Lobo (Mafia Italiana 2)
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HACE CUATRO AÑOS…
A travieso el pasillo con paso firme y decisivo. He aprendido mucho a lo largo de todos estos años. He sido engañado y traicionado. Al fin y al cabo, era un niño. Uno que tuvo que aprender a sobrevivir en un mundo cruel.
Ese crío ha crecido, y no permitiré una injusticia más mientras yo esté vivo. Se acabaron los golpes, los insultos, las humillaciones. No bajaré más la barbilla.
Por mi carácter siempre he sido el que mejor ha sobrellevado esta vida.
Soy precavido, controlador, y quizá un poco autoritario.
Elio me vacila cuando puede. Se burla porque soy bastante más serio que él.
Apenas me río, siempre estoy en tensión, queriendo adelantarme al futuro.
Debo prever a las situaciones. De ello han dependido nuestras vidas en el pasado.
Pero él no lo comprende. Se acostumbró a que yo le solucionara los problemas y ha crecido siendo bromista y demasiado impulsivo, una actitud que muchas veces lo ha metido en líos.
Esta vez no ha sido su culpa. El asunto que voy a resolver no lo ha provocado él, por una vez. El causante sabrá qué conlleva haber jugado con lo mío, con mi familia.
Las flores adornan cada rincón de nuestra mansión, donde predomina el color marfil.
Hay varios tipos, no sé sus nombres ni me interesa ese tipo de datos.
A mí no me importa si la guirnalda que cae por la barandilla es de peonías o rosas, ni si las que están suspendidas del techo son hechas a mano o están compuestas por varias.
No. Solo me importa una cosa ahora mismo.
Mi hermano.
Mi familia.
Sigo avanzando por toda la casa. Las únicas personas que hay dentro son los camareros. Todo el mundo está fuera, en el jardín, disfrutando de la boda más esperada del siglo.
Remango la camisa por mis antebrazos. El calor me sube por la espalda mientras la ira me oprime el pecho. Pero todavía no es el momento. Aún no.
Abro las puertas del jardín, conteniendo toda la furia y mostrando una sonrisa falsa de alegría.
Mi hermano tiene cogida la mano de Bina, su prometida, la chica con la que lleva viéndose un año por obligación de Santoro.
Es su sobrina y, según él, es necesario este casamiento para que todo quede en familia.
Todos los asistentes se vuelven hacia mí. El juez que tenemos comprado de la familia está oficiando la boda. Levanta un momento la barbilla para ver quién ha entrado y, a continuación, sigue con su discurso.
Las mesas están vestidas con manteles de lino grueso, impecables, sin una sola arruga. Bajoplatos dorados, vajilla de porcelana con filo delicado, servilletas dobladas sujetas por anillos metálicos finos. Todo muy elegante.
Mi mirada se dirige hacia el altar, el pasillo es un camino marcado por pétalos. A los lados, columnas cubiertas de flores enmarcan el recorrido, obligando a mirar al frente. No hay escapatoria visual. Todo te empuja hacia ese punto final.
Donde todo empieza.
O donde todo se acaba.
Elio me fulmina con la mirada. Entiendo su actitud. Soy su hermano menor, joder. Él contaba con que estaría a su lado en un día así de importante. Este sería el principio de una nueva vida para él, pero no lo será. Por eso no estoy.
Doy el primer paso cuando el juez termina la ceremonia.
Todos estallan en aplausos. En primera fila, a la derecha, observo a mi madre llorar.
Juraría que son lágrimas amargas y no de felicidad.
Al momento de limpiarlas, se da cuenta de mi presencia y me observa con reproche.
Mi hermana, dos sillas más allá, me mira con curiosidad; apenas entiende nada con sus ochos años.
A su lado, Lamberto Santoro. Mi sonrisa se vuelve solo medio gesto cargado de intenciones.
Los pájaros han dejado de cantar en el atardecer. El sol se esconde con más rapidez. Todo a mi alrededor parece haberse dado cuenta del futuro que ejecutaré en unos instantes. Temen mi llegada, y eso debería hacer la mayoría de los asistentes aquí.
Elio no puede apartar la vista de mí. Frunce el ceño. Sabe que la situación no va bien. Es mi hermano, nos conocemos y tenemos una conexión profunda.
—Al fin nos has honrado con tu presencia —escucho de la boca de Lamberto entre los aplausos de los asistentes.
Mis labios se tuercen aún más formando un gesto maquiavélico. Adoro este momento en el que ejerzo mi voluntad, en el que actúo por consecuencia. Me muero de ganas de ver sangre.
