Lobo (Mafia Italiana 2) VEINTITRÉS
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VEINTITRÉS

SOFÍA

M e he cerciorado de que Jasmine estuviera en su habitación.

Elio ha salido de la casa, supongo que para buscar pruebas y organizar a la familia.

Salgo por la puerta principal, observando que no haya nadie.

Le he dicho al doctor Espósito que cogiera lo que le hiciera falta para sacar sangre, que íbamos a salir.

Él, por supuesto, no ha hecho ni una pregunta.

Sabe que aquí demasiada información es estar más cerca de la muerte.

Solo nos quedan unas horas hasta agotar las reservas, y mantener con vida a mi hijo es la prioridad ahora mismo.

Saco del bolsillo de la chaqueta un cigarrillo que acabo de sustraer de las pertenencias de Ciro.

La última vez que fumé fue en el bautizo de mi hija.

Demasiado tiempo, pero la situación lo requiere.

Mis manos y pies tiemblan como hojas en medio de un huracán. Es un momento muy difícil para mí.

Observo por un segundo el cielo, seguido me enciendo el cigarro. Dedico unos segundos a calmarme sintiendo los pulmones llenos de humo. Pensaba que tosería, pero no; se ve que mi sistema ha reconocido la droga que tanto consumía mi organismo en el pasado.

El tono de llamada suena solo una vez.

—Sofía —dice mi nombre a modo de saludo.

—Necesito tu ayuda. Ciro la necesita. Solo te pido media hora de tu vida y unos litros de sangre. Nos encontraremos en el muelle de Anzio. Llevaré al doctor conmigo —anuncio, más como una orden que como una petición.

—¿Crees que estás en condiciones de pedirme favores? —reclama.

Le doy otra calada para calmar los nervios. Tiene todo el derecho del mundo a estar enfadado, lo entiendo, pero esto es mucho más importante.

—Si no lo haces por mí, hazlo por él. Sé que aunque dirijas esta maldita guerra, te importa.

Te conozco, y no eres mala persona; si no, no te hubiera confiado a Bella —arremeto.

La línea se queda en silencio unos segundos.

“Por favor, acepta”, pienso con fuerza. Nuestro pasado es complicado, pero si tengo que arrastrarme por mi hijo, lo haré—.

Te daré lo que me pidas —afirmo suplicante.

—Está bien, Sofía. Nos vemos en una hora —responde al fin.

Cuelgo. Me quedo mirando la pantalla con fijación. Todo el pasado hace ahínco en mi interior con más fuerza que nunca. Él y yo…

—¿Sofía? —Mattia interrumpe mis pensamientos cuando sale por la puerta.

Tiro el cigarrillo al suelo. Lo piso con mis tacones de marca.

—No perdamos tiempo. Tengo al donante idóneo —confirmo sacando las llaves de mi coche del bolsillo.

Me dirijo a la puerta del conductor mientras el doctor mete todo lo necesario en el maletero. Apenas puedo tragar saliva de los nervios. El enjambre que sentía en el estómago cada vez que iba a verlo ha vuelto. ¿Cuándo dejará de producirme este efecto?

Aparco justo en la entrada del atracadero. Desde aquí veo su barco, podría reconocerlo entre cientos de ellos. ¿Cómo no hacerlo, después de todo lo que ha pasado en su interior? Guarda muchos recuerdos y muchos secretos que jamás deberían salir a la luz.

—Sofía… —advierte Mattia.

Él sabe que estamos en territorio enemigo. Es normal que tema por su vida, pero si soy sincera, la vida que más me importa ahora mismo no es la de él.

La madera cruje bajo mis tacones cuando la piso. El olor a sal y gasolina vieja me viene tan fuerte que el pecho se me tensa al instante. Las cuerdas de los barcos chocan contra los postes con un sonido hueco, constante.

Trago saliva mientras freno el temblor que me recorre.

Las luces amarillas cuelgan sobre el agua negra, deformándose entre las pequeñas olas y, cuando avanzo, los recuerdos me arañaran un poco más fuerte por dentro.

Mis dedos se cierran alrededor de la manga de la chaqueta mientras sigo hacia adelante con Mattia a mi lado.

El viento frío me aparta el pelo de la cara y siento un escalofrío recorrerme la espalda entera. No sé si es por el aire del puerto o por el pasado respirándome otra vez en la nuca. Odio sentirme vulnerable.

Oteo una silueta en la entrada del yate. Ya está aquí. Habrá venido en su helicóptero privado, porque en coche habría tardado demasiado tiempo, uno que no tengo. Ha sabido actuar con rapidez.

En cuanto me acerco, mis pasos se hacen más lentos. Es la primera vez que lo veo después de todos estos años. Y, Dios mío, el corazón se me va a salir del pecho. Está como siempre por mucho que pase el tiempo. O lo mismo son mis ojos que no quieren ver otra cosa.

