Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

—¿Qué tal mañana? —sugirió la chica—. Al abuelo Jorn le encantará verte. Se quedó con ganas de seguir hablando contigo de tu abuelo. Y Alex podrá dedicarle tiempo a Phineas y evitar que ande por ahí con cara de caballo.

Los tres se volvieron hacia la mujer de su hermano, pero fue Eliza la que se rio y la señaló con el dedo.

—Ese chiste es malísimo, Helena.

—Al menos lo has pillado al vuelo —declaró ella, gesticulando hacia los otros dos hombres—. Míralos, ahí los tienes, sin inmutarse.

—Pensé que había escuchado mal, amor —aseguró Nickolas, rápido de reflejos.

—Lo siento, hermanita, me quedé demasiado impactado para decir algo coherente —admitió él, al tiempo que atraía a Eliza más cerca de su cuerpo. Necesitaba sentirla, saber que estaba allí y no era un sueño.

—Si es que sois malos hasta poniendo excusas —chasqueó la chica, negando con la cabeza.

Al final, lo que empezó con una encerrona acabó convirtiéndose en una promesa de visitar el rancho al día siguiente y pasar el día con ellos y con Phineas.

Ya estaba empezando a caer la tarde cuando su hermano y su cuñada abandonaron la granja y Alex pudo disfrutar de nuevo de su compañera para él solo.

—¿Son siempre así?

—Te refieres a pegajosos, sonrientes y haciéndose carantoñas cada cinco minutos? —La besó en el cuello—. Sí. Pero desde que Helena está embarazada aún más. Mi hermano va a ser un gran padre, lo lleva en la sangre.

Notó su mano sobre su brazo, dándole un pequeño apretón a modo de consuelo. Él también había compartido con ella su pasado.

Lo que les había ocurrido a sus padres, el motivo de aquella matanza, cómo fueron de los pocos niños que sobrevivieron a aquello y su llegada al rancho, con su abuelo.

No había sido una mala vida, habían tenido amor, apoyo y así se lo hizo saber.

—¿Por qué no me dijiste lo de Phineas? —preguntó entonces ella—. No es necesario que te quedes a mi lado todo el día, Alex. Tienes obligaciones en el rancho, lo sé. Yo puedo…

—Mi primera obligación eres tú —le aseguró, dejando aquello claro—. Y Phineas es un niño consentido. Es culpa mía, lo sé. Uno no está preparado para ser padre de un caballo…

Ella se rio ante su comentario y el dramatismo que imprimió en él.

—Mañana iremos a verlo juntos —le dijo, acurrucándose contra él—. Mañana y todas las veces que sea necesario. Me gusta tu caballo…

—Pero te gusta más mi lobo, ¿a que sí?

—No hay ni punto de comparación —replicó burlona.

Alex sonrió de forma traviesa.

—Ahora que lo pienso… creo que esta mañana dije algo sobre lamerte entera…

Y, con ese comentario como único aviso, procedió a enseñarle a su mujer exactamente lo que quería decir .

CAPÍTULO 29

La primera vez que vino a Hope Valley Ranch lo hizo con mil dudas en la cabeza. Se había preguntado si estaría haciendo lo correcto, si encajaría, si les caería bien a los hermanos de Alex, pero ahora que volvía a estar en el rancho, era como volver a un lugar al que también pertenecías.

El abuelo Jorn, había insistido de nuevo en que lo llamase así, Nickolas, la encantadora Helena, todos le dieron la bienvenida como a una más. Ahora era una de ellos, un miembro más de esa particular familia. No solo porque era la compañera de Alex, sino porque la apreciaban realmente.

Eliza no intentó comparar lo que sentía en el seno de los Green con lo que había tenido en el pasado, con lo que le había aportado su familia de sangre.

No volvería a mirar atrás, ahora solo estaba el presente y el hombre que susurraba palabras cariñosas al semental que acababa de conducir al establo.

Al final, Alex tenía razón. El caballo lo había seguido igual que un cachorrito, pero no solo a él, recordó con una mezcla de diversión y espanto.

En cuanto le había abierto la puerta del cercado, el equino había avanzado directo hacia ella, como un soldado que se dirige orgulloso a la batalla.

Eliza se había quedado paralizada, hasta que el soldadito decidió resoplarle en toda la cara y acariciársela con sus belfos.

Todavía llevaba las carcajadas de Alex en la cabeza y la imagen de él, doblándose por la cintura, llorando de la risa.

El caballo había terminado posando la cabeza sobre su hombro, estando a punto de tirarla en el proceso.

No le quedó otro remedio que aferrarse a él, lo que acabó en caricias a esa enorme cara, a sus orejas y esas sedosas y largas crines.

Sí, Phineas la había adoptado. Oficialmente. Y eso la había hecho más feliz de lo que estaba dispuesta a confesar a su pareja.

—Vas a portarte bien, ¿verdad? —escuchó que le decía al caballo—. Tienes que dar ejemplo a Ever y al resto. Ella acaba de llegar y puede ser un poquito temperamental.

