CINCO
LOBO
L a veo dirigirse a la salida del anfiteatro.
Mis ojos se van a sus caderas. Su forma de contonearse me hipnotiza.
Me relamo los labios al observarla. No puedo dejar de hacerlo.
Me tiene hipnotizado. Su figura envuelta por ese vestido pecaminoso, ese rostro angelical que parece tallado por los mismísimos dioses.
Pero es el color de su pelo lo que más llama mi atención, porque entre todas las sombras y oscuridad, siempre podría verla. Reconocerla. Cazarla.
—¿Qué estás mirando? —la voz de mi hermana me saca de mi ensimismamiento.
—Eh… nada —miento volviendo mi cabeza hacia ella.
Mi hermana ya está de pie, esperando a que me levante de la silla para marcharnos.
Frunzo el ceño. ¿Por qué esa chica pelirroja ha llamado tanto mi atención?
Es una tía más. Debería salir cuanto antes de la zona enemiga y no perder el tiempo aquí.
Yo vivo a las afueras de Roma, pero al norte, y este teatro está al sur, justo donde empieza el territorio de La Camorra.
Ya ha acabado el dichoso espectáculo, no hay necesidad de seguir jugando con el peligro.
Aquí mis hombres son vulnerables, y mi hermana, aún más.
Camino hacia las cortinas que dan a la salida del palco.
Antes de perder la visión de la enorme sala, le echo un breve vistazo a ella como por instinto.
Por un momento, nuestras miradas se cruzan.
Me clava sus ojos, sus jodidos y preciosos ojos verdes.
Siento una atracción con una necesidad inconfundible de conocerla, de saber quién es, de saber qué esconde o qué piensa siquiera.
En mi mundo no hay muchas almas nobles, y observarla ha sido ver su vulnerabilidad y su ingenuidad a la vez.
Entrecierro los ojos enfocando todo mi ser en ella.
No puedo irme de aquí sin saber más. No sé su nombre. No sé de dónde viene. No sé qué piensa cuando está sola. No sé cuál es su objetivo en la vida. Lo que añora o lo que detesta. Pero en el momento en el que mis ojos la vieron, ya supe con una certeza innegable que no podría ignorarla.
Percibo una sensación oscura y posesiva, profunda, que me recorre cada poro de la piel. Como si todos mis instintos se despertaran sobresaltados después de haber estado mucho tiempo dormidos. Una parte primitiva y salvaje lucha por salir a la luz. Por protegerla, por cuidarla, por…
“Debería ser mía”, se me repite en la cabeza.
No, ES MÍA.
La observo sin disimulo. Ella lo sabe. Sabe que yo la sigo con la mirada. Lo sé por la forma en la que se mueve, camina con timidez. Observo cómo baja la mirada, cómo respira con movimientos cortos.
Quiero saberlo todo de ella, todo. Qué le da miedo, qué le hace sonreír. A quién odia, a quién aprecia. Qué secretos guarda. Y quiero ser parte de su mundo. No pediré permiso. Si hace falta, será a la fuerza, porque voy a reclamarla, le parezca bien o no.
Lo que quiero lo tengo.
Tengo los músculos tensos, la mandíbula apretada y el pulso firme.
Esa chica se acaba de volver mi posesión más preciada, y lo sé con una certeza brutal.
No me interesa ser uno más. Tampoco quiero pasar desapercibido.
Voy a ser su centro, su refugio y su tormenta si hiciera falta.
Su seguridad, y si se revuelve contra mí, su peligro. No podrá deshacerse de mí. Nunca.
Me imagino cerca de ella, su aroma, mi sombra rodeando su cuerpo para no dejarla escapar.
No quiero hacerle daño. Solo quiero marcarla, hacerle ver que acaba de cambiarle la vida para que, cuando piense en alguien, sea en mí.
Solo en mí. Que cuando tenga miedo, me busque.
Y que yo sea su mundo igual que ella acaba de volverse el centro del mío.
Puede parecer una locura, no la conozco de nada, pero ya siento que es parte de mí.
Esa mirada curiosa hacia mí me ha hecho afirmar que cumplirá todas mis expectativas.
Solo con esos gestos, ya me ha cautivado.
Necesito ese ángel en medio de todo mi infierno, esa inocencia para vivir y opacar toda la maldad de mi alrededor.
Mi hermana me espera fuera, a unos metros, con los brazos cruzados, a la distancia suficiente para que no pueda escucharme hablar. Está cansada de esperar.
—Vacía el edificio —me dirijo a Tullio—. Entretén a la chica pelirroja y no la dejes salir hasta que yo te diga. Que Ennio vuelva a casa y se lleve a mi hermana. Quiero que todos salgáis y me esperéis fuera. Ojos bien abiertos por si aparecen malas compañías —ordeno en tono duro.
—Entendido, Lobo —responde complaciente.
Avanzo hasta mi hermana y beso su coronilla con una sonrisa.
—Ve delante, Jasmine. Me retrasaré unos minutos —me dirijo a mi hermana en tono suave.
—¿Qué vas a hacer? —indaga con una ceja levantada. Le clavo una mirada de reproche—. Vale, vale. Ya sé, cosas tuyas de esas de gente turbia. —Levanta con frustración las manos.
Niego con la cabeza sin borrar la sonrisa.
Ella es muy inteligente y, aunque no lo hayamos hablado, creo que intuye a qué nos dedicamos Elio y yo.
Mi madre intenta tenerla apartada de todo, pero al vivir en la misma casa ha escuchado y visto cosas que no puede ignorar.
En parte es bueno que vaya sabiendo el futuro que le espera, porque está en el punto de mira al ser de la familia.
Aunque la proteja con mi vida y la intente dejar al margen, debería ser consciente de todo su alrededor.
Se marcha escaleras abajo con Tullio.
Es hora de conocer a mi futura esposa.
Porque sí, no la dejaré escapar por más que se resista.
Donde pongo el ojo, reclamo, y ella ya ha sido elegida y marcada.