Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

El sol al fin había salido.

Eliza atravesó el umbral y se dirigió a las escaleras del porche.

La taza de café humeaba, dejando tras de sí ese delicioso aroma torrefacto.

Adelantó la mano izquierda y esperó a que el hombre sentado en uno de los escalones lo cogiese.

Cuando levantó la cabeza y la miró, una sonrisa le curvó los labios.

Se dio cuenta que tenía unas ligeras medialunas bajo los ojos, un signo claro de que esa última semana ninguno de los dos había dormido mucho.

Se apoyó en él y se sentó un escalón por debajo, pues así podía apoyarse en sus piernas.

Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato, pero estaba bien así.

Entre ellos el silencio nunca había sido algo incómodo, habían aprendido a aceptarlo como lo que era, ese pequeño momento en el que el mundo se detenía y les daba tiempo para pensar.

—Phineas se va a poner bien. El veterinario ha dicho que las quemaduras sanarán y que es probable que no le queden secuelas —mencionó Alex con voz tranquila, empujando su pierna contra ella.

—Quizás podríamos traerlo aquí —respondió ella, levantando la cabeza para encontrarse de nuevo con esos ojos verdes—.

Tenemos terreno y… manzanas. Seguro que le gustan las manzanas.

Y dado lo bien que se te da arreglar y construir cosas, podrías hacerle un establo para que pueda guarecerse y dormir cómodo y calentito.

—Estabas deseando traer a Phineas a casa, ¿verdad?

Su sonrisa se hizo más y más amplia hasta que le iluminó toda la cara.

—Es nuestro pequeño, por supuesto que quiero tenerlo en casa —declaró, como si la sola duda ofendiese—. Todavía no es lo bastante mayor para independizarse.

—Eliza. Es un caballo.

—Pues parece que somos padres de un caballo —le dijo, dándole un sorbo a su bebida.

Una inesperada y sincera carcajada brotó de la garganta de su compañero.

La primera que escuchaba en él en toda aquella infernal semana que siguió al incendio en la granja.

Alex había estado silencioso, meditativo, había carecido de esa chispa suya, pero al escucharle ahora reír, sabía que todo volvería a ir bien.

Solo necesitaba tiempo, del mismo modo en que lo necesitó ella, para darse cuenta de que las cosas acabarían arreglándose.

Los daños en el rancho habían sido considerables, pero el seguro estaba listo para hacerse cargo de ello.

Tal y como le había dicho el abuelo Jorn, lo importante eran las vidas que quedaban, no las pérdidas materiales que pudiese haber.

Repararían lo que se había quemado, lo derribarían y volverían a reconstruirlo si no tenía arreglo y volverían a empezar.

Los Green eran supervivientes y como tales, saldrían adelante.

Y ahora que ese hombre ya no era un problema en sus vidas… Todo iría bien.

No podía alegrarse de la muerte de una persona, pero tampoco podía negar que sentía alivio. Lo que le había ocurrido no era agradable, ni justo, en el sentido más puro de la palabra… pero había sido necesario. Y esa era una verdad con la que tendría que aprender a vivir.

Había vivido con miedo demasiado tiempo. Miedo a equivocarse, a no ser suficiente, a perderse a sí misma en la vida de otros. Había huido más veces de las que estaba dispuesta a admitir, convencida, erróneamente, que era la única manera de mantenerse a salvo.

Pero eso se había acabado.

Volver a Hope Valley, quedarse en esta casa, crear una vida que fuese suya, esas eran sus elecciones. Y, por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de mirar atrás.

Enlazó despacio el brazo de su pareja y apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo no solo su presencia, sino también la de su lobo.

Aquella era una nueva forma de percibir el mundo, uno al que había llegado por pura casualidad y que le había dado mucho más de lo que podía imaginar.

Ya no le resultaba extraño ni abrumador, sino reconfortante.

Era como una presencia cálida y constante que le recordaba que nunca volvería a estar sola.

—Ahora ya estoy seguro —mencionó él, haciendo que ladease la cabeza para mirarle.

—¿Seguro de qué?

—De que llegaste a mi vida para hacerme reír —confirmó, acariciándole el pelo—. Y para hacerla mucho, pero que mucho más interesante.

—Y tú llegaste a la mía para arreglarme el porche, la bomba de agua, las ventanas, las puertas… ¿Me dejo algo?

Alex volvió a reírse, esta vez más discretamente.

—Para amarte, Elizabeth Carmody Green —aseguró él, uniendo su apellido al de ella como una silenciosa promesa de futuro—. Llegué a tu vida para amarte y hacerte la mujer más feliz de la tierra. ¿Crees que puedo conseguirlo?

Le devolvió la sonrisa y asintió.

—Sí, Alex. Creo que puedes conseguir todo lo que te propongas —afirmó, estirando la mano libre para acariciarle el rostro—. Lograste que te hornease esa dichosa tarta de manzana…

Él bufó .

—¿Tengo que volver a entrar en un jodido establo en llamas para oírtelo decir otra vez, cariño? —resopló él.

Eliza se rio con las mismas ganas con las que se había reído él.

—No, por favor. Una vez en la vida, fue suficiente.

—Se giró sobre el escalón y lo miró con todo el amor que sentía por ese hombre, el único que había sido capaz de verla como era en verdad y amarla por ello—.

Te quiero, Alexander Green. Y si vuelves a cometer una estupidez semejante, no solo volveré a entrar a por ti, sino que te sacaré arrastras.

—¿Me lo prometes, compañera ?

—Te lo prometo, lobo .

Pues, por primera vez en mucho tiempo, estaba exactamente donde quería estar .