exasperación.

—Yo sabía a lo que me enfrentaba. Sabía que podrían descubrirme, pero asumí el riesgo y no me arrepiento de ello. Es más, pienso volver a por ella —sentencio con las ideas muy claras—. ¿Has hecho tu trabajo? ¿Qué has descubierto? —me dirijo a Elio.

Mi madre resopla llena de frustración.

—Hicimos desaparecer todos los vehículos y las pruebas que había por los alrededores.

El infiltrado que tienes allí me ha dicho que está todo normal.

Nadie ha preguntado por Renato. Al parecer, o no se han dado cuenta aún o allí no han hablado nada porque no lo relacionan con el club —expone mi hermano.

De acuerdo. Todavía tengo posibilidades de seguir adelante con mi tapadera.

De momento no se ha descubierto nada. No me gusta que Elio y mi madre ahora sepan todo lo que tenía escondido.

Supongo que mi infiltrado ha tenido que hablar porque lo ha interrogado mi hermano, lo entiendo, pero me jode que todo el mundo esté ya al tanto de toda mi vida.

—Ciro… —mi madre comienza a hablar en tono de advertencia.

—No —la interrumpo—. Yo soy el Don, y se hace lo que yo ordene. Así se ha hecho siempre. Os exijo que obviéis el tema y siga cada uno con sus labores. Yo me encargaré de esto —declaro con contundencia.

Abro la sábana para moverme. Quiero caminar y volver a la normalidad, tengo que ir a ver a Cara. Odio la idea de que toque a otro.

Mi madre me empuja el pecho para que caiga de nuevo sobre el colchón.

—No. Serás todo el Don que quieras, pero en esta casa eres mi hijo, y yo digo que de esta cama no te vas a mover, por lo menos hasta mañana. Y punto —dictamina enfadada.

Ho cagato sulla puttana [5] .

Esta mujer es insufrible. ¿Tengo ganas de empezar una discusión con ella? No. ¿Tengo fuerzas para ello? Menos todavía. Le echo una mirada furiosa.

—Si mañana estás mejor, podrás hacer lo que quieras. Te dejaré en paz con ese tema si es lo que deseas. Pero no me pidas que lo acepte porque veo más problemas que beneficios —refiere tapándome de nuevo.

Resoplo frustrado. Odio no saber lo que le espera a ella.

No poder cuidarla, protegerla y acabar con esta pantomima cuanto antes.

Sé que debo ser paciente, pero a cada día que la veo, más interés me genera y más deseo me produce.

La quiero a ella, a cualquier precio, pero también entiendo la postura de mi madre.

Comprendo que solo quiere cuidar de sus hijos y que no nos pase nada.

No quiero discutir con ella. Por lo tanto, de nuevo, gana la batalla Sofía Barone.

—De acuerdo, solo un día. Y luego no te meterás en mis asuntos —confirmo el acuerdo.

Ella asiente satisfecha.

—Vámonos, Elio. Le daremos tiempo para recuperarse. Tú puedes seguir al mando de todo mientras tu hermano descansa —explica mi madre a mi hermano.

Le pone una mano en el hombro y se dirige con él a la salida de mi habitación. Primero sale él, y antes de salir ella, se vuelve hacia mí.

—¿De verdad merece la pena tanto esa chica? —inquiere mi madre agarrando el pomo.

—Ni te lo imaginas. Ya la conocerás —declaro con decisión.

Mi madre asiente resignada. Cierra la puerta al salir.

El sentimiento es inexplicable. Me urge tenerla conmigo.

Podría sentir compasión por la vida que le ha tocado, que es lo que experimento al pensar en esas chicas obligadas por La Camorra, pero con ella no.

Su belleza me impactó, y lo que no me quito de la cabeza es esa vulnerabilidad y esa inocencia que mostró por una simple obra de teatro.

Las mujeres que he conocido y con las que he tenido relaciones son todas como mi mundo, oscuras, despiadadas y fuertes.

Pero ella desprende luz. Y aunque sé que no la merezco, porque he hecho cosas horribles, quiero poseerla.

Quiero ser egoísta y tenerla en mi vida.

A pesar de que eso pueda destruirla a ella.