CAPÍTULO 30 #2
La cacofonía de sonidos que procedía del interior lo estaba desquiciando. Tenía que hacer algo y pasearse de un lado a otro mesándose el pelo no iba a hacer que el fuego desapareciera ni que sus caballos no perecieran abrasados.
Lo intentó a puro hombro, lanzándose contra la puerta a la desesperada, poniendo toda su fuerza y rabia en ello.
—¡Alex, aparta!
El rugido del motor del tractor lo hizo mirar hacia atrás y saltó justo a tiempo para apartarse del camino mientras su abuelo pisaba a fondo y estrellaba el vehículo agrario contra la puerta. Esta tembló y, finalmente, cedió, abriéndose de golpe.
Saltó como un atleta olímpico sobre el ronroneante cacharro, que seguía funcionando a pesar del golpe.
El viejo ya estaba dando marcha atrás, dejando allí el vehículo y tirando con fuerza de las puertas para dejar que los caballos, aterrados, saliesen como una exhalación del interior del lugar en llamas.
—¡Alex! ¡Oh, Dios!
—No, hija. No entres ahí.
—¡Se va a quemar! ¡Abuelo, Korss! ¡Se va a quemar!
—¡Alex!
—¡Nickolas!
—¡Agua! ¡Necesitamos agua aquí ya!
—¡Que alguien se encargue de los caballos!
—¡Han prendido también fuego al huerto y a los árboles de la parte sur del rancho! ¡Y el granero está ardiendo!
—¡Aleeeex!
—¡Eliza! ¡No!
Las voces se superpusieron unas sobre otras, pero él dejó de escucharlas.
En sus oídos solo rugía el fuego que lo devoraba todo a su alrededor.
Moviéndose casi a ciegas, asfixiado por el humo y el calor del fuego, se las ingenió para llegar hasta el fondo del establo.
Algunas de las cuadras ya se habían abierto, pero los relinchos histéricos y algunos también agonizantes, le indicaron que todavía había caballos dentro.
—Tranquilo, amigo. Estoy aquí —se las ingenió para alzar la voz, ahogándose y tosiendo.
Escuchó el golpe de los cascos, sintió su terror como si fuera el propio y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para contenerlo y no ceder a él.
Se sacó la camisa, la hundió en el abrevadero que encontró de pura memoria y, aferró el pasador, solo para retirar a continuación la mano con un alarido de dolor. Estaba al rojo vivo.
—¡Alex! —Esa voz sonó demasiado cerca, demasiado real para estar en aquel infierno.
—¡Eliza! —El pánico volvió a surgir, era incapaz de detenerlo—. ¡Eliza, sal de aquí! ¡Vete!
—¡No! —Su voz sonó más cerca ahora y su cuerpo acabó chocando contra el suyo un segundo después.
—Por el amor de Dios, mujer —gruñó. Pero no había tiempo para gritarle, ni para zarandearla. No si querían salir de aquí con vida.
—Phin sigue aquí dentro. —No era una pregunta, sino una confirmación. Ella lo sabía. Ella también lo sabía.
—Voy a envolverle mi camisa alrededor de la cabeza para taparle los ojos —le informó, moviéndose con rapidez. No había tiempo que perder. El humo ya le estaba haciendo arder los pulmones—. Y los dos vais a salir de aquí ya.
Su parte lupina tomó el mando, abrió la puerta, se encargó del caballo, no sin dificultad, y los reunió, a él con su compañera.
—Sácalo, Eli.
—¿Y tú? —Tosió, aferrándose a la cabeza del animal, manteniendo su camisa húmeda en torno a ella para poder guiarlo a la seguridad.
—Saldré con la yegua justo detrás de ti —le dijo, sacándose a continuación la camiseta y repitiendo la operación en el abrevadero, empapándose al mismo tiempo él también, para reducir la temperatura y evitar acabar quemado también—. ¡Vete! ¡Ya!
Por suerte no tuvo que repetírselo y ambos empezaron a avanzar.
—¡Deprisa, Eliza! — Escuchó que decían desde fuera—. Buen Dios, mujer. Quieres matarnos de un ataque al corazón.
Los relinchos de la yegua que acababa de llegar al rancho eran cada vez más débiles.
—Ya voy, bonita.
Repitió la operación que había hecho con Phineas ahora con la yegua.
El animal estaba aterrado y acobardado rodeado completamente por las llamas.
