CATORCE
CARA
P eino la maraña de enredos. Me he tirado todo el día en el sofá, cambiando de posición cada cierto tiempo, pasando los canales de la televisión sin afán. No se me quita de la maldita mente el puto Andrea Ricci.
¿Cumplirá su promesa? ¿Volverá esta noche? Una parte de mí tiene la esperanza de que ya no le parezca tan interesante la idea de seguir acosándome. Porque sí, esto es acoso.
Pero por otra, quiero saber más de él. Quiero volver a verlo.
La sola idea de tenerlo cerca hace que mis vellos se pongan de punta.
Cada vez que pienso en él, se me vienen las imágenes de una mujer echándolo de menos y de dos niños abrazando a su papá al llegar a casa.
Me siento muy culpable, y eso que no ha pasado nada físico entre los dos, pero solo las palabras que ya ha dicho se podrían decir que es una infidelidad.
“Quiero todo contigo”.
“Has llamado mi atención”.
Caramba. Miro el reloj. Ya casi es la hora de ir a trabajar y apenas he dormido esta noche.
Tendré que utilizar mucho maquillaje para tapar las pronunciadas ojeras que se ven.
¿Por qué estoy tan nerviosa? Odio admitirlo, pero tengo ganas de verlo, y un nudo me aprieta en el estómago cada vez que lo pienso.
Es tan contradictorio que me dan náuseas.
¿En qué lío me he metido? Solo por querer disfrutar de una obra de teatro.
Si hubiese sabido lo que desencadenaría, juro por Dios que no habría ido.
¿Por qué no abro la boca? ¿Por qué no le cuento a Rina lo que está pasando?
Pero ¿qué le digo? “Mira Rina, que este tío me vio en Roma y se ha obsesionado conmigo”.
Y ella pensará, “pues bien síguele el rollo y le sacamos el dinero”.
Porque en realidad no es nada malo. Es solo un integrante de nuestra mafia queriendo utilizarme como hacen todos.
Que a mí me parezca mal lo que está haciendo de engañar a su familia no es relevante.
Al fin y al cabo, es un cliente que paga, y no una cantidad cualquiera, una que con Gennaro me cuesta muchas mamadas.
Entonces, ¿por qué me importa tanto? No debería hacerlo.
Tengo que cambiar de mentalidad y pensar que es un simple cliente más.
Que me haya atraído físicamente no puede cambiar nada.
Sí, es un integrante cualquiera, pero con él siento más conexión y atracción. ¿Por eso me molesta tanto?
En definitiva, tengo que dejar de pensar en él. Me estoy obsesionando. Debo terminar cuanto antes de arreglarme. Ayer llegué tarde y hoy no quiero que vuelva a pasar lo mismo. No quiero problemas. He construido una frágil estabilidad y no quiero hacer nada que la rompa.
Cuelgo el abrigo en el armario. Esta vez he llegado a trabajar antes de abrir el local, tal y como ordena mi madame .
Rina nos reúne en una esquina del gran salón y nos da las típicas disposiciones de antes de comenzar.
Nos repasa a todas en fila por si hemos cogido peso, nos hemos maquillado poco o no nos hemos peinado como si fuéramos a un evento.
Incluso nos huele de cerca para saber si nos hemos duchado.
No me sorprende ningún gesto, lo hace a diario.
Cuando nos da el visto bueno, nos envía a nuestras posiciones.
Algunas sentadas en las mesas, otras en la barra y otras paseándose por la sala.
Yo me siento en un taburete, en una esquina.
Me fijo en que hay un camarero nuevo. Frunzo el ceño.
¿Qué le ha pasado a Antuane? El nuevo se acerca a mis compañeras y les pone un vaso con alcohol. Seguido se acerca a mí.
—Hola, ¿qué te apetece beber? —me pregunta con una sonrisa amable.
—Eh… —pienso por un segundo. Necesito algo fuerte para enfrentarme de nuevo a Andrea—. ¿ Whisky doble?
—Uhh… —Hace una mueca—. ¿Noche complicada?
Pone un vaso de cristal delante de mí y lo llena hasta la mitad después de echarle hielo. De vez en cuando me mira de reojo.
—Sí —confirmo. Al momento suspiro volviendo mi mente a Andrea. Decido apartarlo y cambiar de tema—. Oye, eres nuevo, ¿verdad? ¿Qué ha pasado con Antuane?
—Ha tenido que dejar de trabajar por problemas familiares. Yo he entrado aquí por recomendación de él. Siempre hemos sido muy amigos —me explica poniendo orden en la barra.
—Espero que esté bien —contesto por ser amable.
Apenas lo conocía, la verdad. En el año que llevo aquí, he entablado más conversación con este que con Antuane.
—Por cierto, me llamo Marcel. —Vuelve a dedicarme una sonrisa agradable—. Si necesitas cualquier cosa, dímelo.
