Lobo (Mafia Italiana 2) SEIS
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SEIS

CARA

¿Q uién cojones es ese tío que me ha mirado como si yo fuera su jodida comida?

Me he sentido intimidada. Estoy acostumbrada a las miradas lascivas de mis clientes, pero ese tenía un gesto diferente.

Más oscuro, más misterioso. Me ha dado escalofríos.

Se ve de lejos que sus intenciones no son nada buenas ni decorosas.

Avanzo más deprisa entre el gentío ahora que se ha ido del dichoso palco.

Cuanto antes salga de aquí, mejor. Sobrepaso a las personas, colándome por su lado.

El pulso acelerado hace que parezca que se me va a salir el corazón del pecho.

Mi intuición me grita que estoy en peligro.

Debo salir y volver a casa cuanto antes.

Al llegar a la puerta de madera que separa el anfiteatro del vestíbulo, un hombre trajeado alza una mano para frenarme.

—Por favor, señorita, deje a las personas pasar —ordena mientras me indica que me ponga a un lado.

Me quedo bloqueada. ¿Por qué yo no puedo salir y todos los demás, sí?

—¿Qué está pasando? Tengo que irme —le hablo al hombre.

—Deje espacio. —Me empuja con suavidad para un lado—. Se sale por número de entrada. Usted tiene que esperar su turno.

¿Qué cojones? ¿Qué compré, la última? Suena a mentira descomunal, pero no puedo replicarle porque no sé si será verdad. Al fin y al cabo, nunca he estado en un teatro y no sé cómo va todo esto.

Mis ojos, por inercia, se clavan en el palco. No está. No ha vuelto a asomarse desde que me miró. Espero que sean imaginaciones mías por el miedo a no haber salido nunca fuera de Nápoles y que ese tío ya se haya ido a casa. Sí, tiene que ser eso. Me estoy volviendo paranoica.

No es lo mismo recorrer las calles de siempre, que sé ya de memoria hasta cómo son los bordes de los zócalos de la fachada de cada casa, que venir a un lugar nuevo. El supermercado, casa, tiendecillas, el trabajo… El mismo círculo que recorro cada día, nada fuera de la rutina.

Rina me ha dejado venir. Si no fuera seguro, no me habría dejado llegar hasta aquí. Pero quizá…

JOLINES.

Lo mismo ese tío es de La Camorra y está aquí para controlarme. Por eso me miraba solo a mí y con esa intensidad, ¿no? Pero ¿he hecho algo mal? ¿He actuado indebidamente?

Miles de pensamientos me atraviesan la mente de punta a punta.

Quizá no debería haberme vestido así y por eso están enfadados.

O he dicho una palabra fuera de lugar. ¿Le sonreí al chico de la taquilla?

Mis piernas tiemblan de forma brusca. El miedo me aprieta tanto en el estómago que me produce náuseas.

¿Me castigarán? Nunca lo han hecho, esta sería la primera vez.

Intento tragar saliva, pero tengo la boca seca, pastosa. La última persona que queda sale por la puerta. Obligo a mis pies a moverse.

—Un momento.

El hombre me frena de nuevo poniendo el brazo en posición horizontal delante de mí.

Pero ¿qué cojones es todo esto? ¿Aparecerá Santoro? Estoy a punto de echarme a llorar cuando ese hombre baja el brazo y me da permiso para pasar. Por un momento siento alivio.

—Puede salir —indica, y se echa a un lado.

Al parecer voy a salir. Al instante, otro hombre se acerca con mi abrigo en el antebrazo para dármelo. Lo cojo con rapidez para dirigirme hacia la salida cuanto antes.

Aunque fueran reales mis sospechas, solo necesito coger ese tren de vuelta para pensar mejor.

Buscaré una solución. En la organización siempre han alabado mi sinceridad y mi lealtad, por lo tanto, si miento una vez, podría pasar por una verdad.

Si hace falta eso para salir de este apuro, lo haré.

He visto castigos horribles hacia algunas chicas de La Nonna, y tampoco se me olvida todo lo que pasó en el monasterio.

