Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

—Pensé que estarías ya de vuelta en Wolf Mountain.

La mirada de su hermano se desvió hacia la dos mujeres que charlaban sentadas en el nuevo banco del porche trasero. Por fin había terminado con las labores de reparación y, después de una buena mano de imprimación a la madera, a su compañera se le había ocurrido hacer de aquel su «lugar acogedor».

Con el terreno ya limpio, el cobertizo limpio y arreglado, el pozo artesanal recién pintado y algunas plantas y árboles nuevos que Eliza había querido plantar en aquella zona, era una zona bastante agradable para pasar el rato.

Alex había estado haciendo planes para añadir también una barbacoa de obra y quizá un rincón para hacer fuego y calentarse en las frías noches que quisieran contemplar las estrellas o pasar un rato agradable charlando y puede que incluso asando malvaviscos.

Era curioso, pero estaba viendo esta casa y la granja como un hogar, algo muy distinto a Hope Valley Ranch.

Amaba el rancho, le encantaba su trabajo, pero aquí había encontrado algo más importante, algo que quería construir en el futuro con la mujer que sonreía a lo que quiera que le estuviese diciendo su cuñada.

—Hemos alargado un poco más la estancia a causa de las náuseas de Helena. —Señaló a su mujer con un gesto de la barbilla—. Y no quería irse sin que Eliza le enseñase a hacer esa tarta de manzana.

Sin duda el postre había sido la estrella en la reunión familiar del pasado fin de semana, había dado muchísima conversación, permitiendo que su chica fuese por primera vez el centro de atención.

Pronto se hizo evidente que era una más, sus hermanas políticas la habían arropado, integrándola en su pequeño grupo.

—¿Cómo lo lleváis? —le preguntó en voz baja—. ¿Ya le has dicho…?

Asintió, volviéndose ahora hacia su hermano.

—Le conté todo a raíz de lo de Mark —confirmó—. Y nos va bien. O tan bien cómo cabía esperar. Nos estamos acostumbrando el uno al otro. Al menos ya he conseguido que me rascase la barriga.

Nick dejó escapar una carcajada. Era una broma que compartían los hermanos, algo que siempre les pedían a sus compañeras.

—Bien, hecho, cachorro. Bien hecho.

Alex enarcó una ceja.

—¿Hasta cuándo piensas seguir llamándome cachorro?

Su hermano esbozó una sonrisa entre triste y melancólica, una que sabía tenía que ver con el recuerdo de sus padres y de aquella noche. Nickolas era el mayor de los cuatro y quién mejor recordaba lo sucedido.

—Serás mi cachorro hasta que te mueras, hermanito —aseguró, dejando caer la mano sobre su cabeza, revolviéndole el pelo—. Acostúmbrate.

Puso los ojos en blanco, pero no se quejó. Volvió a mirar hacia las chicas y sintió que el pecho se le llenaba de felicidad y de paz al ver a Eliza riéndose por algo que le había dicho su cuñada .

—¿Cuándo te diste cuenta de que amabas a Helena? —La pregunta salió de su boca en un bajo susurro—. No solo porque fuese tu compañera, la otra mitad de tu alma, sino… por lo que es, por lo que te hacía sentir.

—Creo que siempre he estado enamorado de ella, incluso antes de conocerla —respondió el mayor de los Green—. Estaba programado en mi ADN, el enamorarme de esa mujer. Pero supongo que lo preguntas porque tú ya amas a Elizabeth, ¿no?

Ladeó la cabeza, mirándole de soslayo.

—Desde el mismo día en que la vi de pie en el porche, con esos bonitos ojos azules abiertos de sorpresa y desconfianza —corroboró, sintiendo, tal y como había dicho Nick, que era posible que siempre lo hubiese hecho, incluso antes de verla—.

Y también cuando la vi debajo de los manzanos, con la cesta en la mano y envuelta por ese característico aroma que siempre he relacionado con ella…

Es posible que siempre me esté enamorando de ella, porque esta misma mañana volví a sentir que había encontrado lo que siempre he estado buscando, a mi otra mitad.

Y eso que se vengó a la hora de rascarme la barriga.

Me hizo mover una de las patas traseras involuntariamente. Fue bochornoso.

Nickolas volvió a prorrumpir en una sonora carcajada, esta vez captando la atención de las mujeres, quienes los miraron confundidas.

—Todo está bien, chicas. Le estaba contando a mi hermano un bochornoso episodio lupino… Al momento vio como los ojos de su mujer se abrían y las mejillas se le teñían de rojo. Apartó tan rápido la mirada que ahora fue él quien se rio en voz baja.

—Parece que al fin todos los Green hemos encontrado nuestra felicidad, ¿eh? —mencionó su hermano, todavía risueño.

Asintió.

Sin duda, así era. Y, mientras esa verdad lo inundaba todo, aquella sombra volvió a empañar su presente.

—Me preocupa lo que pueda hacer Mark Sullivian —admitió en un hilo de voz, sabiendo que su hermano lo escucharía alto y claro. Los ojos azules de Nick se cruzaron con los suyos y, asintiendo, le indicó que se alejasen un poco más.

