TRECE
CARA
F río. Como cuando tienes un shock tan grande que se te queda el cuerpo helado, cortado, inmóvil. La pregunta no para de repetirse en mi cabeza. ¿Quién es? Trago saliva. Miro con los ojos muy abiertos el fajo de billetes. Es mucho dinero, demasiado.
Avanzo con piernas temblorosas. Quizá sean imaginaciones mías y haya menos de lo que parece. Entorno los ojos al coger el dinero. Lo cuento.
¡Madre de Dios!
Un grito se me escapa. El aire sale con fuerza de mi cuerpo. Mi pecho sube y baja acelerado. No entiendo lo que está pasando. Si ha podido entrar en La Nonna es que no es un cualquiera, tiene poder, y si encima puede deshacerse de este dinero como el que respira, más todavía.
Odio todo el misterio que le rodea. Necesito respuestas y no me las da. O quizá no he hecho las preguntas correctas. Tampoco sé si quiero saber la verdad de ellas.
Sacudo la cabeza. Por un momento me armo de valor y pienso en tirar todo lo que tengo en las manos por el retrete, pero me disuado con rapidez al pensar en todo lo que esto supone para mi estabilidad económica.
¿Este dinero es para Rina? ¿O ya le ha pagado a ella y es para mí?
El sesenta por cierto de mis pagos son para mi madame , y aun así, con el importe que me queda, me las arreglo muy bien.
Si este tío dice que va a venir mañana, ¿traerá otros miles?
¡Qué barbaridad estoy pensando!
No sé que quiere de mí. Todo eso de “quiero todo de ti” o “yo soy el lobo”, suena a prepotencia pura y dura.
Me dejo caer sobre el colchón. No me ha tocado, no me ha hecho absolutamente nada, y me ha regalado dinero.
¡Ha hecho que hoy tenga la noche libre! ¿Qué cojones es todo esto?
Cuento de nuevo el dinero mientras estoy tumbada boca arriba. Es una barbaridad.
Me incorporo para sentarme. No puedo seguir con esta incógnita. Tengo un día entero para pensar en todo lo que quiero preguntarle. Y mañana, si no me dice lo que quiero saber… “¿Qué vas a hacer, idiota?”, me riño a mí misma. No soy nadie. No puedo ordenarle nada. No tengo ningún poder de decisión.
Resoplo.
Me pondré tan seria y tan desafiante que me tendrá que dar respuestas. No puede pasar de mañana. Lo tengo decidido.
Miro el reloj de la pared. Ha pasado media hora. Es suficiente. Si me pregunta Rina, le diré que es de los que se corren rápido. Si tardo tan poco con un cliente, ella suele buscarme otro, pero espero que esta vez, por la gran cantidad de dinero que ha dejado, me libere.
Abro la puerta aún alerta. Meto el dinero en el sujetador, bien escondido en mis pechos.
Todavía pienso que me está acechando por algún rincón y que esto es solo una prueba más, que en cualquier momento me castigarán.
¿Debería hablarlo con Rina? ¿Y si al hacerlo pongo en evidencia a ese tío y resulta ser poderoso en la mafia?
Eso tendría consecuencias. Será mejor que me calle y siga mi camino.
Creo que no lo estaré haciendo tan mal cuando me ha dado dinero de sobra y me voy a casa sin haber sido obligada a nada. No terminará mal el día.
—¿Y el señor Ricci? —me intercepta Rina al bajar las escaleras.
Tiene el gesto serio. Está analizándome.
—Eh… Ya se ha ido —respondo dubitativa. Cojo los billetes de entre mis pechos para que los vea. Ella abre mucho los ojos.
—¿Tan pronto? —inquiere pegando un tirón de ellos para cogerlos—. Ricci va a ser un muy buen cliente por lo que estoy comprobando.
¿Ricci?
—¿Quién es…? —pregunto inconscientemente.
Cuenta el dinero y me da algunos billetes. O no ha contado bien o lo ha hecho queriendo, porque a simple vista creo que solo me ha devuelto mil euros. Según escuché, le dio tres mil, así que me debe un poco más. Como es la que manda y no quiero problemas, decido callarme.
—¿Andrea Ricci? —pronuncia su nombre completo—.
Es el hijo de Paolo Ricci, uno de los capos de La Camorra.
Su padre es un integrante muy poderoso. Se encarga de los casinos de la zona.
La mayoría del dinero se blanquea gracias a él.
Siempre creí que estaba fuera de la organización.
Lo último que supe de él es que estaba casado y con hijos.
—Se queda pensativa unos segundos—. Creo que vive en Londres.
Habrá venido a ver a su padre o a hacer alguna gestión y, bueno, ya vemos qué tan al margen se quiere quedar, porque está haciendo uso de las putas de la organización —termina con una pequeña risa.
Tiene familia. Está engañando a su mujer. Un nudo me aprieta el pecho. ¿Cómo puede ser tan cabrón?
—En fin, esperemos que el tiempo que se quede por Nápoles, nos visite todo lo a menudo que quiera —expresa con alegría—. Y —me agarra de la barbilla con fuerza— espero que tu trabajo lo hagas impecable.
Asiento con el entrecejo fruncido. Me obligo a sonreír a Rina para que se vaya conforme. La veo alejarse con evidente felicidad volviendo a contar el dinero.
“Andrea Ricci”, me repito. ¿Cómo es capaz de ser así? ¿Cómo puede haber personas así? No se siente mal por engañar a su mujer. Eso es de ser muy retorcido.
Y de muy mala persona.
Toda la curiosidad de antes la ha eclipsado la decepción monumental que siento en este instante. En verdad, Gennaro es igual, un hombre de familia, pero si soy sincera, es alguien que me importa una mierda. Sin embargo, Andrea me empezaba a importar. Sí, es inexplicable.
Pero no, ya no.
Se acabó.