En su cabello hay algunas canas que lo hacen más interesante, pero sus facciones siguen siendo las mismas que veía en los momentos que creía tocar el cielo.

Su porte elegante hace que quieras postrarte a sus pies.

Aunque en aquellos momentos era él quien lo hacía conmigo y me miraba desde abajo mientras me daba el placer más exquisito.

Tiene los brazos cruzados y su semblante es de interrogación.

No tiene postura defensiva. Él sigue confiando en mí y yo en él, porque si no, no estaría aquí. Al menos eso no ha cambiado.

—Gracias por venir —aclaro al llegar a su lado.

He pensado que tenía que ser yo la que rompiera el hielo ya que fui yo quien lo echó todo a perder.

—No me las des. No lo hago por ti —pronuncia con sosiego.

Bajo la cabeza para esconder la culpa que me estruja el pecho. Tiene razón.

Hace una señal para que entremos. Camino la primera en fila hacia lo que un día fue mi refugio seguro.

—¿Le vale si me siento aquí? —le pregunta a Mattia.

Él coge una silla de madera que hay en una esquina del pasillo de entrada y la pone de forma que pueda acomodarse el doctor a su lado en otra.

Los observo desde una esquina. Mis ojos me juegan una mala pasada y para mi desgracia miran al interior.

De repente, puedo verme gimiendo por todos lados.

Él tratándome como nadie lo ha hecho y prometiéndome un futuro juntos.

Dos jóvenes borrachos de deseo y amor, jurándose un para siempre.

El sonido de una risa en voz baja me vuelve a la realidad. Mierda. Me ha pillado embobada. Cierro los labios resecos para intentar tragar saliva. Sé que es imposible leer las mentes, pero con él podría decir que acaba de hacerlo. Me revuelvo en mi espacio incómoda mirando hacia el techo.

—No has cambiado nada, Sofía —suelta con los ojos puestos en mí.

El doctor le clava la aguja de venopunción ya con todo preparado. Está sentado a su lado, concentrado en su tarea.

Él tiene el brazo doblado en su regazo con la camisa remangada hasta casi el codo.

Se le marcan los bíceps. Con la edad que tiene y, madre del amor hermoso, parece un adolescente.

Aún recuerdo lo fuerte que me empujaba contra la pared y hacía un uso debido de esos músculos.

Lo miro de reojo y descubro que observa cada detalle de mi apariencia de arriba abajo.

—Veo que la vida te ha tratado bien —pronuncia.

Le dedico una débil sonrisa como respuesta. No tengo palabras. No sé qué decirle. Ha pasado tanto entre nosotros que no es una situación que pueda resolverse con un par de palabras.

Al ver que mi boca sigue cerrada, echa la cabeza hacia atrás y relaja la postura. Supongo que se ha dado por vencido. Siento una profunda admiración por él; es un hombre poderoso, mucho, y aquí está con las defensas bajadas por completo por un amor del pasado.

—¿Estás bien? ¿Quieres un vaso de agua? —pregunto para ser amable.

—Sí, por favor. Creo que sabes dónde puedes servirte. —Señala hacia la cocina con una sonrisa traviesa.

Mi corazón da un vuelco al verle sonreír.

Me dirijo al otro lado del pasillo. ¿Cómo es posible que mi cuerpo siga reaccionando así?

Hace muchos años. Podría ser otra persona, haber cambiado o, qué sé yo, simplemente no ser el mismo.

Pero el corazón no atiende a razones, y eso lo descubrí desde bien pequeña.

Abro el armario que está colgado a la pared y me muerdo los labios al saber que sigue todo tal y donde se quedó. De repente pienso en la de mujeres que habrán pasado por aquí este tiempo. No ha podido estar soltero casi dos décadas. ¿Por qué me duele pensarlo siquiera? Odio rememorar el pasado.

Lleno el vaso de agua y vuelvo a su encuentro.

El doctor lleva ya una bolsa llena. Bien, ya queda menos.

Le ofrezco la bebida a su paciente. Al cogerla, roza sus dedos con los míos.

Mi cuerpo se tensa. Una chispa eléctrica me recorre de pies a cabeza.

Mi estómago se encoge al verlo otra vez sonreír con esa seguridad que siempre ha demostrado.

—Gracias, bambola [3] .

No puede ser. Siento que me quedo sin aire. Me está superando la situación.

—Os espero fuera —me excuso con rapidez.

Camino con torpeza hacia el exterior. Me acaba de llamar por el apodo que tanto me gustaba.

Se acuerda. ¿Por qué lo ha hecho? Cruzo los brazos sobre el pecho simulando que tengo frío, pero en realidad tan solo me siento expuesta.

Camino hacia el borde del muelle para observar el horizonte.

Espero que esto termine pronto o me volveré loca.

Daría lo que fuera por cambiar el pasado, pero no se puede, así que solo queda vivir con él.