Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

«Me encantó lo que vi cuando me encontré contigo. Eras completamente mi tipo, no había otro para mí. No sabía que buscaba realmente en una mujer, no hasta que te conocí. Y, Eliza, tú eres suficiente. De hecho, eres mucho más que eso, eres perfecta».

—No. No lo soy, Alex —negó ella también, aunque sus palabras habían hecho que su pecho se aligerase una vez más—. Disto mucho de ser perfecta.

«Para mí lo eres».

Deslizó la cabeza en su regazo y cerró los ojos, como si disfrutase de estar allí.

«Con tus inseguridades, con tu fortaleza interior, con esa cabezonería… Estás hecha a mi medida, cariño. Estás hecha para mí».

Y tenía que haber llegado un lobo dorado con necesidad de mimos para decirle todo aquello, para aceptarla tal y como era.

Su vida era sin duda singular.

—Pero, ¿y si estuvieses enamorado de alguien más? O comprometido. Casado incluso. —Las palabras siguieron saliendo de su boca, como si necesitase la confirmación de que él no había aceptado solo el vínculo porque no podía hacer otra cosa, sino porque, de algún modo, seguía teniendo elección.

«Hay lobos que no tienen la fortuna de encontrar a su otra mitad. No sé cómo funciona el destino, qué hace que algunos de nosotros encontremos a nuestra otra mitad y otros no».

Añadió sin cambiar de postura.

«Por eso hay muchos que eligen vivir sus vidas como lo hacéis los humanos y se comprometen a su manera con la persona que eligen, aquella de la que se enamoran».

—¿Y si luego apareciese su pareja? ¿La persona a la que está unida por ese vínculo?

Hizo un gesto similar a un encogimiento de hombros, pero en versión lupina.

«No lo sé. Quiero pensar que el destino no sería tan cruel de romper algo que ya existe, por algo que quizá no estaba destinado a llegar en esa vida».

Se movió de nuevo, acurrucándose aún más cerca, lo que significaba que prácticamente tenía una manta de pelo sobre ella y, en plena mañana de verano, eso daba un poquito de calor.

«Puede que fuese el destino el que me guio hasta ti la noche en la que llegaste, Eliza, pero fui yo el que decidió quedarse, el que quiso conocer a la mujer que estaba destinada a ser mi compañera».

Le dijo entonces.

Levantó la cabeza y esos ojos dorados se encontraron con los de ella.

«El vínculo nos une, nos llama el uno al otro, pero somos nosotros quienes decidimos que sentir. Eso nadie puede imponérnoslo».

Su cuerpo cedió completamente ante esas palabras y también lo hizo su mente. No podía evitar dudar, hacerse preguntas, pero Alex, con ese corazón de oro que tenía, acababa de cargárselas con la misma puntería con la que disparaba.

—Pues… gracias por elegirme —murmuró, esbozando una pequeña sonrisa.

«Gracias a ti por permitir que me quede a tu lado».

—Intenté echarte desde el primer día, ¿recuerdas? Se rio en su mente.

«Es una suerte que sea igual de terco que tú».

—O más aún.

«O más aún».

Había algo relajante en acariciarle, en este momento exacto, y, tanto como quería disfrutar de él, no podía dejar de pensar en la amenaza de hacía unos días.

Miró a su alrededor, a los árboles, las manzanas que volvían a cubrir el suelo, el cielo azul que se veía entre las ramas llenas de hojas, la brisa que le acariciaba el rostro con aroma a manzanas y el calor del verano.

Pensar que ese tipo pudiese estar ahí fuera, acechando en algún lugar, la ponía nerviosa.

«No está aquí».

Siempre parecía ser capaz de leerle la mente.

—Quizá debimos dar parte a la Policía del allanamiento.

«No habría servido de nada».

Su tono se volvió más oscuro, más denso.

«Le habrían dicho que no volviese a hacerlo y se habrían dedicado a otra cosa».

—¿Lo dices en serio?

«Hope Valley es un lugar pacífico. Los únicos delincuentes con los que contamos son los chicos del pueblo, alguno demasiado estúpido para su propio bien.

Mark ha sido uno de ellos durante todos estos años.

