OCHO
LOBO
C onduzco de vuelta a casa. La conversación todavía resuena en mi cabeza. Desde que se fue de mi lado no he dejado de pensar en ella. Siento una necesidad enorme de conocerla.
Repaso mentalmente cada gesto, cada palabra.
Cómo escondía la sonrisa cuando se sonrojaba.
Cómo sus ojos se quedaban anclados a los míos, sin prisa.
Ahí fue cuando supe que no solo era curiosidad.
Había un sentimiento mutuo. Sentí ese cosquilleo en el pecho.
Me contuve con la fuerza de mil demonios para no acercarme más a ella.
Solo quería provocarla y ver sus reacciones.
Me atrae, y mucho. No solo por lo guapa que es, sino por la forma en que me hizo sentir.
No solo contestaba a mis provocaciones, sin miedo aparente, sino que sacaba su carácter.
Cuando noté su interés y que ella había conectado conmigo, la deseé sin límites.
Me confirmó que tenía que entrar en su vida a la fuerza, porque ella ya es parte de la mía. Haré que se muera por estar conmigo. Haré que no conciba un futuro sin mí. Haré que solo piense en mí.
Sonrío sin darme cuenta.
Esto solo acaba de empezar. Por primera vez en mucho tiempo, alguien ha llamado mi atención.
He tenido alguna que otra relación en el pasado, pero no han durado mucho.
El trabajo requiere toda mi atención, y las tías de hoy en día, en cuanto las dejas solas, ya están pensando en irse con otro a tus espaldas.
Solo hubo una que me intentó engañar. Solo lo intentó, porque antes de que el tío pudiera metérsela, le pegué un tiro en la nuca.
Aunque no pueda dedicarle tiempo a ninguna chica, eso no quita que quiera protegerla y saber lo que hace en todo momento. Tengo muchos enemigos, podrían aprovechar cualquier despiste para hacerme daño a través de ellas. No soy imbécil.
Me sigo follando a la última con la que estuve, sin ataduras.
No me gusta ir por ahí metiendo la polla en cualquier coño; no sirvo para irme de putas, como hace Elio.
Me gusta la exclusividad y no quiero follarme un coño usado por muchos.
Mila sabe bien las reglas y, aunque a veces se pase de posesiva y celosa, la aguanto porque soy un ser humano y a veces necesito desquitarme de toda esta frustración sexual.
Aparco justo delante de casa, una mansión con la fachada de un blanco impoluto.
No tiene nada que envidiar a los grandes monumentos.
Se alza sobre la colina, escondida de la ciudad, vallada por completo y con cámaras y guardias en cada rincón.
No observo en su exterior ni una sola mancha ni grieta. Es perfecta.
Unas columnas imponentes sostienen la entrada principal.
Ventanales enormes, oscuros, que esconden todo lo que ocurre dentro.
Un jardín impecable rodea la propiedad. Césped cortado, árboles alrededor y una fuente de agua.
Todo transmite lo que en realidad hay aquí: dinero, poder y respeto.
Cuando la ven por primera vez, la gente piensa que aquí vive alguien respetable, pero pocos saben de verdad todo lo que esconde este lujoso edificio.
Bajo esa belleza blanca y esa fachada limpia, está el sótano. Nadie se imagina la de horrores que se han vivido ahí. Algunos los he ejecutado yo, pero la mayoría... Elio es un bestia.
—Lobo —escucho por el intercomunicador del coche. Paro el motor.
—Te escucho —contesto pulsando un botón del volante.
Es Tullio. Le encargué que siguiera a la chica. Cara . Pienso en su nombre. Pienso descubrirlo todo de ella. TODO.
—La chica se ha bajado del tren en Nápoles. —Hace una pausa y ya intuyo lo que eso significa. La maldita capital es el centro de todos mis problemas—. La he seguido hasta La Nonna .
No me hacen falta más explicaciones. Es una de las prostitutas de Santoro.
Mierda.
Silencio.
Aprieto las manos contra el volante, fuerte. Tanto que los nudillos se quedan blancos.
Joder.
Todo está mal. Todo.
La noche entra por los cristales tintados mientras se desata una tormenta en mi interior. Cierro los ojos y su rostro aparece en mi cabeza. Su voz. Sus ojos. Su sonrisa. Su gesto desafiante.
Va a ser muy difícil. Hay demasiados muros alrededor para llegar hasta ella, muchos peligros. No será nada fácil volver a verla. Lo sé. Cada paso que dé hacia ella será un riesgo y una amenaza. Y eso me frustra, me quema, me revienta por dentro.
De repente, lleno de ira, golpeo el volante con toda mi furia. Una, dos y tres veces. Ese hijo de puta de Santoro volverá a mi vida. Sabía que algún día llegaría el momento de rendir cuentas, pero no esperaba que fuera a través de mi chica. Podría dejarla ir, podría…
El sonido seco rebota dentro del coche. Respiro hondo, pero no sirve. La rabia sigue conmigo. Me echo hacia atrás en el asiento, miro al techo. Aprieto tanto la mandíbula que hasta duele.
¿Por qué he tenido que fijarme en ella? De entre todas las mujeres de este mundo, ha tenido que ser ella. Tenía que ser la única que no puedo tocar cuando quiero. La única que no puedo tener sin pelear. La única que no puedo controlar.
Y eso me obsesiona aun más si cabe.
Me inclino hacia delante otra vez y apoyo la frente contra el volante.
Cierro los ojos. Imagino todo el camino que me queda por delante.
Siempre me han gustado los retos y no pienso rendirme.
Nada me frenará. Ni las reglas ni los enemigos ni los riesgos.
Así tenga que cruzar el mismísimo infierno o romper el mundo en pedazos, lo haré.
Cruzaré los límites que sean necesarios.
Porque ella no es una más. Lo supe desde el momento que la miré, y apuesto a que ella también lo supo.
Es mía.
Nadie impedirá que reclame lo que me pertenece. Me relamo los labios pensando en la noche que me espera por delante.
—Tullio, confírmame que Andrea Ricci sigue en Londres —le hablo al intercomunicador.
Se me acaba de ocurrir un plan. Puede que sea mi perdición, pero estoy dispuesto a ir hasta el final. Necesito más de ella, mucho más. Y yo siempre, SIEMPRE, tengo lo que quiero.
—Dame cinco minutos y te lo confirmo —responde.
—No quiero que me sigáis. Esta vez salgo solo. Tú vuelve a casa —ordeno de forma contundente.
Esta noche tengo planes. Si salen mal, quiero ser solo yo el que esté en el ojo del huracán.
Voy a por lo que es mío.
Me quedé con ganas de probar esos labios, y yo nunca me quedo con las ganas.