Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

No había uno, sino dos Green patrullando el rancho.

Mark sonrió para sí, bien camuflado en una zona especialmente densa del lugar. Se había encargado de frotar su ropa, pelo y piel con fertilizante y heno, aromas fácilmente reconocibles en el rancho y que no levantarían sospecha de su presencia. Y, por el momento, había funcionado.

Espero inmóvil en su escondite hasta que los dos lobos se replegaron y volvieron a la casa. Siguió allí incluso una hora después, esperando a que el sol hubiese bajado de todo y aquella noche sin luna, aunque cuajada de estrellas, ocultase por completo su presencia.

Ninguno había vuelto a salir después de eso. Los habitantes del rancho se habían recluido en la casa principal, dejándole vía libre para llevar a cabo su propia venganza.

Era hora de ajustar cuentas, de que ese maldito lobo obtuviese su merecido y se diese cuenta de que él no era alguien con quien pudiese jugar como si nada. Le había quitado lo que deseaba, se había negado a devolvérselo, a vendérselo incluso. Bien. Pues si él no podía tenerlo, nadie lo tendría.

Se movió con rapidez y seguridad. Conocía bien el rancho, se había asegurado de recorrer cada uno de sus recovecos en sus furtivas visitas anteriores.

Una de las últimas, el mismo día en que la familia entera se había reunido para una de sus famosas barbacoas.

Incluso había asistido la vecinita. Pero claro, ¿cómo iba a resistirse Alex a dejar atrás a su compañera?

Había estado rondando la casa cuando la vio salir con ese utilitario de alquiler.

Fue el momento perfecto para colarse en su casa y ver quién era exactamente la mujer y que tenía de especial para que el joven de los Green llevase toda la semana acampado en su propiedad.

El lugar había olido a ella, pero también a él.

Nada demasiado marcado, sino algo sutil, como de alguien que suele pasar por allí.

Entonces no sabía que era su compañera, no hasta que los dos se encerraron en la casa y el aroma del sexo se coló por la puerta del porche trasero cuando ese lobo salió por ella.

¡La había reclamado! No era solo un polvo ocasional, ¡era su compañera!

Debería haberse ido en vez de provocarlo, pero ver el miedo en sus ojos cuando hablaba de ella, como si pensase que podía hacer algo para quitársela, había sido demasiado bueno para no explotarlo.

No. Puede que a la mujer no pudiese tocarla. Hacerlo sería una sentencia de muerte automática, lo sabía bien. Pero había otras maneras de joder a ese hombre, de darle dónde más le dolía sin enfrentarse a semejantes consecuencias.

Solo tenía que ser más inteligente que él y golpear rápido, dos cosas que sabía hacer a la perfección.

Ya había dejado preparada su coartada. Les había pagado suficiente a esos dos tipos como para que juraran incluso haberse acostado con él si era necesario. Así pues, ahora mismo, él no estaba en el rancho Hope Valley, sino al otro lado del pueblo, jugándose su dinero en una casa de apuestas.

No perdió un segundo más y empezó a cubrir cada parte de su plan.

Había dejado dos bidones en sitios estratégicos de la propiedad, convenientemente camuflados y aromatizados, para que no pudiesen captar el aroma del combustible que había en su interior.

Los contenedores que había ahora mismo no tenían nada que ver con los de antes.

Empezó por la periferia. Los árboles, el huerto…

Siguió con el granero, situado al otro lado de la casa y, dejó lo más importante para el final.

Abandonó el bidón vacío y tomó el nuevo.

Escuchó el movimiento de los caballos en su interior.

Los animales habían detectado una presencia extraña, estaban nerviosos, así que debía darse prisa.

Se coló en el interior y empezó cerrando las puertas por dentro.

Lo hizo rápido, fue muy metódico. Bañó el heno y los sacos de pienso, los tablones del suelo y de las paredes, todo lo que fuese inflamable, y entonces continuó hacia cada una de las caballerizas, mirando su interior con una sonrisa maquiavélica.

—No sois mejores que los míos… —le dijo a los caballos. Como si no fueran seres vivos que vivían y respiraban, sino herramientas inservibles de las que se podía prescindir.

Avanzó hacia el siguiente cubículo solo para tener que echarse rápidamente hacia atrás cuando la joya de la corona se encabritó, relinchando y golpeando la puerta.

El animal, al igual que el resto de los jamelgos que allí había olían el combustible, pero este…

Este además olía a su lobo y sabía que era peligroso.

—Una pena —chasqueó levantando el bidón y arrojando líquido a intervalos al interior de la cuadra, llegando a salpicar incluso al animal—.

Debiste ser mío. Él debió entregarte a mí como prometió desde el principio y no venderte a ese maldito lobo.

Ya no importa. He encontrado algo mejor, una yegua que tendrá las mejores crías de esta parte del estado .

El caballo volvió a relinchar, encabritándose, lo que lo hizo volver a retroceder y soltar una carcajada.

—Disfruta del infierno.