Ya le conocen. Además, su padre es el propietario de uno de los almacenes de suministros más importantes de la región y ha sido siempre un pilar para esta comunidad.

No es un mal tipo, de hecho. El hijo le salió imbécil, eso es todo».

Eliza no sabía si echarse a reír ante semejante descripción o negar con la cabeza.

«Además. Esa noche le rompí la nariz».

—¡Lo sabía! —jadeó—. Sabía que ese «no fue nada» no podría haberte dejado la mano de esa manera.

Gimoteó. Ese enorme lobo empezó a gimotear como un maldito cachorro y, acto seguido, se puso patas arriba, mostrándole la barriga.

«¿Me rascas la barriga, porfi?».

Preguntó en su mente con tono juguetón.

«Siempre he querido que alguien lo hiciera».

Lo recorrió con la mirada y entrecerró los ojos.

—Alexander Green —preguntó con voz firme, como de maestra de escuela—. ¿Le has roto la nariz a ese imbécil de un puñetazo?

«Sí. Y se lo merecía».

Gruñó, para acto seguido agitar las patas y restregar la espalda contra el suelo, moviéndose hasta dejar el cuerpo en forma de ese.

«¿Me rascas ahora?».

—Debería darte un tirón de orejas.

«Luego dejaré que lo hagas, ahora… Mi barriguita, porfa».

Volvió a gimotear, agitándose una vez más.

—Eres igual que un cachorro, ¿lo sabías? —bufó ella mirándolo de la cabeza a la cola—. Solo que enorme.

«Este enorme cachorro quiere que su compañera le rasque la barriga». Canturreó en su mente y añadió. «Prometo compensarte después».

—¿Y cómo piensas hacerlo?

«Lamiéndote entera, sin dejarme ni un solo rincón de tu cuerpo por probar».

Eliza levantó las manos de inmediato y lo señaló.

—Espero que no estés pensando en usar esa lengua para hacerlo.

Él se rio en su mente, una risa genuina, más humana ahora.

«Preferiría hacerlo de modo en que después pueda rematar la faena».

Aseguró risueño.

«Ya sabes, con mi cabeza entre tus piernas y…».

—Suficiente, lobo salido. Lo he entendido.

«Entonces, ¿me frotas la barriga?».

Eliza fingió remangarse sobre sus brazos desnudos y a continuación agitó los dedos en el aire.

—Frotarte la barriga, ¿eh? —murmuró inclinándose sobre él—.

Lo que voy a hacer es… ¡Esto! Empezó a hacerle cosquillas sobre el peludo vientre hasta que encontró ese punto exacto que parecía ser equitativo a todos los perros y que hizo que ese enorme lobo acabase «tocando la guitarra» con una de sus patas traseras.

«Oh, por favor. Esto es bochornoso».

Lo escuchó decir en su mente, pero el muy ladino se estaba riendo por dentro.

Lo sabía bien, pues sentía esa felicidad y calidez inundándola a través del vínculo que ambos compartían.

Al final ella también acabó riendo y, probablemente fuese la primera risa verdadera que había tenido en toda la semana.

—Vale, bien. Suficiente —le dijo risueña—. Ahora, ¿podrías por favor volver a ser el Alex de siempre?

El lobo se levantó, se sacudió de la cabeza a la cola y un momento después, al despejarse la neblina, apareció su compañero en sus tejanos, camiseta y camisa a cuadros.

Sus ojos verdes brillaban de pura diversión.

—Tus deseos son órdenes para mí, cariño —ronroneó, ocupando de nuevo su lugar y atrayéndola al mismo tiempo a sus brazos—. Todos y cada uno de ellos.

—Serás tonto… —sonrió ella, acariciándole la mejilla con los dedos.

—Puede que un poco, pero soy tu tonto —declaró cogiéndole los dedos con los suyos, para besárselos después—. Solo tuyo.

El resto de la mañana continuó de la misma manera, entre conversaciones, confesiones y descubrimientos, haciendo lo que cualquier pareja que intentan conocerse el uno al otro harían.

Aunque Eliza sabía que, debajo de toda esa despreocupación y diversión, su lobo seguía muy atento a lo que los rodeaba y a la amenaza que representaba Mark Sullivan.