DOCE
LOBO
E s una locura. Una maldita imprudencia.
Un error garrafal. Pero estoy dispuesto a ir hasta el final.
Quizá Elio y yo no somos tan distintos. ¿Serán los genes?
Siempre he sido el recatado, el retraído, el controlador.
Pero esta chica… Ha llamado tanto mi atención que me estoy dejando llevar.
¿Y por qué no? Porque yo siempre consigo lo que quiero.
He vigilado fuera un buen rato y he observado por las cámaras de seguridad del local.
No sé mucho sobre hackeo , pero sí lo suficiente para este tipo de investigaciones.
Necesitaba saber si Santoro estaría por aquí, ya que es el único que podría reconocerme.
Nadie de esta mafia sabe que tuvo relación conmigo, nadie sabe que tuvo una doble vida trabajando con las dos organizaciones, y todavía no es necesario desenmascararlo.
Utilizaré esa información para mi beneficio cuando sea el momento.
A mí no me conocen. Con quien han tenido enfrentamientos es con Elio a la cabeza. Yo siempre me he quedado en las sombras.
Entré por la puerta diciendo que era Andrea Ricci, el hijo de uno de los capos.
No han visto su cara desde hace mucho. Se mudó a Londres con su esposa y tiene dos niños pequeños.
Nunca quiso saber nada de la mafia y se fue en cuanto pudo.
Por lo tanto, estoy utilizando su identidad.
Al ser el hijo de uno de los capos, me han tratado como si fuera importante.
Llamé a la madame y le dije que quería a Axa, que algunos amigos me la habían recomendado.
La primera vez que le pregunté, Cara dijo que se llamaba Axa, y recordé que aquí les ponen apodos, las tratan como objetos, así que he acertado de lleno al emplear ese nombre.
La mujer me dijo que estaba ya ocupada, pero no pudo resistirse cuando le ofrecí seis de los grandes. Abrió tanto los ojos que se fue enseguida a buscarla.
Esperé a que ella subiera primero. No estoy seguro de si me ha reconocido, porque he visto confusión en su rostro. Quizá solo haya disimulado.
Tiro de la manilla para entrar en la habitación.
Tras coger el dinero, Rina me ha indicado que venga a la número cuatro.
La puerta se cierra detrás de mí y ahí está ella, en medio.
De pie, inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido justo al verme entrar.
Sus ojos abiertos de sorpresa, sus labios entreabiertos.
No esperaba verme. Y eso me gusta.
Me quedo unos segundos quieto, observándola, saboreando el momento. Veo cada gesto suyo, cada pequeño temblor, cada intento por parecer fuerte cuando sé que por dentro está hecha un caos. Y me gusta más aún que todo se lo esté produciendo yo.
Todavía no ha entendido lo que significa que me haya fijado en ella. Es mía.
Apoyo la espalda en la puerta, cruzo los brazos despacio, sin prisa. No tengo por qué correr, porque de aquí no puede huir.
— Cara mia —murmuro con voz ronca—, ¿eres una de las prostitutas de Santoro?
Ella traga saliva.
—¿Qué… haces aquí? —pregunta con un hilo de voz.
Sonrío de forma peligrosa.
Empiezo a avanzar. Un paso, luego otro.
Mis zapatos resuenan contra el suelo, marcando el ritmo de mi acercamiento.
Como un depredador que no necesita correr, porque su presa ya está atrapada, contengo la ira en el pecho al saber que ha sido violada por cientos de asquerosos.
Reprimo la furia al pensar que han tocado lo que es mío.
Lo que me sorprende es que, aun sabiendo por todo lo que habrá pasado esta chica, su inocencia e ingenuidad no se han ido.
La vi en todo su esplendor en aquel teatro.
Aún hay partes de ellas que no han podido destruir.
—¿De verdad pensabas que no te encontraría? ¿Que no nos volveríamos a ver? —pronuncio con calma.
Ella retrocede un poco hasta chocar con la cama.
—¿Cómo? Tú… —balbucea confundida y temerosa.
—Yo puedo hacer todo. Nadie ni nada puede esconderse de mí —declaro.
Me río por lo bajo.