Alex actuó a la desesperada, saltó hacia ella, cubriéndole los ojos, aferrándole la cabeza a pesar de que intentó encabritarse y, con la última brizna de fuerza que le quedaba, los condujo a ambos fuera de aquel infierno y a la seguridad.
—Gracias al cielo —escuchó la voz de su abuelo un instante antes de que algo húmedo, como una manta mojada cayese encima de él y los fuertes brazos del hombre lo condujesen lejos de aquella humareda.
No podía dejar de toser. Sentía que los pulmones le ardían, pero eso no le importaba. Todo en lo que podía pensar ahora mismo era en Eliza. La buscó con la mirada, pero todo estaba lleno de humo.
—Mi mujer, ¿dónde?
—¡Alex! —Se estampó contra su cuerpo, temblando, llorando a lágrima viva o intentándolo, pues también tosía—. ¡No vuelvas a hacerme eso en tu vida, maldito Green!
—¿Yo? —se quejó él, recorriéndola con la mirada, con las manos, asegurándose que no estaba herida—. ¡Fuiste tú la que me siguió a un maldito establo en llamas, mujer desquiciada!
—Porque te quiero, imbécil, y no puedo soportar pasar el resto de mi vida sin ti.
Y, de todas las cosas que podían surgir en un momento como aquel, no esperaba una declaración como esa. La atrajo contra sí y la abrazó con fuerza, necesitando asegurarse de que estaba viva y allí, con él.
—No puedo perderte, Eliza. A ti no, a ti nunca, así que no vuelvas a hacer nunca nada tan temerario, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Alex…
Esa voz… Se volvió y vio a su hermano Zack.
—¿Qué haces tú…?
—La caballería, hermanito, la caballería —le dijo otra voz conocida. Nate también estaba allí. Y no estaban solos.
—Aric.
El ejecutor de su raza, la Policía de su pueblo, el juez y el verdugo. Que estuviese aquí…
—Yo lo llamé —añadió Nick, reuniéndose con ellos—. Mark Sullivan debe morir.
Las palabras de su hermano fueron suficientes para que toda su rabia surgiera con una voracidad imparable.
Se había obligado a no pensar, no había tiempo, pero lo que había pasado…
El incendio en el establo, los distintos focos en la propiedad…
Eso solo tenía una firma y era la de ese maldito bastardo.
—Voy a matarle…
—¡No! —Eliza se aferró a él, le envolvió los brazos en torno a la cintura y se aferró con todas sus fuerzas a él—. No te manches las manos de sangre, Alex.
—Eliza, lo que ha hecho aquí…
—Entregadlo a la Policía —gruñó ella, volviéndose hacia Nick—.
Era lo que deberíamos haber hecho desde el principio.
Acusarle de haber entrado en mi casa, de habernos acosado.
Ha estado a punto de matar a los caballos…
¡Alex podría haber muerto ahí dentro! Llevadlo ante la justicia si hace falta, pero él no va a matar a nadie. ¡No estamos en la Edad Media , joder!
Alex miró a la mujer en sus brazos, una pequeña banshee dispuesta a enfrentarse a tres lobos adultos y al ejecutor de su pueblo.
—Tiene razón —dijo tras un momento de silencio—.
Ese cabrón debe ser juzgado por todo lo que ha hecho.
—Su mirada se volvió sobre Aric y este encontró sus ojos—.
Pero no me corresponde a mí hacerlo o ejecutar su sentencia.
Lo que ha dicho mi compañera es verdad, Aric.
La ha estado acosando, ha entrado en su casa, la ha estado vigilando y la ha amenazado.
Elizabeth Carmody, es mi pareja y ese lobo ha intentado alejarla de mí.
El hombre frente a él se limitó a dejar escapar un profundo suspiro.
—Vosotros los Green, siempre dándome trabajo —chasqueó, miró a la mujer en sus brazos, al resto de sus hermanos y asintió—. ¿Alguno tiene ganas de ir de caza?
—Oh, sí —declaró Zack al momento—. Quien se mete con un Green, se mete con todos.
—Cuenta conmigo —añadió Nate, quién se volvió entonces hacia él—. Has tomado la decisión correcta. Cuida de ella.
Asintió y se volvió hacia Nick, quién le había puesto la mano sobre el hombro.
—No vuelva a hacer algo tan estúpido —lo reprendió, entonces miró a Aric y le dijo—. Después de ti.
Un momento después, cuatro lobos abandonaban aquel rancho en llamas, listos para dar caza al culpable.