Hago lo que todos esperan: llego hasta mi hermano para felicitarlo el primero. De cara al público, muestro una actitud afable. Mi indumentaria no es la más adecuada. Llevo un pantalón de pinza negro y una camisa desabrochada. Más o menos como acostumbro a vestir, pero no tan desaliñado.
Si ellos supieran que antes de venir he derrochado todo mi cargador en el almacén al que nos llega el producto en el puerto, me entenderían, o eso creo.
Le estrecho una mano a mi hermano, la otra la apoyo en su nuca.
Intento advertirlo. En su rostro se reflejan sus dieciséis años, pero su mente tiene más, igual que la mía.
Por desgracia, es lo que nos ha tocado vivir.
No dejaré que tropieces, Elio. Te allanaré el camino hasta el día de mi muerte.
Confía en mí. Le transmito todo eso con mis ojos en un instante que dura segundos.
Él sonríe con el mismo gesto que yo, con uno que esconde pensamientos e intenciones. Lo ha entendido, juraría que sí, y ahora lo comprobaré.
La gente se levanta emocionada creyendo que estoy felicitándolo.
Aparto la vista de él para fijar en mi objetivo a mi presa.
Me acerco a Bina y abro los brazos con lentitud, pero solo se queda en un medio abrazo.
Meto con agilidad la mano derecha por la abertura de mi camisa buscando mi arnés y toco el mango de mi cuchillo para cogerlo.
Bina me muestra sus dientes blancos junto con una sonrisa de prepotencia digna de la familia Santoro.
Nunca me ha gustado esta chica, es demasiado vanidosa y todo se lo contaba a su tío Lamberto.
Le clavo el metal afiliado hasta el fondo de su vientre abultado.
—¡Oh, Dios mío! ¡Está embarazada! —grita alguien entre el público.
La felicidad del ambiente se torna en terror, en puro miedo. Los ojos de Bina se abren de sorpresa solo unos segundos, ya que al momento cae al suelo sin vida.
—Estaba —declaro con una sonrisa sarcástica, lleno de emoción.
Con el antebrazo, me limpio una salpicadura de su sangre que me ha caído en la barbilla. Los asistentes huyen despavoridos hacia la salida. Algunos hombres se acercan a nosotros con pistolas en la mano.
Antes de que puedan atraparme, me vuelvo hacia Elio, que no está para nada sorprendido. Pienso por unos segundos que si él hubiera estado en mi lugar, habría sido más sádico que yo, mucho más. Él es el imprevisible y loco de los dos.
Con un solo gesto, él se aparta para que yo pase y saca su pistola. Elio apunta a los guardias que se acercan, guardando mis espaldas.
Con rapidez apreso en mi pecho al hijo de puta que me ha estado traicionando y apunto con mi cuchillo en las venas de su cuello. Me muevo un par de pasos con él para ponerme en el pasillo y que me vean bien los hombres. Con él no se atreven a disparar, porque podrían darle.
Elio se pone a mi lado apuntando hacia ellos, revelándose contra los hombres que nos han cuidado todos estos años solo por una petición mía. Mi hermano iría al fin del mundo conmigo, y yo con él.
—Bajad las armas —indico con una absoluta tranquilidad apabullante.
Todos se quedan clavados en el suelo, pero siguen apuntándonos.
—¿Qué has hecho, Ciro? ¿Qué está pasando? —brama mi madre presa del pánico con mi hermana escondida a su espalda.
—Tirad las putas armas al suelo, ¡YA! —vocifero clavando la punta en el cuello de Santoro. Viendo que nadie me hace caso, Elio da un paso adelante y apunta preparado para apretar el gatillo—. De acuerdo. Os contaré qué pasa. Todo el mundo se merece explicaciones.
Le quito el arma de su arnés a Lamberto. A continuación, lo tiro con brusquedad al suelo para apuntarle a la cabeza. Este me mira atemorizado.
¿Ya no levantas la mano? ¿Ya no nos pegas? ¿No nos puedes maltratar? Creo que acaba de darse cuenta de su error, de que ha descuidado muchos puntos de su vida. He obtenido toda la información que me hacía falta y sin necesidad de rebuscar mucho.
Lamberto fue quien nos protegió cuando murió nuestro padre, Pierino Barone.
Se follaba a mi madre y nos “educaba” a base de golpes e insultos.
Incluso llegó a dejar a mi madre embarazada, y de ahí viene mi hermana.
La Cosa Nostra iba a morir sin mi padre y él nos sacó adelante y manejó los negocios, según él, hasta que fuéramos mayores.
Tendríamos que agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros.
No estaríamos aquí hoy si no fuera por él.
Y una mierda.
—Este desgraciado ha jugado con todos nosotros.
