Lobo (Mafia Italiana 2) SIETE
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SIETE

CARA

É l sigue avanzando hacia mí. Sus pasos son seguros.

No tiene prisa y no parece que la necesite.

Cada movimiento transmite confianza, presencia y control.

Mi corazón ya no late ya tan deprisa, pero tampoco se ha calmado, porque el efecto que él produce en mi cuerpo es incontrolable.

Es guapo a rabiar, demasiado, y si lo mezclas con el aura de peligro que desprende, ya se vuelve una bomba brutal de atracción.

Siento un nudo en el pecho. Mi instinto me dice que tenga cuidado con él, no sé de lo que es capaz, pero al mismo tiempo no puedo dejar de mirarlo.

Es sin duda el hombre más imponente que he visto nunca.

No es solo su físico, es su actitud. Me mira como si no existiera nada más en el mundo, como si yo fuera lo único que le importa.

Se detiene frente a mí. Mi cuerpo se pone más alerta al verlo tan cerca.

—Para ti no soy nadie —consigo responder queriendo parecer segura.

—Para mí lo serás todo —declara con media sonrisa.

¡Cielo santo!

Mis piernas están a punto de ceder. Mi miedo no ha desparecido del todo, pero una sensación más fuerte la opaca. Curiosidad, atracción y un magnetismo difícil de explicar.

Lo observo con atención. Él me clava la mirada sin incomodarse.

Por un momento, me muero de ganas por saber quién es, qué quiere o por qué me mira así, pero tengo que ser consciente de mi situación.

Yo ya tengo dueño, no soy libre. Me debo a la mafia, y no pienso actuar con deslealtad por primera vez.

—Vaya forma de ligar. Así entiendo que estés soltero —replico en tono alto.

Levanto la barbilla, enderezo la espalda y me preparo para salir indemne de esta situación.

Silencio. Solo obtengo de respuesta una media sonrisa con los ojos entornados.

—No me hace falta ligar. Tengo todo lo que quiero cuando quiero —anuncia en tono socarrón.

Imbécil.

Un sabor amargo me sube hasta la garganta. ¿Celos? Imposible. Este tío me importa una mierda. No lo conozco de nada.

—Pues conmigo parece que estás intentándolo —dispongo.

—Es que tú sí eres lo que quiero —añade seguro.

¡¿Qué?!

Madre del amor hermoso.

Me fijo en sus labios. Sí, por mucho que me haga la dura, él también me atrae.

Me gustaría probar sus besos, sus caricias, ver su forma de ser, aunque ya estoy viendo gran parte de ella.

Esa seguridad me hace suspirar. No sé por qué, pero siento que no me haría daño.

Una parte de mí me empuja a acercarme más, a conocerlo.

La atracción física que siento es innegable.

Ha despertado una parte de mí que creía dormida o, mejor dicho, muerta.

Pero esto no puede ser. Mi mente vuelve a centrarse. Esto es imposible. No puedo tener una relación con nadie. Tengo que irme antes de meterme en problemas.

—Eres muy directo, pero tendrás que buscar por otro lado. Yo no estoy disponible —contesto con altivez.

Podría acatar la conversación y decirle el nombre de Santoro directamente. Pero…

Joder, acabo de darme cuenta. Han cerrado el teatro para él.

Hay más personas repartidas por ahí. Una de ellas me ha frenado en aquella puerta.

Y este, que parece ser el que manda, no me conoce.

Una de mis compañeras me dijo que existía otra mafia, no recuerdo el nombre, que gobierna el norte de Italia.

¿Y si son ellos? ¿Y si estoy con el jodido enemigo?

Mis vellos se ponen de punta. Ahí sí que estaría perdida.

Si se entera de a quién sirvo, por represalias me quitaría la vida en un instante. Las dos bandas se odian.

De repente me falta el aire. Necesito salir de aquí. Estoy más en peligro que nunca.

—Sí estás disponible, pero solo para mí —pronuncia con amenaza.

—No. Mi… —balbuceo— novio está ahí fuera. Déjame salir —pido señalando la puerta.

Él vuelve a sonreír como si supiera que estoy mintiendo. Y es que seguro que lo sabe.

—Tu nombre —demanda.

Quizá si se lo digo, me deje ir.

—Axa —suelto con rapidez.

Ladea la cabeza y niega con gesto divertido. Da un paso hacia mí poniendo al límite todos mis signos vitales.

—Tu nombre —impone.

Mierda, mierda, mierda.

Está tan cerca que percibo su perfume. Huele a madera, a toques de café y a cítricos, un olor muy dulce.

Me muevo un poco hacia atrás, casi sin darme cuenta.

Él lo nota y sonríe con burla e interés.

Sabe lo que me provoca. Sus ojos me escrutan, no se mueven de mi rostro.

No se fija en el aspecto físico, diría más bien que está intentando ver en mi interior.

Incluso más allá. Me hace sentir tan vulnerable que aparto la mirada estando al límite.

—Cara —informo de sorpresa—. Cara Brena.

¿Cómo he llegado a decirle mi verdadero nombre? A esa persona la tenía enterrada. Cara Brena murió. Soy Axa. Pero es que él me hipnotiza, me cautiva. Me hace ¿sentir segura? Eso es imposible.

— Cara mia [1] —pronuncia con voz seductora.

Mis ojos vuelven a los suyos. Siento que me ruborizo. Mi corazón se acelera al escuchar sus palabras. Da otro paso. Está demasiado cerca. Puedo ver cada detalle de su rostro. Las pequeñas líneas junto a sus ojos. La textura de sus labios. La forma en que respira.

¿Cómo puede leerme tan fácil? Bajo la mirada. Debo irme. Debo irme. Debo irme.

—Ábreme la puerta —le pido con la voz pequeña.

No puedo mirarlo. He sobrepasado muchas líneas ya. Esto tiene que acabar. Mis manos sudan sin parar.

—Siempre ha estado abierta. Yo nunca te encerraría. —Se acerca a mi oído para susurrarme—. A no ser que me lo pidas.

Trago saliva con dificultad. Por el amor de Dios, ¿cómo puede ser así de intenso y de atrayente?

Su perfume me entra de lleno por las fosas nasales.

Por inercia levanto la barbilla y me encuentro con esos ojos clavándome la mirada de forma muy intensa.

Devorándome. Tan cerca. Y lo nuestro es tan prohibido.

Como si alguien tirara de mí, acerco mis labios a los suyos. Él no avanza. Solo espera mi decisión.

—Hazlo —me incita en un susurro.

No.

No puedo.

Me giro obligando a mis pies a moverse. Sin mirar atrás tiro de la manilla de la puerta de salida. Está abierta, tal y como él prometió.

Antes de salir corriendo hacia la calle escucho cómo habla a mi espalda.

—Nos volveremos a ver pronto, cara mia —sentencia en tono grave.

Un escalofrío me recorre de punta a punta.

¿Qué significa eso? Es imposible. Si fuera de la otra mafia y mis conjeturas fueran ciertas, estoy segura de que nunca más volveré a verlo. Y eso, en parte, me produce una decepción que me aprieta el pecho. Cuando vuelva a Nápoles, esto habrá sido solo un sueño surrealista.

Hasta nunca, chico peligroso.