Oye, pues es muy simpático.
—Gracias, lo mismo te digo. Yo soy Axa —respondo devolviéndole el gesto.
Con esta simple conversación me he calmado un poco.
Mi mente se ha deshecho de Andrea por unos minutos.
Observo a este chico mientras trabaja. Es joven, como era el anterior.
Lleva el pelo muy corto, casi rapado; su piel es de color café, sus ojos, oscuros; y sus labios, gruesos.
La verdad es que es muy atractivo. No tendrá más de veinticinco años, o eso creo viendo su rostro y físico.
Bebo un largo sorbo del vaso. El alcohol me quema la garganta y se instala en mi pecho.
Pienso por un segundo en lo bien que me sienta.
Mi pulso se calma aún más. Antes, en el monasterio, utilizaba la cocaína, pero desde que me trajeron aquí, no se me permite.
Esto es un trabajo como otro cualquiera.
No nos agreden ni nos maltratan. Bueno, solo los clientes a veces, pero están en su derecho.
Nuestro objetivo es hacerlo lo mejor que podamos y para eso tenemos que tener todos nuestros sentidos vivos.
No podemos chuparla con los ojos cerrados ni dormirnos mientras nos follan como hacía en aquel lugar.
Tenemos que fingir que disfrutamos y hacer que nuestros clientes sientan mucho placer.
Es comprensible, pagan mucho dinero por ello.
La puerta principal se abre y ojeo cómo entra un hombre.
Lo reconozco, es Carlo, la mano derecha de otro capo.
A él le gusta mi compañera Uria, que es una chica con el pelo negro azabache y rasgos muy marcados, aunque también a veces de decanta por Miel, que es todo lo contrario con su pelo rubio y su rostro angelical.
En fin, tiene para elegir. A veces le apetece una, otros días otra, y otros, las dos a la vez.
Tengo entendido que es muy autoritario. Esos son los comentarios que escucho de mis compañeras.
Carlo hoy pone sus ojos en Miel, que está sentada en una de las mesas y, cuando ve que él se acerca, se levanta para saludarlo con un beso en la boca. Él le agarra una mano y la acerca a la barra para pedir unas copas.
En los siguientes minutos la sala se va llenando de caras conocidas, eligiendo con quién pasar un rato.
Mi pie no para de dar toquecitos en el taburete.
¿Qué hora será? ¿Por qué no ha aparecido aún Andrea?
Cada vez tengo más ansiedad. Por un momento pienso en la posibilidad de que no aparezca y al hacerlo se me instala un nudo en el estómago.
¿Por qué me pasa esto? ¿Por qué tengo tantas ganas de verlo?
Marcel me observa de vez en cuando, con cautela.
Si Rina lo pillara mirándome tanto, lo pondría de patitas en la calle.
Mis compañeras me contaron que una vez uno de los camareros quiso tontear con una de las chicas y la mafia se ocupó de él ese mismo día.
Creo que por eso Antuane no nos daba conversación y hacía como que no existíamos, solo nos servía y punto.
El nuevo camarero se acerca haciendo como que seca un vaso.
—¿Nerviosa? ¿Te pongo otra? —sugiere. Señala mi bebida vacía.
Por un momento pienso en lo que me harían a mí también si vieran que le sigo la conversación. Podrían hacerse una idea muy equivocada de lo que está pasando y no me creerían. Me da igual lo que le pase a él, pero no a mí.
—¿No sabes que no podemos beber mucho? Si me emborrachara, te cortarían a ti a cabeza —mi voz suena más dura de lo que pretendía.
Marcel se sorprende por mi contestación. Sí, puede que esté más susceptible de lo normal, estoy nerviosa, pero este chico no se merece que lo pague con él.
Miro hacia Rina, que está ocupada con un cliente, supongo que hablando de cosas de la organización o a saber.
—Perdona, es que hoy no estoy muy bien —me disculpo dedicándole una sonrisa al saber que ella no me está observando.
—No importa. Entiendo tu actitud —responde con una mirada llena de empatía.
De repente mis ojos se giran hacia la puerta principal.
Su presencia me llama, atrae miradas porque es imposible no mirarlo.
No se puede decir que aquí no haya hombres que sean vistosos, algunos tienen un evidente atractivo, pero este, Andrea, derrocha una notable seguridad en sí mismo al caminar, al moverse con tal lentitud, al mirar como si fuera el rey del mundo y todos fuéramos simples súbditos.
Joder, impone.
Y para colmo, no es solo su actitud, es que es tan guapo que cualquier chica suspiraría al instante por él.
Al momento, sus ojos se clavan en mí. No puedo controlar un escalofrío que me recorre el cuerpo de punta a punta.
Ya está aquí, y ha fijado los ojos en su presa.
En mí.