Lobo (Mafia Italiana 2) DOS
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DOS

CARA

M e siento feliz. Es la primera vez que voy al teatro. Llevo todo el día con un nudo en el estómago.

Me arreglo el cabello con una gran sonrisa, pero al momento desaparece al recordar a Maia. Me quedo embobada con los ojos fijos en una esquina de la cómoda.

Mi amiga, la echo mucho de menos. Hace casi un año que la perdí.

Sé que fue una imprudente y solo tomó malas decisiones.

El problema es que aquí un error se paga con la muerte.

No fue inteligente, y eso que me dolía la boca de decírselo.

Es lo único que echo de menos. A ella. Porque al fin y al cabo, no tengo una mala vida.

¿Qué habría sido de mí si la mafia no me hubiera secuestrado?

Yo era una niña de trece años que se pasaba día y noche llorando en la habitación.

Mi padre era un hijo de puta. Estaba horas y horas bebiendo en los bares y cuando llegaba a casa pagaba sus frustraciones conmigo.

Ese chico, Nick, me engatusó, jugó con mis sentimientos, y nunca pensé que podría llegar a agradecérselo.

Hace solo unos meses yo era basura en aquel monasterio destinado a crear putas, a entrenar chicas para ello.

Pero Santoro vio la lealtad y el cumplimiento en mí.

Desde el día que me trajo aquí, mi vida cambió.

Tengo poder y decisión. Yo elijo quiénes son mis clientes, aunque a veces, por grandes cantidades de billetes, es mi madame quien me organiza la noche.

Gano mi propio dinero y alquilé un pequeño piso cerca de mi lugar de trabajo.

Tengo independencia. No habría tenido una mejor vida en España, junto al asqueroso de mi padre.

Lo único que me reprocho mil veces es no haber sido más dura con mi amiga. Quisiera que estuviera aquí conmigo, que sintiera la libertad, la felicidad. Fue una imprudente, pero pude haber hecho más. Me siento culpable de su muerte.

Aún duele, mucho. Repito en mi mente esa época de mi vida una y otra vez buscando el fallo, el momento exacto en el que se torció.

Recuerdo su mirada de reproche cuando le intentaba abrir los ojos sobre Vito Rizzo.

Ese monstruo hizo que mi amiga muriera. No le valió con engañarla de niña, sino que también la utilizó cuando quiso pasado el tiempo.

A ese desgraciado lo odiaré toda mi existencia.

La echo de menos, siento una tristeza muy profunda. Pienso en su voz, en sus gestos, en cómo me hacía sentir cuando todo estaba bien; lo sucedido se repite en mi mente una y otra vez, a diario.

Suspiro, ojalá pudiera volver atrás. Tengo un nudo en la garganta por su ausencia. La quiero y siento que le fallé. La añoro tanto que nunca podré superarlo.

Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano.

Debo seguir adelante, por mucho que duela.

Me sueno la nariz con un pañuelo. Abro mi neceser de maquillaje y busco el corrector.

Necesito hacer esto, sentir que ha valido la pena todo por lo que he pasado.

Soy libre y puedo moverme con total normalidad por la ciudad.

Siempre tengo que estar localizable para Rina, pero quitando eso, puedo hacer lo que quiera mientras le llene el bolsillo de billetes al final del día.

Me termino de arreglar, no quiero llegar tarde.

Me hace mucha ilusión. Meto por mis piernas un vestido tubo de color negro, encima de las medias.

Me calzo con tacones altos. Me maquillé con tesón antes.

Ahora puedo comprarme todo lo que quiero.

Ropa, cosmética... Voy todas las semanas a la peluquería y como lo que me da la gana.

Los primeros meses me atiborraba a chocolate y engordé unos cuantos kilos.

Rina tuvo una conversación conmigo y me advirtió de las consecuencias.

Desde entonces, sé que debo cuidarme si no quiero que La Camorra se deshaga de mí por no valer.

En fin, nadie quiere acostarse con una mujer con más peso de lo normal, es comprensible, así que ahora cuido la alimentación. Intento no comer mucha cantidad.

Mi piso es pequeño, pero siento en él una tranquilidad y libertad que nunca me habían dejado sentir.

No hay lujo, pero no es necesario, cada cosa está donde debe estar.