Se movieron como si estuviesen dando un paseo, lo suficiente lejos como para poder hablar con libertad, pero no tanto como para perder de vista a sus parejas.

—El abuelo ha puesto sobre aviso a Ernest Sullivan —le informó. No se sorprendía escuchar eso, después de todo, el patriarca de los Green era el alfa de la región y solía lidiar en este tipo de conflictos.

Aunque este, en particular, le tocaba muy de cerca, con lo que podía imaginarse que no había sido precisamente suave al respecto—. Le ha advertido que si su hijo vuelve a acercarse a Elizabeth o a ti, tendrá que enfrentarse a las leyes de la manada.

Lo que significaba que, si ese imbécil volvía a molestar a su mujer, a acosarla o intentaba hacerle daño de algún modo, Alex tendría total libertad para tomar cartas en el asunto.

—¿Has tenido noticias de él estos días? ¿Se ha acercado a la propiedad?

Negó con la cabeza.

—No.

Ha sido lo bastante inteligente como para mantenerse alejado, pero…

—Sacudió la cabeza. Las palabras que le había dirigido en aquella ocasión, lo que encerraban…

Un bajo gruñido emergió de su garganta—.

Temo que esté lo bastante loco como para desoír mi advertencia y acercarse a ella.

Eliza está nerviosa. Noto su inquietud. Teme que él vuelva a entrar en casa, que se acerque a nuestro hogar…

—Así que vuestro hogar —murmuró Nick—. ¿Es oficial, entonces?

—Le dije que si ella se quedaba aquí yo me quedaría con ella.

No voy a dejarla, jamás —aseguró y aligeró un poco el tono al añadir—.

Si quiere irse a vivir bajo una piedra, pues allí me iré con ella.

No me importa un techo o unas paredes, ni siquiera el lugar en el que deba asentarme.

Ella es mi hogar, mientras estemos juntos, es lo único que voy a necesitar a partir de ahora.

—Sí. Oficialmente, eres un lobo enamorado —afirmó su hermano.

Entonces, volvió a su previo objetivo—. En cuanto a Sullivan…

Esperemos que el toque del abuelo haya sido suficiente, sino…

Siempre puedo hacerle yo mismo una visita.

Estoy convencido de que Zack y Nate se animarían rápidamente a hacérsela conmigo.

—Los Green unidos ante el enemigo, ¿eh?

—Siempre, hermano. Eso siempre. —Le dio una palmada en la espalda y señaló a las mujeres con un gesto de la cabeza—. ¿Nos reunimos con ellas? No descarto que esas dos sean capaces de dominar el mundo si se las deja solas.

Alex se rio entre dientes y asintió.

Pronto estuvieron los cuatro juntos, escuchando como Helena había conseguido que Eliza le contase el secreto para hacer la tarta de manzana. De hecho, tuvo a bien informarle a su marido, que iban a quedarse a comer y ella iba a hornear dicha tarta.

Era agradable estar en familia, sobre todo, poder compartir estos ratos de camaradería con su mujer. Su manzanita necesitaba a gente que la quisiera por lo que era, que la viese y la aceptase como la maravillosa criatura que era.

Alex había escuchado toda la historia de su boca tan solo unos días atrás, el motivo que la había traído de regreso a Hope Valley, la relación que había tenido con ese tal Anthony, una que casi la había destruido, haciendo que se perdiese a sí misma, y lo que había significado llegar aquí y lo difícil que le había resultado al principio confiar.

La habían herido demasiadas veces, la habían menospreciado, anulando su propia voz, pero era fuerte, lo supiera ella o no, tenía una enorme fuerza interior y eso era lo que le había permitido resurgir.

Ahora estaba intentando encontrarse a sí misma, la persona que era en realidad y que a él ya lo tenía completamente enamorado.

Era perfectamente consciente de que su vínculo había llegado en un momento difícil para ella, complicándole esa reconexión consigo misma, pero al final había sabido entender que él no estaba allí para restar, para quitarle nada, sino todo lo contrario, su cometido en la vida era dárselo todo, incluso espacio, si era lo que necesitaba.

El suyo no era un camino fácil. No habían tenido un comienzo sencillo, pero estaba seguro de que con el tiempo, lo que había nacido entre ellos crecería hasta convertirse en algo parecido a esos árboles del huerto, capaces de sobrevivir al abandono, a las estaciones y florecer con la suficiente fuerza para que, al llegar el verano, mostrasen al mundo sus frutos.

—Phineas le echa de menos… —El nombre de su caballo hizo que abandonase sus pensamientos y se concentrase en la conversación—. Ese caballo es ahora mismo como un niño con una pataleta. Su padre está de vacaciones y no le hace el caso debido.

Miró a su hermano, quién había hecho ese comentario y enarcó una ceja.

—¿Ahora soy padre de un caballo?

—Y yo tío —le soltó divertido—. Lo has criado desde que era un potrillo. Te sigue a todas partes como un cachorrito. Es normal que te eche de menos.

—Estoy con él todas las mañanas… —le recordó.

—Entonces a quien echa de menos es a Eliza —declaró Helena con una picara sonrisa—. Deberías ir a verle tú también, Eli.

¿ Eli ? Eso era nuevo.