Lobo (Mafia Italiana 2) DIECISIETE
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DIECISIETE

CARA

M e deja descuadrada. ¿Qué pretende? No paro de hacerme la misma pregunta una y otra vez.

Joder, me duele mucho la cabeza. Me acabo de dar una ducha que me ha dejado los dedos arrugados.

Más de una hora en el agua caliente y pensando en él.

Me enrollo la toalla al pecho. ¿Lo veré de nuevo esta noche?

Ayer no me dijo que nos volveríamos a ver.

Quizá ya haya obtenido las respuestas que buscaba.

O se ha cansado de intentar buscarme los fallos y he ganado la partida.

No ha cambiado nada, ni de mi trato en la mafia ni en ningún sentido.

Rina ayer me riñó porque me dijo que lo vio salir malhumorado. Le cambió la expresión cuando sus ojos se centraron el fajo de billetes. Aun así me advirtió que no quería que echara a perder a su cliente más valioso y que quería ver más esfuerzo por mi parte.

Yo no vi ese enfado que ella dice. De la habitación salió con el rostro impasible, sin mostrar ningún sentimiento, así que no entiendo qué es lo que le hizo enfadarse.

¿Es porque ha perdido la jugada? Quizá buscaba mi rendición o mi culpa y, al ver que no he hecho nada malo, se ha frustrado y le ha sentado mal.

Pero ese no es mi problema, porque nunca defraudaré a mi familia. A La Camorra.

Peino mi abultado y frondoso cabello. Maquillo mi rostro mientras escucho un poco de música. Me siento feliz por cómo ha terminado todo, porque no han podido encontrarme ningún fallo y mi vida está a salvo de momento.

Gennaro lleva dos días sin aparecer por La Nonna.

¿Le habrán herido su orgullo? Quizá ya no quiere hacer uso de nuestro servicio.

Lo dudo. Seguro que su mujer ha vuelto de viaje y tiene que estar con ella unos días hasta que se vuelva a ir.

Ella habrá dejado a su amante en cualquier parte del mundo y habrá vuelto a pedirle más dinero al bastardo de su marido.

Odio los matrimonios de la mafia. La mayoría, por no decir todos, han sido de conveniencia.

Casados a la fuerza y que, por lo tanto, se desprecian, pero tienen que hacer el papel para crear la siguiente generación.

A veces me alegro de estar en esta parte porque no tengo que rendirle cuentas a un desconocido ni verlo cada hora del día. Ni asistir a esas fiestas donde todos fingen. Son infelices.

Busco en el cajón otro conjunto interior de encaje. Me echo crema por todo el cuerpo, termino perfumándome el cuello y muñecas. Me siento bien y eso se refleja en mi aspecto físico. Mis ojos ya no tienen pronunciadas ojeras.

Una parte de mí sigue pensando qué habrá pasado.

Qué querría saber o encontrar de mí. Sigo confundida por cómo ha sucedido todo y no encuentro el fallo.

No sé lo que han visto de mí para dudar de mi lealtad y hacerme esta prueba.

Solo encuentro una explicación: el teatro.

Si es por eso, no pediré nada igual. Se acabó solicitar ese tipo de cosas.

No quiero romper mi estabilidad por una simple ilusión.

Me conformaré con lo que tengo y me dan, que no es poco.

Pinto mis labios con cuidado de no salirme.

Miro el reloj. Llego tarde. Terminaré deprisa, que me espera el trabajo.

Me calzo los tacones, anudo el abrigo y corro hacia la puerta dejando atrás todos mis objetos personales, mi teléfono móvil y lo demás.

No me hace falta nada mientras estoy allí.

Al fin y al cabo, para una mamada solo necesitas la boca y las manos, y si me apuras puedes prescindir de estas últimas.

Bajo los cuatro tramos de escaleras hasta la puerta del bloque.

Giro la cabeza hacia la garita del vigilante, pero la veo vacía.

Supongo que estará en las plantas de arriba haciendo sus rondas o a saber.