Tiene un solo dormitorio, más que suficiente para mí.

La cama se lleva casi todo el protagonismo, con sábanas blancas suaves y una colcha cámel que invita a meterse dentro y olvidarse del mundo.

Hay una luz cálida que hace que las paredes de color beige parezcan parte del mobiliario.

Por la noche, cuando apago todo menos una lámpara pequeña, la habitación se vuelve un refugio.

Y eso es lo único que espero de mi casa, que no sea una desconocida, que sea mi lugar seguro.

El resto de la casa es igual de sencillo y acogedor.

Puedo recorrerla en pocos pasos, y eso me gusta: todo está cerca, todo es accesible, siento que todo es mío.

No necesito pasillos largos ni habitaciones vacías.

Necesito este nido pequeño donde puedo respirar sin que nadie me mire ni me juzgue. Mi santuario.

Tener este piso alquilado, aunque sea humilde, me hace sentir que he ganado en la vida.

Todas las viviendas que conforman el edificio están habitadas por personal de la organización, y a quien le debo todos los meses el dinero del alquiler es a La Camorra.

Pero no importa, por dentro es mío, porque aquí nadie puede decirme cómo vivir, cómo moverme, cómo sentir.

Echo un breve vistazo a mi reflejo en el espejo de la entrada.

Mis labios resaltan con el color de mi pelo.

Espero no llamar la atención, porque lo único que pretendo es tener un ratito de paz y libertad para disfrutar.

Reviso el bolso antes de salir. Compruebo que estén el móvil, las llaves de casa, pañuelos y mi labial rojo.

Me anudo el abrigo negro abultado de pelos.

Podría pasar por una mujer adinerada, elegante, con clase.

Acaricio unos segundos las hebras de la prenda recordando aquellos años que pasé desnuda, pasando frío y aguantando golpes.

La vida puede cambiar de un momento a otro si haces las cosas bien, y yo estoy orgullosa de mi camino.

Es la hora. Me muero de ilusión por ver el espectáculo.

Romeo y Julieta . El libro lo leí en clase cuando comencé el instituto.

Poco después me secuestraron, así que no tengo mucha cultura, y lo único que sé es que esa historia me dejó prendada.

Quizá así sienta que conecto con la niña que tuvo que hacerse mayor a la fuerza.

La que tuvo que crecer a base de lecciones.

La que murió en el momento en que pisé Nápoles.

Mejor dicho, la que mataron.

La estación de tren está abarrotada de gente. Todo el mundo se mueve y los sonidos me ensordecen. Las personas pasan a mi alrededor en oleadas, rozándome los hombros con sus mochilas y abrigos, como si yo fuera una roca en mitad de un río humano.

Los ruidos se superponen, maletas rodando, pasos rápidos, voces que se cruzan en mil idiomas, anuncios que salen por los altavoces y se pierden en el eco del techo alto.

Alguien ríe cerca de mí, también oigo cómo dos personas discuten.

Es imposible concentrarse en uno solo, todo se mezcla en un murmullo continuo.

Huelo al café recién hecho de la cafetería del fondo. Respiro profundo y obligo a mi corazón a calmarse. Esto no puede superarme. Estar así, en un espacio abierto, sin nadie guiándome y con todo nuevo por primera vez, me produce una ansiedad que me insta a volverme.

Veo caras por todos lados, pero ninguna se detiene.

Ojos que miran pantallas, relojes, carteles.

Gente con prisa, otras perdidas, algunas que abrazan a alguien antes de irse.

Yo estoy en medio de todos, quieta, observando cómo cada persona vive su propia historia a pocos centímetros de mí sin saber que existo.

Siento que todo me abruma, como si el mundo fuera demasiado grande y ruidoso para mí.

Se supone que lo que estoy haciendo lo hacen todas las personas a diario, pero yo siento que estoy actuando mal solo porque es una decisión que he tomado libre.

Aunque también me hace sentir viva, conectada al mundo, libre.

Observo las pantallas y veo el nombre en una de ellas: “Roma”.

Un cosquilleo se me instala en el pecho. Ilusión. Miedo. Emoción. Siento esa mezcla dentro de mí haciendo que el cuerpo se me tense y no pueda dejar de pellizcarme las manos.

Soy una persona normal.

O eso quiero pensar.