Lobo (Mafia Italiana 2) VEINTIUNO
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VEINTIUNO

LOBO

N oto dolor por todos lados, apenas puedo abrir los ojos.

Creo que sigo vivo, pero no estoy seguro de ello.

Me fuerzo por ver solo un poco cuando siento una punzada extrema en el costado.

Sigo desangrándome. Obligo mi mano a moverse, busco la herida, pero lo que noto es tela.

Supongo que Elio me ha hecho un torniquete para evitar que salga más.

Me centro en mi alrededor. Estoy tumbado en la parte de atrás de su Hummer.

Mi hermano conduce, a gran velocidad por lo que puedo apreciar desde aquí.

El paisaje pasa por la ventanilla sin darme tiempo a apreciar detalles.

—¿Te has despertado? —escucho a Elio desde su asiento—. Aguanta.

Noto la preocupación en su voz. Mi hermano no teme a nada ni nadie, que esté así me confirma que estoy más grave de lo que me parece. Intento contestarle, pero no me sale la voz, mi boca está pastosa. Pulsa un botón en su volante. Se oyen tonos de llamada.

—Llama a Mattia —ordena mi hermano con rapidez—. Envía a alguien a recoger el coche y que no deje pruebas. Te comparto la ubicación. —Coge su móvil para utilizarlo—. Llego en media hora, y Tullio —su voz suena más amenazante—, si mi hermano no sale de esta, date por muerto.

—Perdóname, Bestia, yo solo seguía órdenes —le dice nerviosa la voz de mi hombre.

—¡Tu puto trabajo es protegerlo! No me valen las jodidas excusas. Si él te dice que te quedes, lo sigues y te cercioras de que está bien. Haz rápido lo que te he pedido, ya hablaremos —cuelga—. Panda de imbéciles —escupe con rabia en voz alta.

Noto su verdadero desasosiego. Respira muy acelerado.

Realmente teme por mi muerte, pero no puede culpar a mi hombre; él acata mis órdenes y lo hace bien.

Entiendo que cuando ocurren situaciones extremas a tu alrededor, buscas como consuelo echarle la culpa a alguien, aunque sea injusto.

Sé que mi hermano ahora mismo tiene que sentirse frustrado, nervioso y muy angustiado.

No soporta la idea de perderme, igual que yo a él.

Una punzada de dolor más fuerte hace eco por todo mi cuerpo. Hago una mueca aguantando el suplicio. Apenas puedo respirar, es tan extremo que pierdo la consciencia poco a poco, de nuevo.

—Si sales de esta, seré yo quien te mate, Ciro —escucho a mi hermano en la lejanía volviendo al estado de inconsciencia.

El dulce olor del perfume de mi madre me dice que anda cerca.

No estoy muerto, es lo primero que pienso.

Han conseguido estabilizarme. Mattia Espósito es un buen doctor.

Es el médico de la familia, y se ha visto envuelto varias veces en situaciones operando a mis hombres a vida o muerte.

Ya sabe lo que hay, y le pagamos muy bien por ello, por su lealtad, su silencio y su trabajo.

Noto el tacto de la lengua de Ares en mi mano, me está lamiendo. Aún estoy intentando hacer reaccionar a mi cuerpo. Me encuentro con la mente activa y los músculos dormidos.

Imagino lo preocupados que estarán. La mano de mi madre me acaricia el rostro.

Podría reconocerla en cualquier situación o lugar.

¿Cómo no hacerlo con la mujer que me dio la vida?

El sonido de su respiración me indica que no está bien.

Exhala un suspiro largo. Está conteniendo las lágrimas.

Es alguien que ha pasado ya por mucho en la vida.

Mi hermano y yo le hemos dado muchos dolores de cabeza.

Sé que algún problema tuvo con mi padre, pero nunca ha querido entrar en detalles de su pasado.

Y con Santoro, ese hijo de puta que nos engañó a todos prometiendo hacerse cargo de la organización mientras guardaba el puesto para Elio, que es el mayor por un año.

Casi nos hunde en la miseria, despilfarró mucho dinero, nos hizo entrar en conflicto con muchos clanes y encima nos maltrataba tanto a mi madre como a mi hermano y a mí.

La única a la que no ha puesto una mano encima es a Jasmine. Ella era su ojito derecho.

Se metió en la familia cuando mi hermano apenas tenía un año de vida. Aunque mi madre nos contó desde primera hora que no era nuestro padre, él siempre nos trató como tal.

No puedo culparla de nuestro pasado. Ella se vio viuda con solo veinte años, a cargo de una organización mafiosa y con un bebé de un año y otro recién nacido. Vino un tío que le prometió estabilidad y protección y ella… pues se dejó llevar.

Nunca le reprocharía nada.

Nunca.

Me gustaría tocarla, abrazarla, decirle que estoy bien, que no tiene que preocuparse más por mí, que saldré una vez más victorioso, pero no puedo.

Lucho por mover mis extremidades, por alzar la voz, por abrir los ojos.

Es como si mi mente estuviera fuera de mi cuerpo, como si yo ya no lo controlara.

Siento una frustración tan grande que consigo que el corazón se me acelere.

Escucho la máquina monitorizando mis constantes vitales, el pitido se apresura.

Debo abrir los ojos. Tengo que seguir con mi vida.

—¡Oh Dios mío! —susurra mi madre—. Llamad a Mattia —grita al alejarse de mí.

Debo despertar. Aun me queda mucho por hacer, por aprender y por disfrutar. No permitiré que mi familia se quede a la deriva. No dejaré que Cara siga siendo una esclava. Regresaré con más fuerza porque sé lo que quiero.

Vivir.