CAPÍTULO 28 #3
Y, como si quisiera confirmar sus palabras, la brisa le acarició el pelo, tironeando de él.
Ella inspiró profundamente, intentando captar algo que su nariz, completamente humana, no iba a notar ni en broma.
Todo lo que podía notar era el olor del establo, una mezcla entre limpieza, caballos y serrín. No podía llamarlo de otra manera.
Pese a ello, el momento la dejó nerviosa. No pudo evitar mirar a su alrededor, esperando que ese tipo apareciese.
—¿Estás seguro de que solo es eso?
Esos fuertes brazos la rodearon y, a partir de ese momento, se encontró envuelta en su propia fragancia masculina.
—Echaré un vistazo a la propiedad solo para asegurarme, pero quiero pensar que Sullivan no es tan estúpido como para volver a entrar en el rancho, sobre todo después de la advertencia que se le hizo —confirmó él. Más el lapsus lingue que escapó de sus labios la alertó al momento.
—Espera —dio un paso atrás, abriendo un poco de distancia entre ellos—. ¿Cómo que para volver? ¿Ya ha estado aquí?
Su lobo se dio cuenta al instante de que había metido la pata. Oh, ya lo creía que sí.
—Fue el día de la barbacoa familiar —admitió, contándoselo todo—. Percibí esa mezcla extraña… Ya sabes, aceite y metal… Como la que encontré en la cocina de nuestra casa. Por eso te llamé… Ese hijo de puta había entrado en el rancho y parecía haber estado rondando por la zona de aparcamiento.
Un nuevo escalofrío la sacudió.
Los coches. Había estado cerca de los vehículos.
De su coche.
—Podría haberle hecho algo a mi coche… —La sola idea la enfermó. Se llevó la mano contra el estómago y sacudió la cabeza—. Ese hombre es peligroso…
—Oye. —Le cogió ambas manos y buscó su rostro, su mirada verde encontrándose al momento con la suya—. No va a volver a acercarse a ti. Nunca. Si intenta dar un paso siquiera en tu dirección, lo mato, Eliza. Te juro que lo mato.
El tono de Alex no dejaba lugar a dudas. No estaba hablando de forma figurada, la mirada salvaje que asomaba en sus ojos decía claramente que iba muy en serio.
Helena le había advertido de esa parte de los lobos, de la manera en la que sus compañeros lupinos reaccionaban a cualquier amenaza que tuviese que ver con ellas.
Matarían primero y preguntarían después.
Sobre todo, si se trataba de alguien de su propia raza.
Era una justicia brutal, pero dada su naturaleza, a veces estaba más que justificada.
—No quiero que mates a nadie. No por mí —declaró, dejando claro aquello. No quería que se manchase las manos de sangre.
—No soy partidario de la violencia, Eliza, pero, créeme.
No voy a negarme a ella si es la única manera que encuentro de mantenerte a salvo.
—Le soltó las manos, pero solo para acunarle ahora el rostro—.
Arreglaremos esto. Te lo prometo. Hablaré con nuestro rey si es necesario para que lo exilie o lo mande a la otra punta del mundo.
Velkan no permitirá que ninguna de nuestras compañeras corra peligro por la estupidez de cualquier otro lobo.
Velkan. El rey de los lobos. Su raza tenía una monarquía, un rey y una reina y, recientemente, también un joven príncipe. No podía ni empezar a imaginarse algo semejante.
—Te mantendré a salvo, compañera —concluyó con una determinación inquebrantable—. No dejaré que nadie te arrebate la vida que deseas construir… ni nuestro hogar.
El silencio cayó entre ellos durante unos instantes, para finalmente romperlo ella misma con un :
—Vale. —Puede que no fuese una gran declaración, pero entre ellos era suficiente.
—Venga. Te acompaño adentro, te quedas con el abuelo y Helena, y yo me llevo a Nick para que me ayude a echar un vistazo en busca de posibles alimañas —le dijo, rodeándole la cintura con el brazo, para conducirla hacia el porche de la casa—.
Y asegúrate de que el viejo no se coma toda la tarta.
Tiene que controlar sus niveles de azúcar.
Lo miró. Sabía que su comentario estaba destinado a distraerla.
—¿Y no será que en realidad quieres comerte tú lo que queda de ella? —respondió, apuntándole con el dedo.
—Ya me encargué de reservar un trozo antes de que la retirarais de la mesa.
—Mira para el lobo goloso…
—Solo de manzanas, cariño mío, solo de manzanas —le guiñó el ojo, le dio un fugaz beso en la mejilla y la empujó delante de él, haciéndola atravesar el umbral—. ¿Nick? ¿Qué te parece si damos una vueltecita antes de que se ponga el sol?
***
Alex volvió sobre sus pasos con sigilo, escuchando atentamente cada sonido o posible crujido que hubiese a su alrededor.
Intentaba pisar con cuidado, moviéndose a favor del viento para no entorpecer el rastreo de Nick.
Ambos habían mutado a sus formas lupinas para recorrer el rancho y valerse así de sus agudizados sentidos.
Había algo raro en el ambiente, pero no conseguía detectar que era.
Más temprano, al dejar el establo junto a Eliza, había percibido un aroma que lo había confundido.
Tras dejarla dentro y reclutar a Nick, ambos regresaron sobre sus pasos y examinaron el edificio de arriba abajo.
Los caballos solo se inquietaron cuando los notaron a ellos allí, rompiendo su acostumbrada rutina.
Los animales eran capaces de percibir cuando su naturaleza lupina estaba en activo incluso si estaban en forma humana.
Se había acercado a la parte de atrás, dónde almacenaban el grano y el heno, pero no había notado nada anormal. Si bien era cierto que su nariz estaba bastante acostumbrada a esos fuertes olores, Nick no tenía el olfato ya tan acostumbrado y tampoco había advertido nada fuera de lo normal.
Sintió a su hermano incluso antes de verlo.
Sus ojos conectaron con los del lobo blanco antes de que este emergiese de las sombras que empezaban a caer ya sobre el rancho.
El sol dejaba tras de sí sus últimos rayos mientras se ocultaba cada vez más abajo en el horizonte.
Unos minutos más y la noche caería sobre el Hope Valley.
«¿Algo?». Le preguntó a través de su vínculo familiar.
«Un par de conejos y creo que un zorro, el cual salió por patas en cuanto me olió».
Gruñó mentalmente.
«No sé lo que has creído ver o has percibido, hermanito, pero aquí no hay nada. Ni un solo rastro de intrusos».
«Mejor así».
Quizá todo había sido cosa de su imaginación, de las ganas que tenía de encontrar un rastro, por pequeño que fuese, de Mark para poder arrancarlo del valle de una vez y por todas. Empezaba a darse cuenta de que su compañera no estaría realmente tranquila hasta que este emigrase a Siberia.
«Podemos hacer una última batida, si quieres». Sugirió Nick. Debía estar sintiendo el nerviosismo de su lobo, su inconformidad. «Cambiemos de flancos».
Dejó escapar un resoplido canino y asintió con su enorme cabeza.
«Una más y a casa».
Sería mejor que volviesen con sus compañeras antes de que empezasen a hacerse demasiadas preguntas.