UNO
LOBO
E l humo envuelve toda la estancia. El olor a tabaco y alcohol inunda cada rincón de mi salón.
Mi corazón late tranquilo al posarse el borde del cigarro en mis labios antes de introducirlo en la boca.
Froto su textura áspera contra mi piel, es una manía que tengo.
Ojeo la sala sintiéndome satisfecho por todo lo que he conseguido: estabilidad, poder y mi familia sana y salva.
Tengo las piernas abiertas, la espalda acomodada sobre el sillón rojo aterciopelado.
Mis hombros derrotados echados hacia adelante.
Es el único lugar donde no siento que tengo que estar en alerta.
Con los míos, en mi casa. Hay dos sofás largos enfrentados en el centro, una mesita baja en medio y un sillón individual en un lateral donde no pone mi nombre pero todo el mundo sabe que solo es mío.
La chimenea enfrente muestra el fuego crepitando.
Nos rodean grandes muebles llenos de fotografías de la familia y objetos de decoración.
En un rincón, el minibar, el cual hay que rellenar cada dos por tres.
Mi salón es el lugar de las reuniones. La mayoría de veces solo nos juntamos para perder el tiempo y charlar.
Preferimos hacerlo en la intimidad antes que en cualquier bar o discoteca. Cuanto menos nos vean, mejor.
—Mira lo que dice el idiota, que él puede conmigo en una pelea —anuncia mi hermano con evidente burla.
Esbozo media sonrisa al verlos discutir. Son unos niños. Mi hermano tiene veinte años, uno más que yo. Es el mayor y, sin embargo, se comporta como un adolescente. Se meten dos rayas, Zipi y Zape, y ya se creen los reyes del mundo. Tampoco puedo reprocharle nada, no ha tenido una infancia fácil.
Mi hermano Elio se ríe del que siempre ha sido su mejor amigo, Taddeo Conte. Son unos bestias y unos brutos. Están siempre picándose, pero los imbéciles darían su vida el uno por el otro. Mis sofás, llenos de tíos que darían la vida los unos por los otros.
Más que mis trabajadores son mi familia. Aunque todos tienen claro que soy el Don, nos tratamos como si fuéramos amigos reunidos, solo dentro de casa. En el exterior, es todo lo contrario. Nunca se ha visto que en la mafia herede el cargo el hijo menor, pero nuestra historia es muy complicada.
Expulso el humo de la calada. Me centro en mirar el mensaje que he recibido.
“Acaba de llegar otra remesa de chicas”.
Frunzo el entrecejo. El jodido Gepetto no va a parar.
Mis dedos se clavan en la tela aterciopelada.
Me llena de vergüenza ajena e ira que esos cabrones estén haciendo ese tipo de negocios.
Siento una pequeña chispa que me recorre el cuerpo y cada vez se hace más grande.
Los dientes se me aprietan solos hasta hacer que la mandíbula me duela.
Encierro ese fuego dentro. Si se lo dijese a mi hermano, se volvería loco, y más con la coca recorriéndole las venas.
No es que le importen esas chicas, pero solo con ver cómo me afecta, quemaría el mundo si fuese necesario.
Esa es la peor parte de este trabajo: guardar mis sentimientos, controlar la situación y al mismo tiempo gobernar mi propio cuerpo.
Esta sensación no sale, nunca; no puedo mostrarla. Solo la guardo en lo más hondo de mí. Lucho por ocultar mis sentimientos. Yo soy el responsable de muchas vidas y si actuara sin cabeza, habría muchas pérdidas. Y mi familia es lo más importante en mi vida, más que la mía propia.
Mi hermano, al contrario, es puro fuego. Es un bestia, de ahí su apodo. Destroza todo lo que esté a su paso porque me tiene a mí para cuidarle la espalda. Yo soy el que no puede perder la puta cabeza.
Doy otra calada aún más profunda. Me obligo a relajar los músculos y pongo atención en la conversación que tiene mi gente.
—Le metí la pistola por la boca y mientras le apuntaba lo obligué a que mirara cómo me follaba a su mujer. —Mi hermano hace el gesto con las manos de tener un cuerpo encima de él y hacer como que se lo folla duro—. Pumba pumba pumba —hace el sonido con la boca.
Todos se ríen al unísono.
