Lobo (Mafia Italiana 2) QUINCE
20%

QUINCE

CARA

F runce el ceño al recorrer mi cuerpo con su vista. Eso me hace sentir más pequeña y, sin poder evitarlo, mi espalda se encorva para encogerme sobre mí misma. ¿No le gusto? ¿Por qué entonces me elige a mí?

Antes de que pueda dar un paso, Rina lo intercepta.

Él no le presta atención. Sigue fijo en mí.

Observo como él le contesta y, sin perder tiempo ni su objetivo, avanza de nuevo hacia mí mientras mi madame le sonríe y se aparta con actitud sumisa.

No sé qué le habrá dicho, pero tengo claro que ella está prendada de él.

Entre la pasta que suelta y lo apuesto que es, cae rendida a sus pies cada vez que lo ve.

Sin poder evitarlo de nuevo, un sabor amargo me sube hasta la garganta, se me aprieta el pecho y siento unos celos terribles que intento apartar de mi mente al instante.

“Está casado”, me repito. Y yo soy solo una puta.

Una que utilizará en algún momento para quitarse esa frustración que siente en su matrimonio. Soy solo un juguete, uno de muchos.

Mi mente se queda sin pensamientos justo cuando llega a mi lado.

Me agarra de la mano y entrelaza sus dedos con los míos de una forma tan cariñosa que me extraña.

Su simple contacto y ese gesto hacen que mi corazón dé un vuelco.

Tira de mí para que me levante del taburete sin dirigirme una sola palabra pero abrasándome con su intensa mirada.

—Eh, ¿a dónde vamos? ¿No nos tomamos una copa? —pregunto con tono sorprendido.

—No, quiero estar a solas contigo —declara muy serio.

Supongo que cuanto antes follemos, mejor.

Eso es lo que todos buscan, no sé por qué ayer no lo hizo.

Quizá este tío tenga gustos peculiares y esté esperando a que sea yo quien tenga el control de la situación.

Lo mismo ese enfado que parece que tiene es debido a que ayer no me lancé a él y eso es lo que esperaba.

O quizá quiera hacerme cosas peores y no sepa por dónde empezar.

O solo ha tenido un mal día hoy con su esposa. O con el trabajo.

Tantas conjeturas me producen jaqueca. ¿Por qué no habla claro? Que me diga “quiero que me hagas esto o lo otro”. Joder, no sé ni cómo actuar con él.

Tira de mi mano y yo le sigo escaleras arriba bajo la atenta mirada de mi madame . Por un momento la veo y me guiña un ojo. Que sí, Rina, que voy a intentar que salga felizmente follado de esa puta habitación. No me metas más presión.

Mientras subo los escalones, dejo que en mi mente solo aparezca el dinero, todos los billetes que conseguiré si lo dejo satisfecho, si consigo que le guste mi trabajo.

Debo dejar mi moral a un lado y dedicarme solo a pensar si le gustará más suave o más fuerte.

Al fin y al cabo, es eso para lo que estoy aquí.

No me tienen que importar ni su aspecto ni su actitud.

Solo debo ver que es una máquina de billetes y tengo que sacarle provecho.

Inspiro profundo para repetirlo en mi cabeza.

Me dan igual sus riñas familiares o su vida personal.

Él es mi cliente y yo su producto, sin más.

Entonces ¿por qué mi pecho se aprieta tanto cuando estoy cerca de él?

Levanto la vista. Otra vez ese maldito número cuatro en la puerta de la habitación.

Observo el perfil de mi acompañante, lo tranquilo que parece, la decisión que transmite.

Al entrar, me suelta la mano y se sienta en el sillón sin rapidez, pero tampoco con calma.

Me quedo de pie delante de él sopesando mis opciones.

¿Cojo el control y me lanzo? ¿Espero su llamada?

¿Le molestará que me quede aguardando instrucciones de su parte?

¿O querrá que lo haga y si tomo la iniciativa, se enfadará?

Sus ojos están clavados en mí. No habla, no se mueve, solo me observa.

Me mojo los labios y trago saliva al notar que se me ha quedado la boca seca. No sé qué hacer ni cómo actuar.

—Siéntate —ordena de forma dura. Señala la cama con los ojos.