Tiene una doble vida. Todo lo que nos ha hecho creer de que odia a Gepetto y que hacía las operaciones para derrotarlo eran mentira.
Es uno de sus capos. Es parte de La Camorra —explico ante la atenta mirada de todos.
Mi madre se pone una mano en la boca por el estupor.
Elio me echa una breve mirada para confirmar mis palabras y seguido entorna los ojos con furia—.
Según él, intentaba borrar del mapa a nuestro enemigo, pero solo estaba infiltrado con nosotros para derrocar a nuestra familia.
—Eso es mentira —escupe Lamberto muy furioso—. ¿Cómo podría estar haciendo eso durante tanto tiempo? Llevo quince años criándote, niño estúpido. ¡Eres un desagradecido!
Le doy una patada en el costado. Al ver cómo sufre, uno de sus hombres, creo que se llama Vivaldo y es su puta lameculos, intenta avanzar para ayudarlo. Elio le apunta.
—Vosotros decidís. Muchos habéis estado toda la vida en La Cosa Nostra, al mando de mi padre, Pierino.
¿Estáis dispuestos a morir por un puto desgraciado que no sabe lo que es la lealtad?
—voceo con ira—. Niega también que el hijo que esperaba esa perra era tuyo.
—Señalo el cuerpo de Bina desangrado—. ¡Niégalo!
—le escupo con odio inclinando el torso.
Mis ojos buscan los de Elio. Esta vez sí que levanta las cejas, sí noto un poco de sorpresa. Le han hecho creer que el hijo que esperaba ella era suyo.
—Te has aprovechado de nuestra confianza.
Has jugado con un niño de dieciséis años.
Creías que por ser él —señalo a Elio— el mayor de los dos, era quien cogería el mando de la familia.
Quisiste casarlo con tu sobrina para que naciera tu puto hijo y tener el control el día de mañana.
Pero una vez más, te equivocas. Yo soy el puto Don.
No tú. A partir de ahora, tu vida está en mis manos y yo soy tu verdugo —sentencio impasible.
—Dios mío —susurra mi madre con la mano en el pecho. Está asimilando todo.
—Elegid —ordeno a todos los hombres que nos rodean.
Uno baja su arma y deja de apuntarnos. Elio y yo nos dirigimos una mirada cómplice. Otros siguen a ese hombre y bajan las suyas.
Ya casi puedo saborear la victoria.
Casi.
Pero no lo haré hasta que mate a este hijo de puta.
Toda esa información me ha costado meses de trabajo, de dinero, de tiempo. Necesitaba pruebas, y las tengo.
En un descuido, uno de los tipos, que se había escabullido por un lateral, agarra a mi hermana entre sus brazos y la apunta con el arma.
—¡Suéltala! —grita mi madre, asustada.
Mierda.
Vivaldo le hace señas a Lamberto, que se levanta con trabajo, ya que su sobrepeso no se lo pone fácil. Corre hacia su esbirro y se refugia en su espalda, que está al lado del que encañona a mi hermana.
—Si la rozas, eres hombre muerto —amenazo siendo muy real.
En ese momento, veo una sombra en el muro del jardín, una que asustaría a la mayoría de la población. Una mancha negra, alargada, deslizándose por la pared como si no perteneciera a este mundo. Va creciendo poco a poco y en esa forma aparecen una cabeza y colmillos.
El aire que estaba conteniendo sale con libertad. Ya sé el punto de apoyo que me faltaba, ha entrado en acción.
Ares.
El cuerpo de mi lobo emerge de la oscuridad como si siempre hubiera estado ahí. Avanza a pasos lentos, sabe que no tiene prisa. Él es la verdadera amenaza.
Abre la mandíbula con fiereza para desgarrar la cabeza del tipo que tiene a mi hermana. Algunos de los hombres que eran fieles al traidor le disparan a mi lobo, pero Elio y los demás, que han elegido bando, los eliminan al momento.
Vivaldo y Santoro huyen hacia la salida. Los dejo ir, porque mi prioridad es ver si mi hermana y madre están bien. La familia siempre será lo primordial.
Pero juro por mi vida que nos volveremos a ver.
He estado los quince años que tengo observando, aprendiendo, analizando y esperando el momento perfecto.
Es la hora. Cogeré las riendas de la organización, el cargo que me pertenece por derecho.
Estabilizaré nuestra familia y, cuando lo tenga todo controlado, engulliré a Santoro, lo destrozaré entre mis dientes.
Primero dejaré que el miedo haga su trabajo, luego esperaré.
El lobo nunca persigue a su presa, no necesita buscarla, ya que vaya por donde vaya, el final es el mismo.
Todos los caminos llevan a Roma, a mi guarida.