—Pero no lo mataste; eres un mierda —responde Taddeo con indiferencia.
—Es mejor que lo piense toda su vida, para que cada vez que mire a su mujer, piense en mí —declara mi hermano con una sonrisa vacilona.
Es un puto sádico. Él no tiene ningún impedimento en portarse como un auténtico imbécil. Y aun así lo quiero, con sus jodidos defectos, siendo idiota la mayor parte del día, pero no puedo dejar de cuidar de él.
En este momento, disfruto unos minutos de un poco de paz.
Mi animal está encima de mis piernas como si ese fuera su lugar natural.
Pesa, sí, pero no cambiaría esta sensación por nada del mundo.
Él me ancla a la vida. Es mi lobo, mi Ares, llamado como el Dios de la guerra porque es un jodido destructor.
Paso la mano por su lomo despacio. Su pelo es espeso, más denso que el de un perro, con dos capas, una externa un poco áspera, y otra interna suave y caliente que atrapo entre los dedos.
Cuando lo acaricio desde el cuello hasta la espalda, observo cómo su cuerpo responde, cómo se relaja sin perder la alerta profunda que tiene siempre.
Su cabeza es grande, con un perfil que parece esculpido.
Tiene los ojos entrecerrados, pero sé que me vigila igual.
De vez en cuando levanta una oreja, gira un poco el hocico, escuchando cualquier ruido, ya sea lejos o cerca.
Luego vuelve a apoyarse contra mí, confiado, dejándome sentir el calor de su pecho subiendo y bajando con cada respiración.
Hemos vivido tanto juntos que es uno más de la familia. Le rasco detrás de las orejas y emite un sonido grave, una vibración profunda que me recorre las piernas. Es su manera de decir que está bien. Eligió estar conmigo, serme leal, por elección propia, y eso me conmueve y me afianza más a él.
Siento hacia él respeto y cariño. No es una mascota común; es un lobo, con colmillos, con un instinto salvaje. Y aun así, aquí está, apoyando su peso sobre mí, dejándome tocarlo, confiando en mis manos, que podrían estrangularlo en cualquier instante.
Apoyo la frente un segundo contra la suya y cierro los ojos. Su pelo me roza la piel, su calor me envuelve. No es muy cariñoso, pero conmigo se deja. Bueno, y con la pesada de mi hermana.
Las risas me sacan del pensamiento para volver a la realidad.
—Sois unos mierdas —anuncio en voz alta recordando en mi mente las palabras que dijo mi hermano.
Elio termina de beber de su vaso de whisky y me mira entrecerrando los ojos.
Lo desafío con la mirada, le hago saber que sus putas bromas son gilipolleces para mis oídos.
No es la primera vez que lo hago. Hemos tenido muchas discusiones por ello.
No me gusta su forma de ser y me trae de cabeza. Me cuesta mucho mantenerlo controlado.
Su rostro se suaviza al instante porque me debe lealtad y porque por mucho que peleemos, nuestra relación es más profunda. Somos hermanos, y la confianza y el cariño son más grandes que cualquier problema.
—¿Cuándo te sacarás ese palo que tienes en el culo, Ciro? —se burla Elio con una media sonrisa dibujada.
Me río a la vez que niego con la cabeza.
Es el único que puede hablarme así. A cualquiera ya le habría metido una bala entre ojo y ojo.
Quiero que esté bien, que no sufra, que la vida no le golpee demasiado fuerte.
Si lo veo triste, mi pecho se remueve. Si lo veo feliz, siento un orgullo inmenso.
Seguiré intentando cada día de mi vida hacer la suya más fácil.
Porque lo quiero. Pero espero que algún día crezca de mentalidad y sea consciente de cómo funciona el mundo, ya que no sé si estaré hasta el final para protegerlo.
—Cuando madures, idiota —respondo divertido.
Porque en la mafia, cualquier día puede ser tu final.
Hago un gesto a Ares y salta de mis piernas. Me levanto aburrido de aguantar a esta panda de locos.
—El señor perfecto se va cansado de aguantar a los tontos —bromea mi hermano al ver mi gesto.
—Exacto —respondo con media sonrisa.
