Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 31
98%

CAPÍTULO 31

No era miedo… Era terror en estado puro.

El caos se había desatado en el rancho. Todo había salido tal y como lo había planeado. Todo excepto su presencia.

La muerte estaba en el valle y había venido a por él. Lo supo tan pronto como escuchó aquel aullido. Era un aviso, una promesa de que hoy iba a impartirse justicia y sería de una manera definitiva.

Maldita sea.

Tenía que escapar. Debía seguir el plan, cruzar la ciudad y entrar en la casa de apuestas, fingir, algo que siempre se le había dado bien, que había pasado allí toda la noche. No debían poder relacionarlo con lo de esta noche. Era indispensable que quedase libre de toda culpa.

Dejó tras de sí los bidones. Ya se inventaría algo. Que los habían robado del almacén. Cualquier cosa serviría, más ahora no podía detenerse. Tenía que montarse en el coche y salir de allí antes de que Arik le diese caza.

Un nuevo aullido resonó en el lugar, como una sirena en plena noche, a juzgar por su procedencia, tenía que venir desde el sur. Bien, eso le dejaría vía libre para llegar al coche y…

Un segundo aullido perforó el silencio de la noche, seguido por un tercero e incluso un cuarto, todos ellos procedentes de distintas áreas.

—No, no, no, no… ¡No! —gritó de rabia, pero también de puro miedo.

No podía perder más el tiempo. Debía alcanzar el coche y arrancar el puto motor antes de que…

Un borrón blanco atravesó el terreno delante de él a toda velocidad. Había llegado desde su derecha y derrapó, ocupando su posición. Sus fauces estaban desnudas en una clara advertencia.

Mark dio un paso atrás y se giró, listo para salir corriendo cuando un segundo borrón se reveló como un segundo lobo, su pelaje también era blanco, pero su pelaje estaba salpicado de un jaspeado marrón.

Su propio lobo se reveló, sintiéndose acorralado, queriendo salir y defenderse.

No lo retuvo, le dio rienda suelta y acabó sobre cuatro patas, enseñando sus propios dientes de manera amenazadora.

Empezó a moverse, buscando una vía de escape, pero dos nuevos lobos entraron en escena, cerrándole la retaguardia y, mientras que uno de ellos era como los primeros, el último de ellos era ligeramente más grande, con un pelaje oscuro y una eterna promesa de muerte en sus ojos.

«Mark Sullivan, hijo de Ernest Sullivian, miembro de la manada de Durham, bajo el orden del alfa de las Carolinas».

Escuchó su voz en la cabeza a través del vínculo común que tenían todos los lobos, uno que los conectaba con su príncipe y, con aquel que impartía su ley.

«Has roto las leyes de la manada, has puesto en peligro a una hembra emparejada con uno de los nuestros, has atentado contra la propiedad y las vidas de una de nuestras familias, has atentado contra los dominios del alfa de las Carolinas.

Aquí y ahora, te declaro culpable de cada uno de los cargos y te sentencio… a morir» .

Los cuatro lobos empezaron a aproximarse, la muerte presente en cada una de sus miradas, en sus afilados dientes. Mark sabía que no tenía escapatoria, pero si algo tenía claro, es que si habría de morir, lo haría luchando.

Se preparó para la pelea y, en el mismo instante en que se lanzó el primer aullido, él se lanzó a defender la vida miserable que había llevado hasta ahora.

Momentos después, cuando la encarnizaba batalla llegó a su fin y el silencio volvió a envolver la noche, cuatro lobos aullaron al unísono proclamando que se había hecho justicia.