Sumido completamente en ese momento de frenesí, continuó con su labor, regando todo con el combustible, para finalmente retroceder hasta la esquina más alejada, a la puerta que todavía mantenía abierta como vía de escape y contemplar su macabra obra un último instante.

—Este es tu fin, Alex Green.

Sacó un encendedor del bolsillo, un par de cerillas que ya tenía preparadas para el momento álgido de su acto y, tras prenderlas las lanzó contra el líquido inflamable.

La deflagración fue instantánea, las llamas se extendieron a toda velocidad y, con una carcajada final, se escurrió y cerró desde fuera, dejando a los animales aterrados sin posibilidad de escapar.

No miró atrás, se apresuró a volver a cada uno de los puntos previstos, encendiendo nuevos focos, de modo que cuando los de la casa se diesen cuenta de lo que ocurría, estuviesen lo bastante ocupados como para centrarse en una única cosa.

No sintió ningún remordimiento, más bien todo lo contrario. La sensación de triunfo en su interior iba in crescendo, a adrenalina bombeaba en sus venas mientras daba rienda suelta a su maldad.

—Arde en el infierno, maldito —escupió con voz enajenada.

Un potente aullido reverberó en todo el lugar. Venía de algún punto procedente a sus espaldas y, por algún motivo, le provocó tal terror que emprendió la huida.

No llegó a ver como la puerta principal de la casa estilo rancho se abría, ni los gritos de «¡fuego!» que rompieron el silencio de la noche, elevándose sobre el crepitar de las llamas. No tenía tiempo para admirar su obra cuando la muerte estaba allí fuera dispuesta a darle caza.

** *

—¿Tiene chinches la silla o qué?

Alex miró a su abuelo, quién había hecho aquella pregunta en voz baja.

Su compañera estaba charlando con Helena, sentadas en el sofá.

El ventilador del techo mantenía la habitación fresca y cómoda, motivo por el que los miembros de la familia presentes se encontraban allí.

Nick estaba en la otra habitación, al teléfono.

Acababa de recibir una llamada y se excusó para atenderla.

Y, él. Bueno. Él llevaba un buen rato inquieto y no tenía la menor idea del motivo.

Habían revisado el rancho de arriba abajo y no habían encontrado nada, pero seguía sin poder quitarse esa sensación de inminencia de encima. Era como cuando anuncian la llegada de una tormenta, pero esta no ha aparecido y piensas que quizá el hombre del tiempo se ha equivocado.

Dejó escapar un resoplido de frustración, rotó los hombros y movió la cabeza de un lado a otro. No estaba cómodo. Su lobo estaba igual de expectante que él, sumido en una calma tensa en espera a que algo lo disparase a la acción.

—¿Qué ocurre, hijo? —insistió su abuelo, ahora con voz más seria. Estaba claro que al hombre no le había pasado por alto el nerviosismo de su nieto.

Y no era al único. Sintió su mirada sobre él incluso antes de que levantase la cabeza y se encontrase con esos ojos azules. Había preocupación en su mirada, sin duda estaba sintiendo su tumulto emocional a través del vínculo.

Todo está bien. Gesticuló con los labios de cara a ella, entonces se volvió y miró al hombre que tenía delante.

—Ojalá lo supiese —respondió al hombre—. Hay algo que… Que no está bien. Y no soy capaz de encontrar el…

Sus palabras se apagaron en el mismo instante el que su nariz notó un aroma extraño, potente, que no debería estar ahí. Su lobo reaccionó al instante, lanzándose contra su piel ante la inminente sensación de peligro .

—¿Eso es…? —Su abuelo se levantó de golpe, su expresión una mezcla de sospecha, incredulidad y… ¿temor?

Alex se estaba moviendo a la velocidad del rayo, casi arranca la puerta de los goznes al abrirla y precipitarse hacia el porche dónde escuchó el primer relincho de puro terror.

El olor a humo lo impactó, pero no tanto como las llamas que se elevaban iluminando la noche. Durante una décima de segundo lo embargó el terror, pero su instinto tomó rápidamente el mando al tiempo que abandonaba el porche de un salto mientras anunciaba a voz en grito:

—¡Fuego! ¡Fuego! —Se desgañitó, corriendo a toda velocidad hacia los establos que estaban siendo devorados por las llamas—. ¡El establo! ¡Los caballos! ¡Agua! ¡Traed agua!

Casi al mismo tiempo un sonoro aullido inundó el valle, elevándose por encima del crepitar de las llamas.

—Oh, Dios.

—¡Alex!

—¡Las mangueras! ¡Conecta ahora mismo las mangueras!

—¡Alex, ten cuidado!

—¡Alex!

Desoyó todas las voces, el angustiado sollozo de su compañera, todo lo que podía ver era el edificio ardiendo, las puertas cerradas y los gritos de los caballos aterrados en su interior.

No, no, no, no.

Se lanzó hacia la puerta como una exhalación, intentando abrirla.

—¡No! —gritó de pura frustración, embargado por el miedo cuando la maldita puerta no cedió.

Alguien la había cerrado por dentro.