Lobo (Mafia Italiana 2) DIECIOCHO
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DIECIOCHO

CARA

C ierro la puerta tras de mí. Otra vez mi maldito pulso traicionándome queriendo sobresalir. No puedo decir con claridad si es por miedo, emoción al verlo o nervios por saber qué tendrá preparado hoy. ¿Por qué se dirige a mí con ese apodo tan cariñoso? Quiere ver mis fallos, y no le dejaré. No.

—Perdona, estaba… —no me deja terminar.

—¿Poniéndote así de guapa para mí? —pregunta con ese tono divertido haciéndolo más evidente.

U hoy está de mejor humor o está haciendo el papel por algún motivo.

—Para trabajar —le corrijo sin titubear.

Esa respuesta parece que no ha sido de su gusto, ya que veo cómo disimula una pequeña mueca. Me señala la cama para que me siente. Se lleva un cigarrillo a la boca y hace ese gesto tan suyo. Me quedo embobada mirando sus labios, cómo se lo pasea.

—¿Fumas? —pregunta ya con otro tono, más seco. Niego con la cabeza—. ¿Bebes alcohol?

—Solo un par de copas. Más no debo ni quiero —respondo con seguridad.

Me echa una mirada de fastidio. ¿Qué es lo que le molesta tanto?

—¿Drogas? —sigue insistiendo.

Vuelvo a negar con la cabeza.

Al encenderlo, le da una primera calada mientras me observa con atención.

Meto las manos entre mis muslos aumentando mi nerviosismo y queriendo esconderlo.

¿Qué mierda vuelve a pretender? Estaba segura de que había quedado claro ayer, pensaba que se había acabado esta especie de prueba o interrogatorio. Pero nada más lejos de la realidad.

—¿Qué vicios tienes? —inquiere con el ceño fruncido.

Suavizo el rostro por la pregunta tan evidente.

¿Cree que voy a culpabilizarme así de fácil?

Le diré lo que quiere escuchar, sin más.

¿Este tío fuma hierba o es que es gilipollas directamente?

Me quedo callada. No quiero que cualquier respuesta la utilice en mi contra dándole la vuelta, o a saber que hará.

Los segundos se hacen eternos mientras me analiza.

Sus ojos van desde mis manos hasta mis hombros o mis piernas cada vez que muevo alguna parte en un gesto apenas visible.

Si intenta intimidarme, lo consigue con matrícula de honor.

Hace mucho más calor en la habitación. Siento que me asfixio, me falta el aire.

Entreabro los labios para que el oxígeno pase más fácil, pero es en vano.

—Vale, juguemos. Dime si acierto. —Apoya un dedo en la barbilla mientras me analiza con una media sonrisa—.

Te compras el maquillaje más caro porque necesitas sentirte validada con él ya que no puedes utilizar ropa para salir o estar de ocio.

Gastas cientos de euros en alquileres de películas porque necesitas tener la mente distraída para no pensar en la mierda de vida que vives.

Te tiras horas y horas navegando por páginas de agencias de viajes imaginando el viaje de tus sueños, que nunca harás, pero no puedes evitar ilusionarte.

Tienes una vida tan vacía y tan controlada que, si pensaras en un futuro, ya se encargarían ellos de quitártelo de un balazo.

¿Me equivoco? —termina con una sonrisa burlona.

Sabe que ha dado en el clavo y que ha ganado la partida en un solo movimiento.

Lo sabe porque tiene que estar viendo mi rostro, que se ha quedado pálido.

¿Cómo ha descubierto todo eso? ¿Ha estado vigilándome?

¿Tan lejos ha llegado esto? ¿Todo es porque ha saltado alguna alerta al estar tanto tiempo navegando por internet?

Comienzo a temblar. Si tiene pruebas, es tontería que lo niegue. Estoy perdida.

Me quedo en completo silencio. Es mejor no hablar. Si lo hago, puede utilizar lo que diga para inculparme. ¿Aun más? Si ya estoy en el fondo. De todas formas, decido no abrir la boca.

—¿Otra vez no contestas? ¿Eso harás cada vez que te mencione un hecho? —su tono sigue calmado.

Me produce escalofríos. Sabe que tiene el caballo ganador, y no le hace falta levantar el tono para discutirlo.

—Háblame. Di algo —ordena mientras apaga su cigarro sin dejar de mirarme.

Trago la saliva acumulada en mi paladar con dificultad. No sé cómo salir de este problema. En mi casa me salían chispas de alegría por todos lados. Estaba segura de que este interrogatorio acabaría, que había superado la prueba. Pero sigo en el punto de mira. Más acojonada no podría estar.

De repente, él se levanta como un tornado arrasando con todo a su paso. En cuestión de segundos, sus dedos se cierran alrededor de mi barbilla y me hace mirarlo a los ojos. Mi cuerpo pega pequeñas sacudidas del miedo que le profiero.

—Que me hables —impone en tono duro.

Pero aunque quisiera, no me salen las palabras. Sería mi perdición, aunque creo que ya lo es. ¿Cuál será su próximo paso? ¿Abrir esa puerta para llamar a Rina? ¿O me matará aquí mismo? Me ha pillado y ya no hay vuelta atrás. La mafia no es benévola. No perdona.

Gruñe, me fulmina con la mirada. Aprieto con fuerza la colcha arrugándola entre los dedos.

Me tira hacia atrás en un gesto déspota.

Mi espalda cae contra la suave tela de cama.

Me toco por inercia la barbilla, porque siento un dolor intenso, me ha agarrado con mucha fuerza.

Al momento, escucho la puerta cerrarse. Se ha ido.

Intento acompasar mi respiración, que sale acelerada hasta el punto de ser igual de sonora que los latidos de mi corazón.

¿No me ha matado? ¿Irá a hablar con Rina?

¿Abrirán la puerta en unos minutos para acabar conmigo?

Mi vista se nubla por la falta de oxígeno.

No pretendía que esto sucediera así. Yo quiero a mi familia, yo soy fiel a la mafia.

No sé por qué me hacen esto. Solo quise ver un jodido espectáculo.

Odio haber ido. No volveré a hacerlo, pero, por favor, no quiero morir.

Por favor.

Mis ojos se llenan de lágrimas. ¿Será este mi final? Mi pierna se mueve hacia delante, noto que choca con ¿billetes?

Bajo la cabeza para mirar. Veo ese papel morado que llevo viendo estos días atrás esparcido por la colcha.

¿Ha dejado el dinero? Entonces, no ha ido en busca de Rina. Quizá no ha ganado todavía y no son pruebas suficientes. Quizá todavía tengo alguna oportunidad. Mis ojos se despejan de lágrimas. Me he quedado en shock mirando los billetes. No entiendo nada.

¿El interrogatorio sigue?