Lobo (Mafia Italiana 2) ONCE
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ONCE

CARA

E l capo empieza a hablar. Siempre lo hace. De su trabajo, de lo bien que hace todo. Una gilipollez tras otra. Entretanto, me llena los oídos de halagos.

—Pero tú eres especial, Axa. —Me acaricia la mejilla con dedos gordos y pegajosos—. Ojalá te hubiera conocido antes.

Para poder violarme siendo menor, ¿no?

Maldito desgraciado.

Aprieto el puño contra mi muslo. Me obligo a respirar, a controlarme. Esta soy yo, y es mi deber. No sirvo para otra cosa. Esta es mi vida, y debo seguir adelante y ser agradecida con ello.

Él me roza la pierna con una mano. Me da un apretón lleno de no buenas intenciones. Sonrío. Debo hacerlo. Él vuelve a hablarme, pero no estoy aquí.

De repente, siento una sensación rara en la nuca, como si alguien me estuviera observando. Ojeo la sala con disimulo, pero no me cruzo con ninguna mirada. ¿Serán imaginaciones mías?

Espera. Hay alguien sentado al fondo. Apenas puedo verlo, está rodeado de sombras, solo. Levanta el brazo para beber de su vaso haciendo un brindis en mi dirección.

Un escalofrío me recorre el cuerpo entero. ¿Quién es ese? ¿Será el del teatro? Es imposible. Pero si lo fuera, quiere decir que es de esta mafia, y eso me pone más nerviosa. A saber lo que dirá de mí y qué consecuencias pagaré por ello.

Apenas distingo su silueta. Lo he visto solo una vez, no puedo saber con claridad si es el que creo que es. Tengo mi vista fija en él. No puedo evitarlo. Mi sensación es de que su mirada también está clavada en la mía.

—Y entonces el Don me agradeció por todo lo que hice. El otro día estuve… —sigue hablando mientras gesticula con el vaso—. Cariño, ¿me estás escuchando?

—Sí… Claro —respondo de forma automática.

Él sonríe satisfecho y me aprieta un poco más el muslo.

No me importa. Sigo atrapada en aquella esquina, en esa presencia que tiene toda mi atención por completo, avivando todos mis miedos. Me está acechando, lo sé. Parece estar esperando.

Tenso la espalda aún más. No sé por qué siento que esta noche no será como siempre, y mis miedos se confirman cuando Rina llega hasta esa sombra. Mantienen una conversación de solo unos pocos minutos. ¿Me delatará? ¿Será este mi final? ¿Qué le estará diciendo?

Me quedo aún más confusa cuando Rina viene hasta mí con una gran sonrisa. ¿Qué cojones?

—Perdone, señor Fabianni. Esta noche necesito a Axa —se dirige en tono cauteloso a mi cliente.

Frunzo el ceño. Nadie paga mejor que este imbécil. ¿Qué está pasando?

Gennaro palidece y se queda sin habla. Rina nunca le había cortado de esa forma. Seguro que se lo tomará como una ofensa. Lo conozco.

Se recompone y aclara su garganta.

—No sé qué estará pasando, pero dejé muy claras cuáles son mis intenciones cuando empecé con Axa. Y ella es mía —declara en tono duro.

“Suya”. Ni muerta, estúpido.

—Lo siento, señor, el trabajo es el trabajo. Si usted ofrece más, podría pasar por alto la otra oferta —replica Rina.

Gennaro se ríe de forma maliciosa.

—Está bien, Rina. Hoy estás dispuesta a sacarme el dinero. —Se carcajea como si no tuviera importancia—. Soy un lince. Has visto que esta puta me tiene embelesado y te estás aprovechando. Pero me parece bien. Te doy doscientos euros más —expone mi cliente dejando el vaso en la mesa.

Busca en su cartera y de un solo golpe pone sobre la barra 700 euros. Abro los ojos sorprendida. Caramba, esta intromisión de Rina me costará una mamada más larga.

¿Es un castigo? ¿Es que le ha contado algo esa sombra? Rina es retorcida, y no me extrañaría que utilizara esta técnica para hacerme aprender la lección.

—Lo siento, señor Fabianni. La puja está mucho más alta de lo que imagina —añade Rina sin tocar ni un euro.

Analizo el rostro de ella. Está seria. ¿Qué está pasando? ¿Es capaz de humillar a su mejor cliente de esa forma? Gennaro es el que más paga en el local. No entiendo la actitud de mi madame .

Él se pone en pie. Deja de lado su sonrisa burlona para imitar el gesto serio que Rina.

—¿De cuánto estamos hablando? —inquiere mi cliente.

—Tres mil —suelta Rina sin un ápice de duda.

Dios mío. Tengo que agarrarme al taburete para no caerme. ¿Quién cojones ha pagado esa cantidad por mí? Soy una simple prostituta.

Mis ojos, por inercia, se clavan en el hombre del fondo.

—Por favor, Axa, ve a la habitación cuatro —me ordena Rina sin dejar de mirar a mi excliente.

Gennaro tiene los agujeros de la nariz muy abiertos. Casi puedo escuchar cómo expulsa el aire.

Sin saber muy bien qué está pasando, acato las órdenes. Camino despacio hacia las escaleras. Mi mente está bloqueada. Creía que Rina solo le pediría más dinero para castigarme. Pero esto…

¿Qué está pasando? Subo las escaleras con la mano por la barandilla de metal.

Aprovecho el frío de la palma para calmarme.

¿Es ese el que ha pagado por mí? ¿El chico del teatro?

Mis piernas tiemblan. No sé qué esperar.

Echo un último vistazo a Gennaro, que tiene el rostro encendido de ira y está gritándole a Rina.

No es mi problema, así que me giro y pongo toda mi atención en lo que me espera.

Avanzo por el pasillo hasta que encuentro la puerta donde el número cuatro está pegado en el centro de la madera oscura.

Entro deprisa. La cierro a mi espalda y me apoyo contra ella.

El espacio es amplio. Hay una cama en el medio, con sábanas blancas y limpias.

Las cambian siempre después de cada uso.

A un lado, una mesilla con una lámpara moderna y un cenicero.

Frente a la cama, un espejo grande, colocado a propósito.

En una esquina hay una butaca. Cerca de ella, algunas perchas para que los hombres cuelguen sus chaquetas y camisas.

No hay ventanas. Son prescindibles, porque lo que algunas veces ocurre entre estas paredes es mejor que no salga de aquí.

Es un espacio pensado para lo prohibido, lo secreto.

Camino hasta el centro de la habitación resguardando las manos en mi abdomen.

¿Qué habrá dicho o hecho Gennaro? ¿Y Rina?

¿Quién me ha reclamado? No he hecho nada, ¿no?

Solo he ido a ver un espectáculo. No he hablado con nadie, no he llamado la atención.

Bueno… solo a… Quizá es esa la prueba que he fallado.

Quizá se acercó para ver qué hacía yo, si entablaba conversación, y caí de lleno en su trampa porque le dije hasta mi nombre. Una regla inquebrantable.

Escucho la manilla de la puerta.

Giro sobre los pies. ¿Será Rina? ¿Vienen a meterme una bala en la frente? ¿A encerrarme? Soy una desagradecida. Santoro confió en mí y le he fallado. Mi corazón amenaza con salir del pecho. Las piernas me fallan. Creo que me desmayaré del miedo que tengo.

Por favor, no quiero morir.