TRES
CARA
P iso el suelo con un leve temblor. Bajo del tren con una presión en el estómago.
Estoy sola, y ese pensamiento me invade atemorizando cada rincón de mi ser.
Sigo pensando que en cualquier momento, Rina, Santoro o cualquiera de sus hombres aparecerán de la nada, confirmando así que todo esto era una ilusión lejana.
Aún no me creo dónde estoy, lo que estoy haciendo o ni siquiera como he llegado a este punto. ¿Es esto verdad?
Aún me atormentan en pesadillas los llantos de aquellas chicas del monasterio, la forma de abusar de ellas, de vejarlas, de humillarlas. Siento el corazón apretado y la inquietud de aquello que pasó no me abandona nunca.
Levanto la vista al frente. Todos los transeúntes pasan por mi lado con sus obligaciones rutinarias, algunos con maletas de trabajo; y a unos metros, un grupo de mujeres que ríen alegres.
A su vez, observo a un estudiante con una mochila colgada, auriculares puestos y concentrado en sus pensamientos.
Todos con sus vidas normales, con una tranquilidad apabullante, una que creo que nunca llegaré a sentir.
Aunque me haya instalado en esta vida lo mejor que he podido, nunca tendré esa sensación de calma, aburrimiento o plenitud.
Avanzo despacio, sabiendo que aún tengo tiempo por delante, y levanto el rostro al cielo. Me permito inspirar en profundidad, solo para calmar mi ansiedad, para verificar que sí estoy aquí, que he podido. Mis manos tiemblan un poco dentro del abrigo y noto cómo me sudan.
Contengo el aire. Tengo que seguir. No puede entrarme un ataque de pánico ahora.
No puedo venirme abajo. “Eres una jodida tonta”, me digo.
Estoy aquí, debería disfrutar del momento, no morirme de miedo y ansiedad.
Me concentro en mis piernas, las pantorrillas también me tiemblan y no quisiera torcerme un tobillo por no poder caminar con estos taconazos.
Controlo mis extremidades, avanzo despacio.
Subo las escaleras para salir de la estación.
En realidad, el Teatro Dell’Opera no está muy lejos de aquí.
Memoricé la ubicación y sé cada señal que hay por el camino.
Solo me separan de él unos siete minutos.
Miro la hora en mi móvil, que saco de mi minúsculo bolso colgado al hombro.
Aún queda poco más de una hora para que empiece, aunque no sé cómo va esto de los espectáculos: ¿abrirán en el momento o lo harán antes para ir sentando a los espectadores?
De todas formas, no pienso estar mucho en la calle, ya que esa sensación de que todo es una broma de mal gusto sigue instalada en mi pecho.
Miro a todos lados antes de cruzar la calle.
Hay bloques de pisos por todos lados, tiendas abiertas, multitudes yendo de un lado para otro.
Siento que la sensación de ahogo vuelve.
Bajo la vista con rapidez al sentir la presión en el pecho.
“BASTA”, me grito en mi interior.
Debo continuar. No sé si esto se repetirá alguna vez, por lo tanto debería disfrutar de ello y no pasarme todas las malditas horas a punto de morir de un infarto. Me muerdo los labios con un poco de fuerza para sentir que tengo el control. Porque lo tengo. Sí.
La bocina de un coche me sobresalta. Estaba cruzando por el paso de peatones tan absorta que no me he dado cuenta de que mi semáforo se había puesto en rojo. Levanto la palma de la mano para pedir disculpas.
—Tonta, tonta, tonta —me susurro.
De repente se alza ante mí el gran teatro.
Noto cómo mi respiración se acompasa un poco mientras abro los ojos, impresionada.
Es real. Entreabro los labios al levantar el rostro hacia el final del gran edificio.
Es lo más inmenso que he visto nunca. Tampoco es que haya visto muchos monumentos o edificios culturales en mi vida.
Los gruesos muros de piedra se yerguen hacia el cielo abrazando anchos ventanales en pisos superiores.
Al bajar la vista, observo a un hombre dentro de una taquilla, recogiendo billetes y entradas.
Hay pocas personas haciendo cola. Cuando ellas llegan al taquillero e intercambian unas palabras con él, entran al edificio con un evidente entusiasmo.
¿Es la hora? Es temprano, ¿no? No quiero parecer una turista perdida, pero es que lo soy, se me da fatal disimularlo.
