Lobo (Mafia Italiana 2) CUATRO
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CUATRO

LOBO

T engo muchas tareas que hacer, y lo que menos quiero o necesito es ponernos a todos en peligro.

Pero aquí estoy, consintiendo a mi hermana, una insufrible mimada y caprichosa.

Sus deseos son órdenes para mí, y si tengo que aguantar a personas disfrazadas de gilipolleces y escuchar el montón de tonterías que tienen que decir, pues lo hago sin pensar.

Jasmine se ha tirado todo el camino enfadada conmigo porque llegábamos tarde, pero es que he tenido que encargarme de unos asuntos antes. Aparco el deportivo justo en la entrada del teatro, que está vacía. Hace diez minutos que ha empezado el espectáculo.

Le tiro las llaves de mi vehículo a Tullio, uno de mis hombres, para que lo aparque.

Los demás nos rodean a mi hermana y a mí para entrar en el edificio.

Me ajusto la chaqueta del traje negro que llevo.

Me gusta vestir elegante y formal, siempre.

Cuando le he dicho a Elio por qué me tenía que ir del almacén en plena reunión, casi tengo que meterle un puñetazo en su jodida cara.

Se ha reído de mí hasta que he salido por la puerta.

Él también consiente a nuestra princesa, pero eso no quita que nos riamos el uno del otro cuando nos vemos inmersos en el control y manipulación de mi hermana, la caprichosa.

—¿Ves? Me he perdido el principio por tu culpa —espeta Jasmine fulminándome con la mirada.

Ruedo los ojos. Seguido, suelto un suspiro.

Los trabajadores nos abren la puerta al llegar al interior.

Unos jóvenes empleados se acercan y es Ennio, uno de mis hombres, quien los frena y se comunica con ellos.

Él hablará con ellos y se encargará de que todo el edificio esté protegido.

Me he deshecho de mucho dinero para obtener su secreto de sumario y lealtad.

Espero pasar desapercibido en la ciudad. No quiero perder ni un segundo de mi tiempo en una pelea con La Camorra, bastante he aguantado ya por hoy con la pequeña diablesa.

Observo cómo uno de los jóvenes les hace señas a unos hombres del fondo. Ellos bajan la cabeza con respeto. Supongo que ya saben quién soy. Media Italia se sobresaltaría solo con mencionar mi nombre o el de mi hermano. Nos conocen, conocen La Cosa Nostra, y saben de lo que somos capaces.

—¡Vamos! No te quedes atrás —me reprocha Jasmine subiendo escaleras.

Voy tras sus pasos y mis hombres nos siguen de cerca.

Toco con cautela mi arma bajo la chaqueta.

Llevo un arnés encima de la camisa y me encargo de no olvidarlo bajo ningún concepto.

En mi trabajo dependes de un arma y de tu ingenio.

Aquí la fuerza bruta apenas te salva y por eso soy yo el que tiene el mando y no Elio.

Llegamos a un palco en un lateral del gran espacio. Deslizo la cortina a un lado para dar paso a mi hermana. Observo a la multitud abajo, pendiente de la escena. Solo un par de cabezas se giran hacia nosotros, los curiosos.

Mi hermana se sienta en una silla junto al borde y apoya los antebrazos en él.

Presiona su barbilla apoyándola encima de sus extremidades.

Y de repente, veo cómo le sale una gran sonrisa.

Es una niña muy inteligente. Siempre le ha gustado leer.

¿Quién con esta edad viene a ver un espectáculo así de ridículo por amor al arte?

Una vez que ya sé que mi hermana está satisfecha y complacida, me giro hacia mis hombres.

—Controlad las salidas y entradas. Observad y analizad a todos los asistentes. No quiero que nadie se suene la nariz sin yo saberlo, ¿de acuerdo? —les ordeno.

—Entendido, Lobo —afirma Ennio, firme.

Espiro con brusquedad. Busco una silla con la mirada y me siento junto al borde, como mi hermana, justo detrás de ella. No deberíamos tener problemas, pero nunca está demás echar un vistazo a la multitud y estar alerta. Aquí somos un objetivo fácil, y no puede haber errores de cálculo.

Abro las piernas y me acomodo poniendo un brazo sobre el bordillo del palco. Encorvo la espalda. Crujo mi cuello destensando músculos. De mi boca sale un suspiro sonoro solo para mí.

Esta niña me traía como si fuera el jodido fin del mundo, corriendo detrás de ella, y todo para ver a cuatro tíos en mallas moverse por el escenario.

Me quedo un momento con la mirada fija observando el espectáculo.

Qué gilipollez. Amor entre bandas. Eso no podrá ser verdad nunca, porque nacerían odiando a su enemigo.

Niego con la cabeza al pensar en la posibilidad de enamorarme de alguien de la maldita Camorra.

Imposible. No hay ni una mínima probabilidad de que eso pueda ocurrir.

Nunca.

En la vida.

Niego con la cabeza y mi vista se pasea por el anfiteatro.

Observo de nuevo a los asistentes. Están hipnotizados.

No entiendo cómo les puede gustar esto. Esbozo una sonrisa burlesca.