Nunca ha sido mi objetivo hacer nada en contra de ellos, pero tampoco permitiré que volvamos al principio.

He conseguido mucho: libertad, reconocimiento, trato amable...

, en fin, una vida, y es impensable que todo desaparezca.

Bajo la cabeza, aún con las piernas temblorosas y sin saber qué puede ocurrir.

Camino dubitativa rezando por salir del edificio lo más rápido posible.

Avanzo por el vestíbulo queriendo dejar todo atrás.

Ya no hay nadie. El murmullo de personas ha cesado.

El sonido de mis tacones marca mis pasos, que resuenan contra el mármol pulido creando una atmósfera digna de una película de terror.

Aprieto el bolso contra el cuerpo. Mi corazón late desbocado.

Quizá en las sombras de los rincones hay alguien acechándome.

Sería incapaz de verlo porque mis ojos están fijos en la puerta de salida, a la que casi he llegado.

Mis piernas avanzan hasta que de repente una voz grave masculina rompe mi concentración.

—¿Ya te vas?

Mi cuerpo se tensa al instante. Me detengo. Levanto la cabeza despacio.

Y ahí está él. El mismo que me miraba desde aquel palco.

Mierda.

Está a unos metros de mí, apoyado con naturalidad contra una columna.

Lleva un traje muy ajustado que parece hecho a medida.

La chaqueta marca unos hombros anchos y firmes.

La camisa blanca contrasta con su piel un poco bronceada.

Es alto, mucho más que yo. Su cuerpo es atlético, se nota incluso con ropa puesta.

Su pelo es rubio oscuro, peinado hacia atrás, aunque algunos mechones le caen sobre la frente de forma natural, dándole un aire peligrosamente atractivo.

Tiene las facciones marcadas, la mandíbula firme, nariz recta, pómulos definidos.

Sus ojos... Ahogo un grito de sorpresa, porque uno lo tiene de color gris y el otro, marrón.

Nunca había visto en persona a alguien con heterocromía.

Escuché el concepto en el instituto, pero no había llegado a corroborarlo en persona hasta hoy.

Rezuma poder y seguridad en cada movimiento que hace lento, sin prisa, como si él lo controlara todo.

En realidad, lo hace.

Nunca lo había visto. Si es de la organización de Santoro, es la primera vez que lo veo.

Por lo tanto, no sé las intenciones que tiene, si quiere hacerme daño o si solo es una advertencia.

Juraría que por la forma en la que me clava su mirada, no está pensando en hacerme nada bueno.

Si pudiera ver a través del halo de las personas, vería su aura oscura como el carbón.

De repente, él me sonríe con una seguridad apabullante. Siento un vuelco en el estómago. No es una sonrisa completa. Juraría que es más bien una promesa.

Camina hacia mí a paso lento.

—¿Acaso no sabes hablar? —añade mientras camina.

¿Viene a por mí? ¿Me pegará? Odio sentirme así de pequeña. Esa sensación de vulnerabilidad me ha perseguido desde que me secuestraron y por mucho que conviva con ella, nunca me sentiré conforme ni gustosa sabiendo que en cualquier momento pueden hacer lo que quieran conmigo.

—No he hecho nada —me justifico en voz baja.

Evito mirarlo por respeto, para que sepa que soy dócil. Miro un punto fijo del suelo. Mis dedos se agarran con fuerza al asa del bolso.

—En realidad, sí. Llamar mi atención. Dime tu nombre —impone.

¿Qué cojones es todo esto? ¿No me conoce? ¿No es un hombre de Santoro? ¿Quién es entonces?

Le clavo la mirada haciendo acopio de toda mi seguridad. Si no sabe quién soy, es que no estoy metida en un lío y tengo total impunidad por ser propiedad de Lamberto. Todo el que sepa su nombre sería incapaz de tocarme, ni siquiera pueden hablarme para no enfadarlo.

Ahora sí. Tengo el control de la situación porque sé el poder que tengo y puedo utilizarlo.