DIECISÉIS
LOBO
L a rabia me corroe. Parece que he estado hablando con una puta marioneta. ¿Para esto me juego el cuello? ¿Para que ella me dé largas? Me siento imbécil, y odio sentirme así. A mí nadie me miente, y menos a la cara.
Bajo los escalones echando todo el peso en mis piernas.
Cualquiera puede notar mi evidente enfado.
Rina me echa el ojo al instante. Esa hija de puta está pendiente de todo.
Obvio mirarla, para mí es insignificante.
Avanzo a toda velocidad hacia la salida; si me quedo, podría cometer algún error del que después me arrepentiría.
El aire me golpea el rostro al salir. Necesitaba esto.
No puedo perder las formas, si no todo se irá a la mierda.
Vuelvo a encenderme un cigarrillo. La calle está desierta.
Este local está en una esquina y por lo que he investigado, todos los edificios de los alrededores están alquilados para sus integrantes.
Aquí viven tanto hombres como mujeres de La Camorra.
Necesito salir de aquí cuanto antes porque estoy en territorio enemigo.
Me monto en mi deportivo. Agarro el volante con fuerza.
El humo invade todo el espacio del interior.
¿Por qué mierda no me ha dicho la verdad?
Sí, he estado investigándola, pero quiero escucharlo de su boca.
Quiero saber cómo se siente al respecto.
Quiero mantener una puta conversación. ¿Tan difícil es?
Mi mente vuelve a aquella habitación, a sus rasgos, a sus gestos de incertidumbre.
Enciendo el motor para ir de vuelta a casa, a las afueras de Roma.
Casi tres horas conduciendo para quince jodidos minutos que he estado con ella, y lo haría todos los días.
Pero no así. No si este es el final. Quizá no debería seguir.
Ese pensamiento solo pasa un instante por mi mente, porque al momento su rostro, su voz, sus gestos invaden mi cerebro recordándome por qué lo hago. Necesito saber más de ella.
Es tan difícil que a veces pienso que es una puta locura. Cuando le he pedido que me hablara de ella, he visto su confusión. Está tan abducida por ellos que ha perdido su identidad.
Y de repente, caigo en ello. No puedo ser tan duro.
Ella no sabe lo que es la decisión propia, le han arrebatado todo en la vida.
Es normal que esté hablando con una maldita marioneta.
He notado su sorpresa, su inseguridad. Esto me costará más de lo que pensaba, pero no desistiré.
Mañana volveré y lo intentaré. Espero que en algún momento se dé cuenta de lo que le están haciendo y consiga abrir los ojos.
Rina ha visto mi actitud, así que espero que no la castigue por ello, que no piense que no lo hace bien o que Cara ha hecho algo para enfadarme.
Suspiro al pensar que pueden castigarla por ello.
En realidad, no creo. Rina está satisfecha si tiene su dinero, y con la cantidad que le pongo por delante le dará igual todo lo demás.
He pagado hoy, así que no creo que le eche más que una simple bronca por ello.
Debería pudrirse en el infierno por ayudar a denigrar a todas esas chicas.
¿Qué habría hecho si le hubiera tocado a ella?
Tengo que ser más precavido. No puedo mostrar mis sentimientos. No con nadie de este lado de la ciudad, aunque sí espero que eso cambie y poder compartirlo todo con ella.
Cara mia.
Aparco justo delante de la puerta principal.
Una silueta llama mi atención. ¿Qué hace aquí tan tarde?
Debería estar en la cama. No es temprano, precisamente.
Pongo un pie en el suelo y dirijo mi mirada a ella.
Su postura refleja su inconformidad. Espero que no se le pase por la cabeza echarme la típica charla que se le dice a un adolescente de quince años.
Soy el Don, manejo un imperio lleno de coca y hombres peligrosos.
Es evidente que sé lo que hago y que sé manejarme solo.
—¿En qué andas metido ahora? —inquiere mi madre con los brazos cruzados.
Lleva el cabello rubio suelto por los hombros, siempre impecable.
Tiene treinta y nueve años, pero nadie lo diría.
Su porte la hace intocable. Viste con elegancia natural.
Siempre ha sabido cómo estar en medio del mundo de la mafia; nació en él y nunca se ha dejado dominar.
Se casó con mi padre con veinte años, obligada por su familia.
Pierino le llevaba veintitrés años. Él era un cabrón, ella no lo soportaba, y menos mal que la vida la bendijo quitándolo de su lado adelantando su muerte.
Yo no le tengo mucho aprecio a mi padre, Pierino Barone.