Sin titubear, cumplo su primera orden. Será él quien actúe primero por lo que estoy viendo, y no me extraña. Todos estos mafiosos son así de autoritarios. Todos quieren tener el control en todo momento.

El aire se comienza a espesar. No hablamos, solo nos observamos. Mi pulso se acelera aun más. Esto es incómodo. ¿Qué espera? No sé a dónde mirar. Tengo que apartar la vista de él. Mis ojos se posan en mis manos, en la lámpara de la mesilla de noche, en una grieta que hay en el suelo.

De reojo lo veo moverse. Se pone un cigarro en la boca y se lo pasea por los labios para luego encenderlo.

—Habla. Cuéntame de ti —exige.

¿Qué? ¿Cómo que hablar? Abro los ojos sorprendida. No sé qué pretende con todo esto. Está pagando mucho dinero por mis servicios. Ya no sé que pensar. Lo mismo está sopesando si merezco la pena. O es que tiene gustos peculiares y no se atreve a decirlo. O me está analizando para algún fin.

—Ya lo sabéis todo de mí —respondo un poco nerviosa.

Expulsa el humo y chasquea la lengua.

—No hables en plural. Solo somos tú y yo —pronuncia en tono de fastidio—. Y quiero ver tu preciosa boca moverse mientras me cuentas todo sobre ti.

Su mirada es tan intensa y sus palabras tan directas que tengo que apartar la vista.

Siento una mezcla de incomodidad y vergüenza.

No entiendo nada de lo que está pasando.

¿Por qué me pide que hable? Para eso que vaya a un psicólogo.

Yo soy puta y mi trabajo es dar placer. No estoy acostumbrada a estas situaciones y no sé cómo actuar.

¿Y si hago o digo algo que a él no le gusta? ¿Me meterá un tiro?

—No sé… qué quieres… saber —titubeo encontrando las palabras adecuadas para que no se piense que le falto el respeto.

—Todo. Tu familia, lo que deseas, tus planes, tus miedos, lo que más añoras, lo que más odias. Todo —decreta en tono calmado.

Más confundida no podría estar. ¿Para qué quiere saber todo eso?

¿Para torturarme mentalmente? ¿Buscar mis debilidades?

Creía que las pruebas para saber si era leal a la mafia ya habían pasado en aquel monasterio, que ahora era libre.

Quizá ellos han visto que me siento “demasiado libre” al pedirles lo del teatro y a lo mejor han traído a este tío para que me interrogue y descubra si les sigo siendo fiel o no.

Sería la única explicación lógica que veo en todo esto.

Mis pulmones se cierran y apenas puedo respirar.

¿Ya no soy de su confianza? ¿Tan fácil la he perdido?

Era justo esto lo que quería evitar. Aunque si he podido serles de utilidad una vez, puedo seguir siéndolo una segunda.

Volveré a conseguir que confíen en mí. Ellos son todo lo que tengo en la vida y no quiero perder mi estabilidad.

—Me llamo Axa, soy fiel sirviente de la familia y me siento agradecida por estar donde estoy. Mi deseo es seguir complaciendo y estoy feliz y realizada por ello —pronuncio con convicción.

Andrea ladea la cabeza mientras apaga el cigarro. No observo ningún gesto expresivo más en él, solo el movimiento de su cuello.

—Inténtalo de nuevo —impone en tono serio.

Estoy tan nerviosa que cada músculo de mi cuerpo se pone tan rígido que me duele. ¿Qué pretende? ¿Cuál es la respuesta correcta?

—Soy Axa. No sé qué quieres que te diga —respondo no muy convencida de haberlo hecho de forma correcta.

Sus pupilas se dilatan. Los orificios de la nariz se agrandan. Creo que no le ha gustado mi respuesta. ¿Qué tendría que haber dicho? Joder, no estoy aquí para hablar, estoy para follar, sin más. Lo de comunicarme me queda grande.

Se levanta del sillón sin dilación después de unos eternos segundos presionándome y juzgándome con la mirada. Sin decir nada, vuelve a tirar el fajo de billetes sobre la cama. Evita mirarme.

Lo último que veo es su musculada espalda escondida debajo de ese carísimo traje de chaqueta salir por la puerta, dejarme sola y más confundida de lo que ya estaba.