Estaba hablando de la nueva yegua. Un ejemplar más pequeño que Phineas, de un intenso color negro manchado con motas, como si alguien le hubiese dejado caer un saco de polvo encima. Era preciosa, pero, tal y como había mencionado Alex, algo temperamental.

Su chico la había rescatado de una granja a las afueras de Tucson dónde la habían estado maltratando. Eso había sido hacía cosa de un mes. La yegua había estado recuperándose, en una zona habilitada para ella y esta era la primer noche que pasaría en el establo con los demás caballos.

El consentido del establo resopló, agitando la cabeza en un gesto que podía pasar por una rotunda afirmación. Entonces volvió la cabeza hacia la entrada, dónde ella esperaba.

—¿Está esperando a que vengas a darle las buenas noches, cariño? —le informó Alex, guiñándole un ojo.

—No querrás también que lo arrope, ¿verdad? —Se burló ella, pero no dudó en acercarse, despacio eso sí, al animal que estiraba la cabeza en su dirección .

—Bueno. Puedo enseñarte a ponerle la manta en invierno —replicó, haciéndose a un lado para que ella pudiese acercarse y prodigarle mimos al caballo.

—Buenas noches, Phin —pronunció el apelativo con el que solía llamarle también Alex.

El animal era mucho más dócil de lo que había pensado en un principio.

Su lobo decía que era porque ya la había aceptado en la manada—.

Que duermas bien y sueñes con… —Se detuvo, ladeando la cabeza hacia él—. ¿Con qué sueñan los caballos?

—¿Y a mí que me preguntas? Yo soy un lobo.

Abrió la boca y volvió a cerrarla, pues la expresión del hombre era de pura travesura.

—Que sueñes con cosas bonitas, Phin —dijo en voz alta y añadió, acercando los labios a su oreja—. Y puedes darle un mordisquito a Alex en el culo mañana si quieres. Te doy permiso.

El caballo resopló, dejando escapar a continuación un ligero relincho que la sacudió de los pies a la cabeza.

—Caray. Avísame antes de hacer eso, chico.

Como si aquella hubiese sido su forma de decirles «venga, largaos ya que me voy a dormir» , Phineas retrocedió y se quedó en su cubículo.

—¿Cansada? —le preguntó Alex, envolviéndola con el brazo mientras ambos desandaban el camino hacia la entrada.

Había sido una jornada larga. Habían llegado por la mañana y no habían parado un segundo.

Y no por estar precisamente trabajando. Él la había llevado a recorrer el rancho, le había mostrado sus rincones favoritos, contándole anécdotas suyas y de sus hermanos siendo pequeños.

También había pasado tiempo con Helena, encontrando en ella no solo una amiga, sino alguien con la que poder hablar de lo que significaba ser la compañera de un lobo siendo humana.

Esa conversación había arrojado luz a muchas de sus dudas y, realmente había agradecido poder contar con alguien que hubiese estado ya en sus propios zapatos.

Habían hablado de sus respectivas vidas, de sus antiguos trabajos —o los actuales, en el caso de Helena—, y había recibido una invitación a visitarla en el complejo hotelero en el que trabajaba y vivía junto a su marido en Wolf Mountain, en Madison.

La comida también fue agradable. El abuelo Jorn le había vuelto a contar más anécdotas de su abuelo y también de su madre, quién había sido bastante alocada de joven.

¡Quién lo hubiese dicho! Y sobre todo, contando sus propias anécdotas de Alex, quién no sabía si meterse debajo de la mesa o lanzarle algo al hombre a la cabeza.

Fue un día realmente intenso, pero lo había disfrutado, mucho, tanto que no le importaría repetir cualquier otro día.

Esta noche, además, iban a quedarse a dormir en el rancho.

Más que perturbarle, la idea la había tranquilizado de una manera que no esperaba que lo hiciese.

No sabía si era porque veía a Alex más tranquilo que estando en casa o porque aquí, la posibilidad de que Mark apareciese, parecía reducirse ante la presencia de tanta gente.

Era horrible no poder sentirse completamente segura en tu propia casa.

—Cansada, sí, pero… ha estado bien —confesó en voz alta—. Me ha gustado pasar el día aquí y así. Ahora entiendo por qué amas tanto este rancho. No es tanto el lugar como la gente que lo conforma, ¿verdad?

Él asintió.

—Así es —afirmó, saliendo con ella hacia el atardecer.

No sabría decir qué fue lo que la hizo darse cuenta, pero algo cambió en el ambiente en cuanto dejaron el establo atrás. Su pareja se detuvo casi de forma abrupta, ladeó la cabeza y pareció oler el aire, como si hubiese captado algo.

—¿Va todo bien?

Sus palabras parecieron sacudirle. Bajó la cabeza para mirarla y se dio cuenta de que sus ojos habían cambiado sutilmente. El lobo estaba allí, en la superficie.

—¿Alex?

Parpadeó y volvió a ser completamente él.

—Me ha parecido notar algo en el aire, pero… —Sacudió con la cabeza, desechando cualquiera que fuese la co sa que se le acababa de pasar por la mente—. No es extraño… Se trata del heno de los establos. El viento debe de haber cruzado por dentro del edificio, levantando el olor.