Fue un cabrón con mi hermano. Doy gracias a Dios por haber hecho que llegara su final y que muriera junto a su puto jefe, Gunther Weber.
Mi madre me contó las barbaridades que hizo, incluso que maltrataba a mi hermano con solo un añito, un pobre bebé indefenso.
Mi padre era la mano derecha del capullo de Weber.
El muy cobarde se alió con él cuando Rocco Parisi fue apresado e internado en la cárcel de América.
El mando pasó a Gunther porque hubo mucho revuelo, él tenía mucha información necesaria y papeles importantes de Parisi.
Mi padre le juró lealtad y estuvieron unidos hasta que aquel ruso loco, un tal Luka Komarov, lo asesinó.
Más tarde nos enteramos de que poco después cometió una masacre en una de las reuniones de los líderes mafiosos mundiales.
Desde entonces, reina el caos y el desconcierto en nuestro mundo.
Ya no hay alianzas, ya solo existe la ley del más fuerte.
Los putos federales tienen las narices metidas en todo. Hay que tener mucho cuidado.
Gepetto aprovechó el momento para hacerse con el poder de Italia y, aunque resistimos en el norte, es él quien tiene más dinero, materia prima y mano de obra, que son hombres trabajando para él. Aparte, en esos momentos yo apenas era un recién nacido. Me hubiera encantado plantarle cara.
— Mamma, ¿qué haces despierta tan tarde? —pregunto para obviar la suya.
—Dime la verdad. Soy tu madre y necesito saber en qué anda metido mi hijo —inquiere frunciendo el ceño.
Aunque yo ya sea mayor y tenga responsabilidades, ella siempre me verá como su niño pequeño. No creo que eso cambie nunca. A veces me desespera que quiera saberlo todo, pero es su forma de cuidarme y de querer protegerme, a su manera. Y la entiendo.
—No creo que sea necesario que tengas que saberlo todo. He llegado muchos días de madrugada. No sé qué tiene de especial hoy —respondo siendo un irrespetuoso.
Al momento me doy cuenta y cambio mi tono y mi forma de mirarla.
—No es hoy. Llevas dos días así. Y Jasmine me contó lo que pasó en el teatro. Luego he visto todo lo que has investigado de ella y me ha llevado hasta esta misma puerta a esperarte para decirte que es muy mala idea y que te olvides de ella —declara convencida y en tono muy autoritario.
Cómo no, mi madre buscando entre mis cosas. Nunca cambiará. No puedo enfadarme con ella, solo intenta protegerme. Ella está al tanto de todos los negocios, sean turbios o no. ¿Por qué no iba a saber también esto? Sofía Barone es toda una reina cuando se lo propone. Y cuando no, también.
—Si lo sabes todo, creo que no me queda nada por explicarte. Esta conversación ha acabado —pronuncio con el tono endurecido.
—Te digo que te estás equivocando. No queremos que Gepetto meta las narices en nuestra familia y se forme una guerra. No ganaríamos. No tenemos recursos —insiste mi madre alzando los brazos con evidente enfado.
Yo tengo una lucha abierta con La Camorra, y por ende con Gepetto al ser su líder, pero mi madre siempre ha mostrado más rabia cuando se trata de él.
No sé de dónde nace ese odio tan extremo.
Nunca me ha explicado nada respecto a él.
Le he preguntado muchas veces, pero no consigo obtener respuestas.
Cuando Santoro se hizo cargo de nuestra familia y se follaba a mi madre, nos metió mucha mierda de él.
Nos envenenó de tal manera que para nosotros es la primera persona de la lista negra que queremos ver muerta.
Pero mi madre va más allá. Lo noto en el desprecio que le sale cada vez que menciona su nombre.
—Agradezco tu consejo, pero la decisión es mía.
Camino por su lado para entrar en la casa.
—No cuando se trata de implicar la paz de nuestra familia. Como les pase algo a tus hermanos… —su amenaza no me remueve porque no consigue decirlo con la dureza necesaria.
Sé que solo está preocupada, nada más. Jamás se enfadaría conmigo ni se pondría en mi contra. Siempre estaré agradecido de la madre que me ha tocado.
—A mis hermanos no les pasará nada, y a ti, tampoco. Antes pasarán por encima de mi cadáver —le aseguro.
La beso en la frente y su expresión se relaja.
Adoro que siga intentando mantener a la familia a salvo.
Aunque ese puesto me corresponde a mí, y eso haré hasta el fin de mis días.
Pero no podría seguir mi vida pensando qué pudo ser y qué pasó con mi mujer.
Por eso, llegaré hasta el final. Necesito más de Cara Brena, mi pelirroja.