DIEZ
CARA
A l entrar por la puerta de La Nonna, mi cuerpo se tensa.
Siempre lo hace. Puede ser por la mezcla de olores a humo, alcohol, sudor o sexo.
O porque mi mente sabe que le toca disociar.
Cuando se me vienen pensamientos negativos sobre todo esto —mi vida, mi trabajo—, los aparto.
“No estoy tan mal”, me digo. Hay muchas que querrían estar en mi lugar, con un techo donde vivir, estabilidad económica y un poco de libertad para decidir. En serio, no está tan mal.
La luz es tenue, cálida, casi rojiza. No hay zonas de baile ni escenarios llamativos. Aquí el que entra sabe a lo que viene. Hay una barra larga de madera oscura a la izquierda, llena de botellas brillando bajo el foco. El camarero, Antuane, limpia vasos con calma.
Mis pasos resuenan contra el suelo cuando camino con mis tacones.
Rina está al fondo, con una mano levantada llamando mi atención.
A los lados hay mesas pequeñas, redondas, con sillones acolchados que son muy cómodos y que suelen aguantar el peso de dos personas: el cliente y la chica que se le pone en el regazo para manosearla.
Algunos están ocupados ya por hombres en silencio, con vasos en la mano y mirada perdida.
Otros murmuran en voz baja. Nadie levanta la voz, no quieren llamar la atención.
Es increíble cómo han dejado este lugar desde aquella intrusión.
Este local era todo ruinas y ahora está incluso mejor que antes.
Me siento observada aunque nadie me mira, o eso creo. Todo el mundo sabe aquí a lo que viene, aunque algunos finjan lo contrario.
La escalera está al fondo, sube en espiral hasta la planta superior. Es estrecha, con una barandilla de metal y peldaños de madera que crujen con cada pisada. Ahí es donde están las habitaciones, las que guardan algunas atrocidades y secretos.
Avanzo con decisión hasta mi madame .
—Perdón por el retraso, Rina —le digo un poco nerviosa.
—Llegas tarde —replica con el ceño fruncido.
Lo sé. No soy imbécil.
Esta mujer ha vivido demasiado en todos los sentidos.
Tiene el pelo rubio dorado, teñido sin disimulo, cardado y fijado con laca, formando una especie de casco en su cabeza donde no se mueve ni un mechón.
Va maquillada en exceso: sombras oscuras alrededor de los ojos, delineado grueso, pestañas postizas y los labios de un rojo que, sin ninguna duda, podría ser sangre de lo brillante que es.
Las arrugas alrededor de los ojos delatan su edad.
Por mucho que utilice pintura no lo puede disimular.
Viste siempre con elegancia, llena de joyas.
Es una persona que ha visto pasar cientos de historias, ha roto sueños y ha hecho negocios con vidas ajenas. La reina de este lugar. Mi madame .
Me analiza con la mirada. Sus ojos son fríos, calculadores pero inteligentes. Me recorre en segundos, de arriba abajo, sin pudor, sin disimulo. Me evalúa. Al ver cómo levanta una de las cejas, expulso el aire que estaba conteniendo. Una sonrisa lenta se dibuja en sus labios.
—Ponte en posición. Si tus tonterías de querer hacer cosas de críos afectan a tu trabajo, no creo que haya una próxima salida. Tendría que oponerme y ver qué opina nuestro querido Lamberto —declara en tono soberbio—. El señor Gennaro Fabianni te espera.
Maldigo para mis adentros. Solo he llegado unos minutos tarde porque el tren se ha retrasado, eso no es mi culpa. Pero claro, aquí no hay tiempo de réplica. Mis explicaciones no valen nada.
Asiento pesarosa. He estropeado la confianza que me habían dado. Me siento mal. Esta iba a ser mi oportunidad para demostrar que estoy más que unida a la organización.
—De acuerdo. —Bajo la cabeza.
Cuelgo el abrigo en una de las perchas que hay en un pequeño armario. Mis compañeras ya están repartidas por la sala, por donde me paseo en ropa interior contoneando mi trasero. Me hice la idea de que era mi uniforme y lo tengo aceptado.
Observo a mi objetivo sentado junto a la barra.
Mi cliente, el que más me reclama. Es un hombre de unos cincuenta años, corpulento, con el abdomen abultado debajo de la camisa.
Lleva la corbata floja y desde aquí puedo ver las gotas de sudor que le resbalan por el cuello.
Se aplica demasiada gomina en el pelo, que lleva peinado hacia atrás.
Sus manos, llenas de anillos dorados. En cuanto me ve, sonríe mostrando sus dientes amarillentos.
Levanta la mano llamándome como si yo fuera parte de su propiedad.
Siento un pequeño nudo en el estómago, pero no lo dejo crecer.
Hay noches que puedo elegir, cuando él no está, y hay otras que solo me queda resignarme.
Podría rechazarlo, pero me paga una gran cantidad.
Mis compañeras ganan menos que yo, así que fue una suerte que este se fijara en mí.
Tengo entendido que es el capo de uno de los clanes.
Es decir, está al mismo nivel que Lamberto Santoro. Un tío con poder.
Camino hacia él con pasos lentos. Me siento a su lado, en un taburete, cruzo las piernas y apoyo el codo en la mesa.
Empieza la función.
Él se inclina hacia mí invadiendo mi espacio.
—Qué ganas tenía de volver a verte, guapa —anuncia en tono ronco con el aliento cargado de alcohol.
Yo solo finjo una sonrisa.
Mi jodido papel.