—¿Quién eres? —inquiere.
Su cuerpo pega pequeñas sacudidas nerviosas.
—Eso no importa —aclaro.
Es mejor que ella no lo sepa. No sé si sabe que existe otra mafia, que somos enemigos. Quizá es ajena a todo y solo tiene miedo porque no sabe lo que le puedo hacer. Pero yo no pienso violarla. Bueno, nunca diré de este agua no beberé. Quizá tenga que hacerlo para que comprenda a quién pertenece.
—¿Tú sí puedes saber todo de mí y yo de ti no? —Da un paso adelante.
Bien. Así me gusta. Valiente, decidida.
Sigo acercándome. Cada paso demuestra la carga de rabia, deseo y obsesión que llevo conteniendo desde que Tullio me confirmó dónde entró. La necesito cerca, y la quiero bajo mi control. Necesito ser yo solo quien la reclame, la mire, la toque.
Mis ojos recorren su cuerpo sin disimulo.
Si con ropa era impresionante, sin ella lo es aun más.
Está delgada, pero eso no me hace querer rechazar ni un poro de su piel.
Quizá si la obligo a darse la vuelta para ver cómo ese hilillo del tanga se incrusta entre sus glúteos.
Cómo roza su clítoris. Cómo lo rompo de un solo movimiento brusco para coger lo que es mío.
Me relamo los labios.
—No me mires así —interrumpe mis pensamientos.
Ya estoy frente a ella. Demasiado cerca. Inclino un poco la cabeza, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo oscuro junto a su oído.
—Miro lo que es mío. Así fue desde que apareciste en mi vista.
Ella contiene la respiración. Puedo sentirlo.
Levanto una mano y apoyo los dedos en la pared, junto a su cabeza, encerrándola aún más junto a mí.
—No sabes lo que has hecho al aparecer en mi vida, cara mia. No sabes las ganas que te tengo. Pero lo sabrás —sentencio en un susurro.
Me clava su mirada y veo esa chispa de valentía.
—¿Qué quieres, follar? Sí, para eso has pagado, ¿no? Pues adelante —dispone sin apartar la vista.
Sonrío otra vez.
—Te equivocas. Sí, quiero tu precioso cuerpo —pongo la yema de mi dedo entre sus pechos—, pero también quiero tu mente, tu atención, tu confianza, tu corazón, tus miedos, tus sueños. Lo quiero todo de ti.
Y es la jodida verdad.
Apenas se escucha un gemido que sale de su boca.
—No sé quién eres, pero te aviso de que te estás metiendo en la cueva del lobo —pronuncia recomponiéndose.
Mi voz se vuelve más baja, más posesiva.
—Yo soy el lobo, cara mia .
La observo unos segundos más, disfrutando de su confusión, de su respiración acelerada, de cómo intenta ser fuerte.
Sonrío.
Me alejo de ella. Veo cómo suspira, como si se hubiera quitado un peso de encima. Me saco un cigarrillo y lo paseo por mis labios antes de encenderlo.
—Volveré mañana. Que nadie te toque o está muerto —añado en tono más frío, disipando toda la tensión entre nosotros.
Ella no contesta. Saco un fajo de billetes del bolsillo interior de la chaqueta y lo tiro sobre la cama. Ya he pagado antes a Rina, pero sé cómo va este mundo, y ella necesita dinero. Me encargaré de que no lo busque en otro que no sea yo.
—Tú vales más que eso —suelto lleno de rabia al pensar por cuánto dinero me han vendido su cuerpo—. No salgas hasta que pasen unos minutos para que no sospechen.
—¿Y si alguien reclama mis servicios? —inquiere ella a mi espalda antes de que yo llegue a la puerta.
—Dile que ya tienes dueño. Si te ponen una mano encima, están muertos... y tú también, por dejar que suceda, cara mia —declaro con contundencia.
Sin mirarla, salgo por la puerta. O lo hago ahora o no podré dejarla. No me gusta esta situación. Odio tener que dejar a una chica indefensa. Odio tener que hacer la vista gorda viendo cómo violan a una mujer tras otra.
Te juro, Santoro, que esto se acabará pronto.