VEINTICUATRO
SOFÍA
D espués de unos minutos más, siento a alguien salir del barco. Es Mattia.
—Todo listo. Podemos volver —me indica con las manos llenas de los macutos que trajo.
—Ve al coche. Voy en un segundo —añado.
El doctor asiente y lo veo alejarse al tiempo que la silueta de mi pasado vuelve a enfrentarme.
—Pensé que ya te habías ido —dice bajándose la manga de la camisa.
—Necesitaba darte las gracias una vez más. Sabes que tu hijo tiene el mismo tipo de sangre que tú y es la menos común —expongo acariciándome los brazos por el frío.
—Espero que se ponga bien —formula siendo sincero.
—Sí. Yo me encargaré de ello —declaro muy segura.
Comienzo a caminar para irme. Tenemos tantos asuntos pendientes que me destroza tener que evitarlo, pero hay otra cuestión ahora mismo de vital importancia. Al pasar por su lado, me agarra del brazo para mi sorpresa.
—¿Por qué, Sofía? —inquiere sin soltarme.
—¿Qué? —No entiendo a qué se refiere, y ahora mismo ante su contacto apenas puedo pensar.
—¿Por qué me apartaste de tu vida? ¿Qué hice? —insiste muy serio.
No. No es momento ni lugar para hablar. Mi hijo me espera. Aunque mis vellos se hayan erizado por su contacto, debo ser racional y acabar esto cuanto antes.
—Debo irme —le corto y me deshago de su agarre.
Doy dos pasos cuando él habla más alto y enfadado a mi espalda.
—¿Esto es un hasta nunca? ¿O hasta luego? Porque si solo me vas a buscar para pedirme favores, por lo menos que yo me prepare —persiste.
Mi corazón está hecho trizas, y bien sabe Dios que me siento culpable por aquello, pero no permitiré que él gane la batalla. Él tampoco lo hizo bien en su momento. Me vuelvo para contestarle aquello que tanto busca.
—¡Me dejaste sola! ¿Qué podía hacer con dos niños pequeños en esa situación? —exclamo acercándome a él con decisión.
—Era mejor irte con cualquier tío antes que esperarme —difiere—. Me entero de que tuviste un hijo con Pierino justo al poco de estar conmigo y, cuando este muere, me dicen que tienes un nuevo marido y que es el que maneja La Cosa Nostra. Dime tú cómo llamas a eso —me enfrenta con rabia contenida.
—Lo llamo buscarse la vida. Te repito que tenía do niños pequeños y el que nos protegía se acababa de morir. Apareció Lamberto brindándonos protección y seguridad, y acepté por mis hijos. Tú estabas muy ocupado jugando a ser rey —espeto furiosa señalándole el pecho.
Sus ojos se abren con sorpresa.
—Espera, ¿has dicho Lamberto? ¿Lamberto Santoro? ¿Mi capo? —pregunta con interés.
—Sí, ese hijo de puta nos engañó a todos.
Apareció el día que llegó la muerte de Pierino y tomó el mando de la organización.
Hizo de padre con mis hijos y nos cuidó hasta que Ciro descubrió que trabajaba para ti y estaba teniendo una doble vida.
La intención no tengo ni idea de cuál era —añado—.
Lo que si sé es que tú, cuando más te necesitaba, no estabas.
Estuvo otro —finalizo con el pecho subiendo y bajando, acelerado.
—Hijo de puta —murmura bajando la cabeza, pensativo.
—¿Ves? Eso es lo único que te importa. Tu puto trabajo —bramo dándome media vuelta para irme.
Siempre ha sido así, incluso cuando nos veíamos a escondidas. Siempre pensando en la jodida organización y en trabajo.
—No estuve porque él acababa de morir y tenía que hacerme con el control de toda Italia. Me podías haber esperado unos días —vocifera desde la lejanía.
No, no podía. En este mundo tienes muchos enemigos, y al saber ellos que Pierino había muerto, en cualquier momento podían aparecer y quitarnos de un balazo a mis hijos y a mí.
—Hice lo que tuve que hacer —le digo en voz alta—, como siempre he hecho: buscarme la vida sola —murmuro para mí.
—¡Sofía! —me llama desde el otro lado de la pasarela de madera.
Toco el mango de la puerta de mi coche para abrirlo.
—¡Que te den! —respondo con firmeza desde mi posición levantando el dedo corazón hacia él.
Me dejo caer en el asiento con el pecho acelerado. Contengo la furia porque no debo centrarme en esto ahora mismo. Inspiro profundo. Ojeo como él de lejos niega con la cabeza.
—Tú no has visto nada de esto, ¿ capisci? [4] —Clavo mi mirada con intensidad. El tono amenazante le indica al doctor mis intenciones.
Mattia asiente con el ceño fruncido. Sabe bien cuál sería su futuro si me falla. Ya no soy la chiquilla que buscaba un hombre por seguridad, ya no me cubro detrás de ninguna espalda. Ahora protejo a mis cachorros aunque para ello tenga que degollar al mismísimo diablo.