Es como si fuera una niña que necesita un adulto para guiarla, y eso es peor aún.
Me acerco con el pecho encogido y las manos sudorosas a la cola.
Un hombre me echa una breve mirada y me sonríe afable.
Lo acompaña su mujer y sus dos hijas adolescentes.
Me quedo anonadada observando a esa familia.
Qué plan más bonito para hacer juntos. ¿Se habrá opuesto el marido mucho antes de aceptar?
¿O es que le gusta este tipo de planes? ¿Habrán venido los dos obligados por sus hijas?
¿O porque es lo que le gusta a la mujer?
Sea como sea, lo importante es que están en familia, y eso es un lujo, uno que yo no podré tener nunca.
De repente noto cómo mi rostro cambia, apenado.
No tendré hijos para discutir ni para quererlos hasta el infinito, para cogerlos en brazos y escuchar sus risas.
No acomodaré su cama y les daré un beso de buenas noches.
No sentiré pequeños brazos rodeándome el cuello.
No oleré el verdadero aroma del amor incondicional.
No tendré un compañero, amigo y amante. No tendré más apoyo que yo misma.
No tendré nada. Y eso no es lo que más duele, sino que he perdido toda esperanza de ello.
Me he conformado con estar muerta por dentro, porque al hacerlo, siento que mi vida ha sido más fácil, menos brutal.
Tengo una estabilidad que por nada del mundo echaría a perder, ni siquiera por formar una familia.
El hombre le da un pequeño beso en los labios a la mujer y agarra a sus hijas por los hombros para entrar una vez que ya ha hablado con el taquillero.
Es mi turno.
—Hola —me saluda el joven con una sonrisa—. ¿Tiene entrada?
—Eh… sí—balbuceo nerviosa. Desbloqueo el móvil y busco en el correo electrónico el ticket de compra.
De repente un pensamiento fugaz me atraviesa. No le he contestado al saludo. Qué malos modales. Me siento una torpe y el corazón se me acelera. El móvil se estrella contra el suelo al resbalarse de mis dedos temblorosos.
Maldigo en voz baja.
Me agacho para recogerlo con rapidez. Siento la mirada de los que se pusieron detrás de mí en la cola. Juzgándome, analizándome, como si estuviera cometiendo un delito. Quizá sí que estoy cometiendo un gran error y después me lo harán pagar.
—Perdona —me disculpo por retrasar su trabajo—. Aquí está. —Le enseño el QR.
—No te preocupes —vuelve a sonreírme.
Joder, ¿por qué tiene que ser tan simpático? Así me siento peor persona.
—Hola —se me escapa de los labios.
Intento corregir mi error.
El joven frunce el entrecejo con una sensación de extrañeza al escucharme. Sí, soy una imbécil. Me siento fuera de lugar completamente.
—Gracias. Puede pasar. Que tenga buena tarde —me indica en tono más firme y nítido.
Le dedico una débil sonrisa. Me giro hacia las grandes escaleras de entrada y guardo el móvil en el bolso aún con dedos temblorosos.
Quizá haya sido mala idea venir. No estoy familiarizada con nada de esto.
Me siento muy muy fuera de lugar. Esta no soy yo.
Yo soy Axa, y trabajo para La Camorra. Soy parte de la mafia, y debería estar complaciendo a mis clientes.
Con cada paso que doy siento que me asfixio más.
No debería. “Vuelve atrás, este no es tu lugar”, me dice una parte de mi cerebro.
Pero mis piernas siguen subiendo. No obedecen a mi mente.
En el fondo de mi corazón, la ilusión por saber qué se siente y por ser parte de este mundo es más grande que cualquier miedo.
Aunque sigue esa lucha constante, cuando me doy cuenta, ya estoy entrando por la puerta.
Tengo la boca seca, pastosa, el cuello rígido, tanto que podría hacerme una contractura. Pero avanzo un pie sobre otro cuando un hombre abre las puertas de par en par para que yo entre.
Es mi momento, y estoy tan ilusionada que ni el miedo puede con ello. Aprieto con fuerza el bolso para sentir que tengo el control. El mismo hombre me señala el abrigo para que se lo dé. Asiento dubitativa.
Allá voy.
Con miedo, pero con una ilusión tan grande que ni el peor sentimiento podría arrebatármela.