Al salir al exterior noto el aire, que no está tan frío como estas semanas atrás.

Ha cambiado, está llegando la primavera.

De repente se me viene a la mente la imagen de mi madre, que murió en un accidente de trabajo cuando yo tenía ocho años.

Desde entonces, mi vida se volvió un infierno.

Mi padre no supo salir adelante tras aquella tragedia.

Dentro de dos días sería el cumpleaños de mi madre.

Y digo creo porque no recuerdo si estamos a trece o catorce de marzo.

Saber qué fecha es no es necesario, no tengo días de descanso.

Para mí son iguales, ya sea lunes o domingo.

El olor a aire húmedo mezclado con jazmín me llega de sopetón.

Avanzo a la derecha, recorriendo la calle.

Al final está el club. Algunos coches pasan por la carretera a toda velocidad.

No me extraña cuando frenan justo donde hay una gran fachada llena de apliques y azulejos lujosos.

A su lado hay un terreno con zona de aparcamiento, donde no hay un coche que valga menos de lo que valdría la casa de mi padre, porque mía no ha sido ni será nunca.

Saludo al hombre de seguridad de la puerta con un gesto de la cabeza.

Justo al entrar, una nube de humo, el olor a alcohol y a sexo entran por mi nariz haciendo que tenga que respirar en movimientos cortos para ir acostumbrándome a ello.

Echo un breve vistazo a la sala y observo a algunas de mis compañeras ya trabajando con sus clientes.

Mierda, me caerá la del pulpo con Rina, como dirían en mi país.

Ella me ve desde lejos y me llama con un gesto sutil de la mano. Me acerco a ella con la cabeza baja.

—Perdóname, Rina. Sabes que no me gusta llegar tarde, pero es que se… —comienzo a excusarme, pero me interrumpe.

—No pierdas tiempo y corre arriba. Andrea te está esperando donde siempre —me ordena con tono urgente.

Me quita ella misma el abrigo. Antes de irse, me olfatea para asegurarse que me he aseado y me hace un gesto de afirmación con la cabeza. Le dedico una débil sonrisa. Me dirijo a la escalera con su mirada inquisidora a mi espalda.

¿Cómo que ya está aquí? Tampoco es tan tarde, solo hace diez minutos que han abierto, y ayer él llegó como media hora más tarde.

Además, no pensaba que fuera a volver. Antes de seguir subiendo escaleras, miro hacia abajo y repaso la sala.

Busco a Gennaro, pero no lo encuentro por ningún lado, sigue sin aparecer.

¿Dónde se habrá metido? ¿Estará con su mujer?

Avanzo y, cuando llego arriba, el corazón me da un vuelco al ver la puerta de la habitación. Pero ¿por qué ha vuelto? No entiendo nada. ¿Seguirá haciendo esas preguntas? A lo mejor cree que todavía puede pillarme. Inspiro profundo y cierro los ojos. Tengo que aunar fuerzas para enfrentarme a él.

Odio que una parte de mí esté saltando de alegría al saber que ha vuelto. Él solo quiere mi ruina. No entiendo cómo puede gustarme una persona así. El cabrón es muy guapo y está bastante bueno. Como para comérselo, vaya.

Giro el pomo con cuidado. ¿Quiero verlo? En mi mente se instalan sus ojos, tan diferentes y bonitos a la vez, tan únicos.

Para mi desgracia, o mi suerte, ahí están ellos.

Uno como el color de la tierra, la que me van a echar encima cuando me entierren, porque siento que acabaré así si sigo a su lado.

El otro, como el color de la hematita, conocida como la piedra de la mente y la fuerza, porque eso es lo que hace: destrozarme la mente y quitarme toda la fuerza de voluntad.

Lo deseo tanto y le temo tanto a la vez que creo perderé la cabeza.

—Qué placer que me hayas honrado con tu presencia al fin, cara mia —pronuncia con tono un poco burlón desde el sillón al fondo.

“ Cara mia ”.