NUEVE
CARA
T odavía estoy sobrepensando lo que ha pasado. ¿Qué cojones ha sido todo eso? ¿Quién es el chico ese? Espero que solo sean simples conjeturas mías lo de que sea de la mafia. Si fuera de verdad, estaría en problemas. O en realidad no, porque no volveré a verlo más.
Estoy deseando llegar para saber que en casa todo sigue igual, que Rina me mira igual y que nadie me dice nada respecto a esto.
He ojeado la carretera y los asientos de los vagones mil veces en el trayecto de vuelta por si había una cara conocida.
Pero no, no me han enviado vigilancia, estaba sola en esto.
Estoy sola. Me han dado libertad. Han puesto toda su confianza en mí y no pienso desperdiciar la oportunidad.
Esto ha sido un paso muy grande que he dado en la organización, y pienso estar a la altura de las circunstancias.
A diario no me siguen, no me vigilan, no me piden explicaciones.
Esta escapada no es lo que suelo hacer como rutina, y de ahí mi preocupación porque todo sea una mentira.
Dejo atrás la estación de tren. Me duele la cabeza de tanto pensar y estar en tensión. Tengo los músculos agarrotados. Vuelvo a ojear cada rincón de la calle, sigo sintiéndome insegura mientras avanzo rápido por la acera con la cabeza baja.
Finjo que no ha pasado nada, pero es la mentira más grande jamás contada porque no dejo de pensar en él.
En su mirada intensa, en su forma de observarlo todo como si el mundo fuera su tablero y él supiera cómo ganar la partida en cada jugada.
En su sonrisa ladeada y peligrosa. Es absurdo que, de entre tanta gente en el planeta, me haya tenido que fijar en él.
El chico prohibido.
El enemigo.
No sé su nombre siquiera, no debería gustarme, y aun así, mi mente vuelve a él una y otra vez. Sin exagerar, confirmo que es el chico más guapo que he visto nunca.
Me digo que es mala idea, me lo repito como un mantra, pero siempre se me viene su primera mirada en aquel palco, como si quisiera saber de mí, como si fuera una persona a la que querer conocer.
Me sentí importante. No un simple objeto sexual como todos estos años.
Me sentí vista. Sin saber quién soy, me eligió, y eso me ha hecho sentir más válida y reconocida que nunca.
El pecho se me aprieta porque sé que esto se debería quedar aquí, que no puedo tener nada con él. Aun así, desearía volver a verlo, saber qué esconde detrás de esa fachada de tipo duro. Quiero descubrir cómo sería estar a su lado dejándome mimar por él, un simple gesto que nunca me han hecho.
Sigo caminando de vuelta fingiendo que no pasa nada, aunque él no se me va de la cabeza. Tendré que aprender a convivir con este secreto, porque no creo que pueda olvidarlo nunca.
Observo el reloj. Tengo pocos minutos para prepararme.
El trabajo no espera. Se hace presente mi edificio.
Vivo en la segunda planta, sin ascensor.
Abro la puerta de entrada tras sacar las llaves de casa de mi bolso.
Saludo al vigilante que controla la edificación.
Es un hombre que trabaja para La Camorra.
Su objetivo es cerciorarse de que no pasamos límites o no tenemos problemas.
Por ejemplo, puedo meter a amigas en casa si quisiera, pero chicos, no.
Mi cuerpo les pertenece a ellos. Corro por los escalones, donde resuena cada pisada que doy con los tacones de aguja.
Estoy acostumbrada a subir y bajar, tengo buena condición física.
Al entrar en casa, me desvisto de camino al cuarto de baño. Dejo el abrigo, vestido y medias tirados por el suelo. No hay tiempo que perder.
Abro el grifo del agua caliente, me meto dentro, con prisa, y realizo toda mi rutina de aseo a movimientos veloces.
Es muy importante que siempre esté limpia antes de empezar mi jornada.
Este lugar no es como el monasterio. Aquí me follo a políticos y grandes empresarios que quieren prostitutas limpias y sin enfermedades.
Hace mucho tiempo que no veo una enfermedad de transmisión sexual, pues utilizamos preservativos.
Ya no hay inyecciones. Y tenemos más poder: si algún cliente no quiere ponerse el condón, podemos quejarnos y lo echan del lugar o lo hacen entrar en razón.
Tenemos nuestros derechos. Por pocos que sean, me alegro de tener alguno que otro.
Embadurno mi cuerpo en crema hidratante, espero unos minutos a que se seque mientras me peino y luego sigo con aceite corporal.
Les gusta tocarnos y que estemos suaves.
Me cepillo los dientes y me maquillo con tesón.
Escojo ropa interior de encaje rojo. Miro de soslayo el reloj. Jolines. Debo apresurarme.
Escojo otro abrigo del armario. Me amarro en la cintura el cordón y me preparo para salir.
Estoy famélica, pero no puedo comer nada antes de trabajar.
Primero porque se me hincharía el estómago y nos quieren delgadas y perfectas.
Si he comido, se notaría y habría consecuencias.
A una compañera justo por eso la obligaron a estar dos días enteros sin comer, solo bebía agua mientras la dejaron encerrada en una de las habitaciones del club.
Y segundo, porque ya me hice la idea en su día de que comer lo mínimo posible es lo mejor.
Muchas veces tengo que chupar alguna polla de algún gordo maloliente y me produce arcadas, así que cuanta menos comida tenga dentro, mejor.
Esos son los días en los que Rina me incita a “elegir” esos clientes, o bien por el dinero o bien “porque es lo correcto para mi futuro”, palabras textuales de ella.
Pero estoy satisfecha, ya que esos casos son los mínimos.
Lo normal es que yo pueda tener decisión.