Lobo (Mafia Italiana 2) DIECINUEVE
25%

DIECINUEVE

LOBO

E s patético que yo me esté arrastrando por una tía.

Mi paciencia está llegando a su límite. He intentado ser educado, paciente y comprensivo con ella, pero esto ya se está pasando de vuelta.

Entiendo que tenga miedo, que esté acostumbrada al maltrato y a esa asquerosa vida, pero, joder, ¿tan difícil es lo que le estoy pidiendo?

Solo un poco de comunicación. No la he tocado ni la he obligado a nada sexual.

¿Eso no le dice nada? ¿Quiere que la trate como hacen todos los demás?

¿Necesita que le pegue o me la folle a la fuerza para prestarme atención? Es frustrante.

Aunque por dentro tenga el pecho ardiendo, he intentado parecer sonriente y calmado cuando he pasado por delante de Rina para no levantar sospechas y que a ella no le pase nada. Odiaría que la castigaran por mi culpa.

Al salir al exterior, uno de los capos, que reconozco al instante, se me queda mirando.

Es Renato. No le había visto antes por aquí.

Ha tenido algunos enfrentamientos conmigo y mi gente, así que aparto la vista y miro hacia el otro lado para evitar que me reconozca.

Mierda. Sabía que esto podía pasar, pero tenía la esperanza de que no sucediera.

Llego hasta mi vehículo y me monto con rapidez. Desde lejos observo cómo él habla con otro hombre, señala hacia mí y frunce el ceño. Quiere decir que no me ha reconocido, porque si no, no se habría quedado ahí quieto pensando, este momento se habría convertido en una matanza.

Sé lo que va a hacer. Ordenará que me sigan y me toca responder por ello. Para mi sorpresa, él se monta en el asiento del copiloto para inmiscuirse en la persecución. Salgo del aparcamiento con lentitud, para no levantar sospechas. Cambio de marcha, miro por el retrovisor y ahí está, siguiéndome.

Hoy es tu día de mala suerte, Renato, es el día de tu muerte y no lo sabes aún. Aprieto el acelerador al incorporarme a la autovía. No sigo la dirección de siempre para que no vea que quiero ir al norte. Cambio de salidas para ir al este.

Renato tendrá algunos años más que yo. Se encarga de toda la costa, de las embarcaciones.

Tiene un hijo, aunque no deberían dejar tener familia a hombres así.

Tengo entendido que es igual de fiera en los negocios que con su familia.

No me quiero imaginar cómo habrá tratado a la chica que le ha tocado en el prostíbulo.

Es mala persona, y eso no tiene perdón. No es que yo sea mejor que él, pero jamás maltrataría a mi familia, y en eso hay una gran diferencia.

Al hacer uno de los giros, su coche se acerca demasiado al mío.

Se pega a mi parachoques. Acelero, pero estoy en una carretera con muchas curvas y hacerlo más sería un suicidio.

Mi corazón bombea rápido por la adrenalina.

Pienso en las armas de las que dispongo ahora mismo.

En el arnés que tengo sobre el torso solo llevo una pistola y un par de cargadores.

Chasqueo la lengua. Siempre voy armado, pero no sé si será suficiente.

Se acerca y en un instante me da un golpe estratégico por detrás que provoca que yo pierda el control de mi vehículo. Tiro de la palanca del freno de mano. Agarro con rigidez el volante. Es en vano. Mi coche derrapa, dando varias vueltas hasta que choca con un árbol fuera de la carretera.

De repente, solo hay silencio. Suelto un quejido de dolor.

Me suelto el cinturón. Me he golpeado la cabeza y un chorro pequeño de sangre sale de mi frente.

También siento una punzada de dolor en las costillas y en el brazo izquierdo.

Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos un segundo, sopeso mis daños.

Al abrirlos, una luz por el espejo retrovisor me ilumina.

Son ellos. Tengo que moverme. No podrán conmigo.

Empujo la puerta, pero está bloqueada. Le doy otro golpe.

Nada. Mierda. Muevo las piernas para salir por la ventanilla.

Al hacerlo también noto dolor en una de ellas.

Me quito la chaqueta, la rodeo en mi puño y golpeo el cristal.

Los pedazos saltan dejándome una salida.

Apoyo la prenda en el hueco de la ventanilla para pasar por encima y cortarme lo menos posible.

El arnés se me queda enganchado en un lateral con un trozo medio roto.

Tiro con fuerza al salir, con la mala suerte de que me rasgo la camisa. Joder, me he cortado el costado.

Al poner los pies en el suelo, una bala impacta contra el espejo retrovisor.

Abro los ojos al ver que ha estado muy cerca de darme.

Corro hacia dentro de la vegetación. Cojeo y me duele todo el cuerpo, pero no me rendiré.

Estos bastardos no podrán conmigo. Cojo el móvil del bolsillo del pantalón.

Marco el número de Elio. Contesta al segundo tono.

—Necesito refuerzos. Busca mi ubicación desde mi móvil. Ya —ordeno en tono urgente.

—Me cago en la puta, Ciro, te voy a matar —escucho desde el otro lado del aparato.

Cuelgo.

Para más inri, tendré que darle explicaciones a mi hermano de todo esto. Quería que siguiera siendo mi secreto, pero ya se ha destapado todo.

Esquivo ramas y me apoyo en los árboles cuando pierdo fuerza.

¿Eso es un matadero? Desde aquí puedo notar el olor a putrefacción orgánica, descomposición y humedad. Corro hacia él. Es el único sitio en el que puedo esconderme y trazar un plan para salir de esta puta emboscada.

Echo un breve vistazo hacia atrás. Están buscándome. Desde aquí escucho sus voces. Corro a toda velocidad hacia mi única vía de escape.

Tendré que resolver mi problema solo, porque de aquí a que aparezca Elio habrán pasado algunas horas, y es un tiempo que no tengo.

Así que solo queda una única salida.

Dejar salir al Lobo.