Me gusta estar con ellos, y admiro su capacidad para desconectar. Beben y ríen como si no existiera otra cosa. Yo, por mucho que intente evitarlo, sobrepienso, porque a cada día que pasa, Gepetto se hace con más poder.
Salgo por la puerta con mi lobo a mi lado. Ojalá pudiera olvidar por unas horas qué soy, qué hago y qué conlleva, como hacen ellos.
—Eh, Ciro —me intercepta Jasmine por el pasillo.
Llega hasta mí con su dulce sonrisa y su rostro angelical.
Me fijo en sus mechones castaños revueltos de haber estado en la cama.
Se aprieta el lazo de la bata delante de la cintura en un gesto de inseguridad.
Conozco esa voz y ese gesto. Sé que va a pedirme algún favor.
La tengo muy mimada, pero es que no pienso cambiar.
Es un hecho. Es mi debilidad, mi hermanita de doce años. Le sonrío antes de besarle la mejilla.
—Hay un espectáculo de Romeo y Julieta en el Teatro dell’Opera de Roma. Solo dan un pase mañana por la tarde y no he podido conseguir entrada. Esperaba que me ayudaras y me llevaras, ya de paso —explica con las manos en la espalda y exagerando el gesto de inocente en el rostro.
Pestañeo despacio, disfrutando de verla así.
Sabe que me tiene comiendo de su mano, que haría cualquier cosa por ella, pero esa zona no entra dentro de mis límites.
Tenemos una mafia enemiga, y esa es la linde de su territorio.
Por desgracia, el sur de Roma y todo el recorrido hasta terminar el país es suyo, de momento.
Sería muy mala idea buscar problemas con mi hermana pequeña en medio.
Podría manejar la situación, no sería la primera vez que traspasamos los límites de forma clandestina, pero ¿jugármela por un simple teatro? Sería un craso error.
—Pero, pequeña, tengo mucho trabajo —debato, intentando que lo deje ir.
Ella se agacha hasta que su cara queda a centímetros de Ares. Le acaricia la cabeza y lo obliga a mirarme juntando sus cabezas. Mi animal se deja manejar por ella. Jasmine podría hacerle cualquier acto que mi lobo no se inmutaría.
Dirige sus comisuras hacia abajo, poniendo una expresión de tristeza más que fingida. Me río desinhibido al ver las dos caras juntas y sentir que mi lobo está aguantando las tonterías de ella por amor y cariño.
—Porfisssssss —añade.
¿Por qué tendría que cohibirme? ¿Por qué adaptarme a la tiranía de un ególatra? La Cosa Nostra seguiremos dando lucha y guerra hasta el fin de nuestros días. Gepetto debería saber que no me arrodillo ante nadie, y menos ante él. A la mierda sus jodidas reglas.
—Está bien. Eres insufrible —respondo alegre, con seguridad—. Deja ya a Ares, que lo tienes agobiado.
—No. Ares me quiere mucho —afirma feliz. Coge la cara de mi lobo entre las manos y lo estruja juntando su nariz con la suya—. ¿A que sí, peluchito mío? —se dirige a él.
Tengo que intervenir porque estoy seguro de que mi lobo se dejaría matar por ella, pero no quiero que llegue a pasar. Salvo a Ares del animal peligroso que tiene enfrente: mi hermana.
—Basta ya, Jasmine, es tarde. ¿Qué haces que no estás en la cama? —pregunto curioso.
Ella se pone de pie y mete las manos en los bolsillos de la bata.
—Esperaba a que salieras del salón. Sé que no tengo que molestarte mientras estás ahí y necesitaba decírtelo antes de dormir, porque si no compras las entradas ya, nos quedaremos sin ellas —cuenta preocupada.
—Pero ¿no sabes todavía quién soy? —Me acerco a ella para darle un beso en la frente—. A mí nadie me niega nada. Mañana podrás ver tu espectáculo, pequeña. Pero ahora, a dormir —ordeno en tono suave.
La empujo después de abrazarla para que eche a caminar.
—Podremos —corrige mientras avanza por el pasillo levantando un poco la voz.
Niego con la cabeza. Tendré que cambiar todos mis planes. Mañana toca seguir las órdenes de la reina de la casa. Mi pequeña. Siempre se sale con la suya, y no hay forma de evitarlo. Ella ordena y yo acato. Una y mil veces.