Lobo (Mafia Italiana 2) VEINTE
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VEINTE

LOBO

M e muerdo el labio hasta que siento el sabor ferroso de mi propia sangre.

El dolor del costado es insoportable, pero lo evito en mi mente.

Me apoyo contra una de las paredes llenas de mugre.

Analizo el interior. Hay restos de maquinaria pesada, estructuras de metal oxidadas, cámaras frigoríficas, ganchos de carga, escombros.

Lo más asqueroso es el alto nivel de suciedad, el moho y residuos orgánicos antiguos.

Hay un olor nauseabundo por todo el ambiente.

—Tiene que estar cerca —escucho desde mi posición.

Miro por una rendija de la puerta. Hay tres; entre ellos, Renato. Mi estado físico no es el mejor para enfrentarme en un cuerpo a cuerpo. Debo ser realista. Si pudiera esconderme, a lo mejor podría hacer tiempo hasta que llegara mi hermano.

Escucho pasos acercándose. Me muevo con sigilo, pegado a la pared, con todos los sentidos puestos en ellos.

Intento evadirlos, moviéndome de un espacio a otro esquivando sus miradas.

Me doy cuenta de que estoy dejando un reguero de sangre, así que trazo un camino.

Que vengan. Que sigan el rastro como perros idiotas.

Me quito la camisa y parto un trozo para rodeármelo al costado.

—¿El lobito está herido? —escucho a Renato en tono burlón.

Los demás se ríen de su vacilada. Pronto dejarán de hacerlo. Me muevo de sitio, ya que pronto vendrán siguiendo la sangre.

—Separémonos —murmura el cabecilla a los otros dos, creyendo que así va a sorprenderme.

Lo que él no sabe es que yo estoy a pocos metros, escondido entre las sombras. Esa palabra ha sido música para mis oídos, porque de uno en uno sí que puedo cazarlos.

Sigo al que tengo más cerca mientras los otros dos se van hacia otro lado. Me pego a una esquina, donde veo una cadena de acero. Me la enrollo en la mano con cuidado de no hacer ruido. Me cuesta respirar y hasta mover las piernas, pero hago un sobreesfuerzo para que no me sobrepase la situación.

Espero en una de las esquinas. Presto especial atención a sus pisadas.

Casi llega a mi altura. Veo sus hombros, avanza solo un paso cuando le rodeo la cadena en el cuello.

Aprieto con toda mi fuerza hacia atrás, con toda la rabia acumulada.

No puedo fallar. Por mi madre, por mi hermana, por mi hermano.

No permitiré que se queden indefensos, dependen de mí.

El metal se le clava en la garganta. Patalea como uno de los cochinos que murieron aquí.

Intenta gritar, pero solo sale un gorgoteo ahogado mientras el acero le destroza la tráquea y la carne.

Aprieto más. Giro las manos. El eslabón se hunde hasta romper el hueso.

La sangre brota de su cuello, salpicándome en la cara.

Siento cómo su piel se aplasta bajo la presión.

Sus ojos se salen de las órbitas. Un último estertor y noto cómo se mea encima mientras muere.

Inspiro en profundidad recuperando fuerzas. Lo sostengo unos segundos más, disfrutando del temblor de sus piernas. Luego, lo suelto en el suelo.

—Uno menos, hijo de puta —susurro con una media sonrisa.

Arrastro el cadáver hasta las cadenas del techo.

Le paso una por los tobillos y lo izo como a un cerdo recién sacrificado.

La sangre cae en un chorro grueso, formando un charco brillante bajo su cabeza colgante.

Le abro la garganta de oreja a oreja con un trozo de metal oxidado solo para que sangre más rápido y el olor atraiga a los otros.

Le escupo en la cara antes de irme.

—Ahora sí sirves para algo —declaro satisfecho.

Cojo su arma y me la escondo detrás de los pantalones por si me hiciera falta más adelante.

Miro el reloj. Han pasado cuarenta y cinco minutos. Mierda, aún es pronto. Me muerdo los labios pensativo. De repente, escucho pasos cerca. Me escondo en una esquina esperando que mi cebo sirva. Apunto hacia él. Renato y el otro imbécil aparecen.

He perdido mucha sangre, me cuesta mantener los brazos en alto. Me tiembla el pulso y me cuesta cada vez más respirar. Por mi frente resbalan gotas de sudor frío. Renato se pone a tiro.

—Mierda, ha matado a Kilian —anuncia el otro integrante a su espalda.

Renato al instante se da cuenta del cuerpo abierto en canal y mira hacia todos lados buscándome con el rostro pálido. Sabe que es una trampa. Lo tengo en la mira. El pulso me tiembla por la pérdida de sangre, pero no fallaré. Aprieto el gatillo.

La bala le revienta la cabeza al acompañante. Parte de su cráneo sale volando en trozos, salpicando la cara de Renato. El cuerpo cae de rodillas, todavía temblando, mientras la sangre y los sesos le chorrean por el cuello.

—¡Estás muerto, cabrón! —ruge Renato, lleno de furia y miedo.

Corre hacia mí. Salgo al exterior cojeando, pero con una sonrisa salvaje.

Apenas piso la hierba cuando me agarra por detrás.

Caemos rodando. Le aprieto la garganta. Él me empuja y consigue darme un puñetazo que me deja aturdido.

Aprovecha el momento para rodearme el cuello con los brazos y estrangularme.

Me duele tanto el costado que emito un jadeo de dolor terrible.

—Pasearé tu cabeza por toda Italia, hijo de puta. He cazado al Lobo —me vacila mientras me aprisiona.

Hace falta mucho para poder conmigo, y tú no eres lo bastante inteligente. Le meto los pulgares en los ojos, aprieto con fuerza, como si quisiera sacárselos de la cabeza.

—Te voy a arrancar los ojos y me los comeré mientras te follo el cráneo —gruño entre dientes.

Me suelta con un quejido de dolor. Aprovecho esos segundos para recuperar oxígeno.

Estamos muy cerca. Él enfoca su vista con rapidez.

Los dos miramos las armas que se nos cayeron a pocos centímetros.

El más rápido gana. Nos lanzamos tirándonos al suelo a por ellas.

Mis heridas me hacen más lento y Renato gana posición atrapándolas él primero.

Mierda.

Me apunta con una sonrisa torcida. Intento pensar, pero cada vez me encuentro más débil. La vista se me nubla y me dejo caer de rodillas. Lo miro con valentía a los ojos, sin miedo. Sangrando, herido, de rodillas…, y aun así soy más peligroso que él.

Está a punto de apretar el gatillo cuando escucho un vehículo acercarse a máxima velocidad.

Tanta que en segundos llega hasta nosotros y embiste a Renato.

El impacto es brutal. El cuerpo de él desaparece bajo las ruedas con un sonido asqueroso de huesos rompiéndose y carne triturándose.

El vehículo pasa por encima de él varias veces, marcha atrás y adelante, convirtiéndolo en una masa de sangre, vísceras y ropa destrozada.

Las ruedas salpican trozos de lo que antes era un hombre.

Elio sale del vehículo con la respiración agitada y el rostro preocupado al mirarme.

—Maldito imbécil, ¿qué quieres, matarte yendo a trescientos por hora? —le reprocho como hermano mayor, aunque me alegro de verlo.

Me dejo caer por completo ahora que abandono la tensión.

—De nada por salvarte, idiota —escucho su voz cada vez más lejana.

La oscuridad se apodera de todos mis sentidos, pierdo la consciencia. Lo último que veo es a ella, su rostro inocente y sus ojos brillando de emoción ante aquel espectáculo.