Mis ojos se van a parte de mis hombres, que están repartidos por las esquinas inferiores.

Todos asienten con la cabeza cuando les clavo la mirada. Están pendientes, así me gusta.

Un pequeño grito me sobresalta y me hace girar la cabeza hacia la escena de los actores. Hay una lucha con espadas de mentira. Vaya payasada. Por inercia, me vuelvo a tocar el arma que descansa sobre mi abdomen.

¿Cuánto tiempo dura esta absurdidad? Tengo cosas mejores que hacer, como organizar un cargamento. Esta semana llegarán kilos y kilos de cocaína a nuestra costa, y me gusta supervisarlo y controlarlo con tiempo. No me gusta hacer nada de improviso.

Observo el perfil de mi hermana. Con solo mirarla siento un cariño inevitable.

Lo tengo muy presente, aunque a veces me haga apretar los dientes y obligarme a respirar.

Porque sí, es una mimada en exceso, y tiene esa habilidad para sacarme de mis casillas en un abrir y cerrar de ojos.

Muchas veces me desquicia y me dan ganas de marcarle límites, de recordarle que no es el ombligo del mundo.

Pero es que sí lo es, porque siento que tengo que protegerla todo el día.

Es mi hermana, la niña que ha crecido a mi lado.

Sé cuándo exagera, cuándo está triste, cuándo se hace la fuerte, incluso cuándo solo quiere atención.

Y aunque me irrite, el amor que siento tan grande es más fuerte.

Es parte de mí. Y no hay nada en el mundo que se ponga por delante de ella o Elio.

—¿A que es bonito? —escucho su voz emocionada.

Habla sin girar la cabeza del escenario. Esbozo una sonrisa que guarda el cariño inmenso que le profiero a ella. No. No debería estar en ninguna parte que no sea aquí. A la mierda los negocios. Ella es lo importante.

Mi pecho se calma. Ya no estoy ansioso. Mi pulso se relaja y echo la cabeza hacia atrás.

Me quedan dos horas por delante y no sé qué mierda voy a hacer, pero es donde debo estar.

Así que apoyo la nuca sobre el respaldo de la silla y dejo a mi mente divagar.

El teatro huele a polvo viejo y a perfume caro.

Con la espalda hundida en el respaldo, me dedico a mirar a la gente.

Casi hemos llegado al final del espectáculo. A poco de terminar es cuando más siento que o me fijo en cualquier detalle o me moriré de aburrimiento. Mi pierna da pequeños toquecitos en el suelo mostrando así las ganas de salir de aquí.

Observo a una pareja en la fila cuatro. Ella se inclina hacia él para susurrarle algunas palabras y él asiente sin dejar de mirar al frente.

Dos filas más atrás, un hombre revisa su móvil a escondidas.

La expresión de su cara me dice que está igual de aburrido que yo.

Una mujer más adelante, busca en su bolso de forma exagerada, como si se hubiera acordado de algo.

Mi atención sigue en las butacas, escrutando detalles que me entretengan.

Y de repente veo a una chica. Una chica impresionante.

Todo el mundo a su alrededor ha dejado de existir.

Está unas filas más atrás. Su cuerpo está un poco escondido y encogido sobre la butaca, como si quisiera pasar desapercibida.

El pelo pelirrojo le cae sobre los hombros y atrapa la luz que hay de forma que tengo que pestañear para ver si sigo en la realidad.

No sé por qué mi atención va hacia ella, pero mi cuerpo reacciona al instante, antes siquiera de que pueda pensar qué está pasando o qué estoy sintiendo.

Se me queda rígida la pierna, dejo de moverla y el aburrimiento se esfuma al instante.

La escena final del espectáculo culmina y el teatro se llena de emoción y aplausos. La veo llevarse la mano al rostro. Está llorando, disimulando con gestos para que nadie lo note.

Se me encoge el pecho. Siento un nudo extraño en el estómago, lleno de interés y ternura.

Me parece increíblemente atractiva en este momento, no solo por lo guapa que es, sino por la dulzura que desprende sin darse cuenta.

Hay una vulnerabilidad en ella que me atrapa, que me hace querer saber qué ha sentido, qué ha pasado en su interior para que se rompa así.

Llorar lo hacen muchos, pero esa forma en que está sintiendo este momento es especial.

Sus ojos brillan mucho, tanto que podría verlos en la oscuridad.

Miro a su alrededor, buscando a alguien que le acompañe, pero no parece haber nadie.

Está sola, y eso hace que mi curiosidad crezca.

Me sorprendo imaginando cómo es su voz, su sonrisa y si lo siente todo tan intenso como ahora o es de las que se permite hacerlo solo en la oscuridad, ahogando sus verdaderos sentimientos.

El aplauso final continúa, pero mi mente y cuerpo parecen no estar aquí. Mi atención se ha quedado anclada en ella, en esa chica tan jodidamente dulce y despampanante que ha conseguido, en segundos, despertar un sentimiento en mí que no esperaba volver a tener por el momento.

Y de repente siento una necesidad que se extiende tanto que es imposible ignorarla.

Necesito conocerla.