CAPÍTULO 26
Le picaban los dedos por tocarlo.
A pesar de lo extraño e irreal que resultaba todo aquello, ahora que volvía a tenerle delante, que los engranajes de su cerebro no estaban girando a toda velocidad.
No echaban humo en un intento por encontrarle sentido a lo que tenía delante, no buscaban un patrón lógico, aunque siguiese en modo de «tengo mil preguntas».
No. En este momento, con ese precioso ejemplar de lobo delante, solo quería hundir las manos en su pelo y a comprobar si era tan suave como recordaba.
Aun cuando había visto nuevamente como esa neblina blanca lo envolvía y la figura humana de su pareja cambiaba a una de cuatro patas, al mirar al can solo veía su encarnación, no a Alex, aun cuando sentía que estaba ahí dentro, en algún lugar.
«¿Sigues conmigo o te he perdido, compañera?».
La voz que se coló en su cabeza la hizo respingar. Abrió los ojos aún más, recordando que también podía hacer eso.
—Dame un minuto. Lo estoy interiorizando.
«Vale».
Se sentó sobre sus cuartos traseros y no supo decir si era gracioso o adorable. Puede que un poco de las dos cosas. ¿Y cuándo su cola empezó a barrer el suelo? La escena subió a nivel «mira que mono».
Y mientras tanto, seguían hormigueándole los dedos por tocar a ese lobo.
—Eres tan bonito…
«Preferiría un adjetivo más varonil, pero te lo compro».
Una pequeña y nerviosa sonrisa escapó de sus labios.
—Sí, bueno. ¿Te parece mejor guapo ?
«Mucho mejor, la verdad. Va más con mi pelo».
Su risa se hizo un poco más estable, más profunda.
—De acuerdo, chico guapo. —Le sentaba bien reírse. Era mucho más fácil llevar todo esto desde el humor—. Me muero por tocarte, de verdad…
«¿Estás esperando una invitación? Soy tuyo, Eliza. Puedes acariciarme desde la cabeza a la cola todo lo que quieras. Es más, hazlo, por favor. Notar tus manos sobre mí será casi tan bueno como el sexo».
—¿En serio?
«En este momento, para mí sí».
Una risa le acarició la mente. Una mezcla humana y lupina que le produjo un cosquilleo en el bajo vientre.
—Vale. Bien. Allá voy.
Respiró hondo, como si necesitase preparación para enfrentarse a algo como esto o simplemente estuviese eligiendo la mejor forma de abordarlo. Pensaba demasiado, lo sabía, pero así era su mente, en constante trasiego, sobre todo desde que llegó a la granja.
Fue directa a la cabeza, entre las orejas y tan pronto como sus dedos se hundieron en el pelaje soltó un suspiro que podía interpretarse tanto de alivio como de absoluto placer.
¡Qué suave! Era como tocar algodón. Su pelo no era nada áspero y era tan espeso que acabó preguntando:
—¿No tienes calor con todo este pelo?
«No. Mi lobo regula su propia temperatura».
—¿Eso es posible?
«Según mi experiencia, lo es».
Y tenía bastante, sin duda. Toda una vida.
—¿Naciste humano o…?
«Humano».
Volvió a reírse en su mente mientras echaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos en una expresión de placer típicamente canina.
«Si me rascas detrás de las orejas, ya sería la hostia».
Se quedó quieta después de escuchar tal apreciación. Fue solo un segundo y, entonces, se encontró haciendo lo que le había pedido.
«Oh, sí. Ahí. Justo ahí».
Gimió de puro placer. En su mente, por supuesto, aunque su expresión lupina parecía estar en el mismo punto de felicidad.
«No pares».
Se rio entre dientes. No pudo evitarlo. Era tan absurdo y al mismo tiempo tan mágico.
«Um… ¿Dónde estábamos? Ah, sí. Humano. Nacemos como humanos.
No tenemos nuestro primer cambio hasta más o menos la pubertad.
Es entonces cuando empiezan a aflorar nuestros instintos primitivos y empezamos a ser conscientes de ese lado salvaje.
Es una etapa de aprendizaje y convivencia, de encontrar el equilibrio entre nuestro lado humano y el lupino».
Y aquel encuentro matutino bajo los manzanos acababa de convertirse en una masterclass lupina, pensó divertida.
Esa última semana había sido bastante tensa. La amenaza de Mark se había convertido en un nubarrón que parecía sobrevolar toda la granja.
Si bien Alex se había encargado de asegurar puertas y ventanas, especialmente la del cuarto de baño, e incluso instaló un circuito de video vigilancia, aquello no parecía ser suficiente para su pareja. Esos días de convivencia absoluta también habían sido un aprendizaje para los dos.
Encontrar el equilibrio fue incluso demasiado fácil.
Todo se sentía correcto, en su lugar y, siendo sincera consigo misma, no podía negar que tenerle aquí y saber que no se marcharía al caer la tarde, había eliminado también ese puntito de ansiedad que solía recorrerla.
Por no decir que al fin estaba durmiendo bien.
Aunque claro, sería difícil no hacerlo después de las magníficas sesiones de sexo que la dejaban completamente agotada y satisfecha. Alex era un amante tierno, pero también fogoso. Y le encantaba esa parte de él.
Su nueva rutina incluía también que su compañero se levantase al alba y se fuese a su rancho. Si bien al principio había llevado consigo la camioneta, yendo y viniendo en coche, desde hace unos días había preferido usar un medio de transporte menos contaminante y que le permitía estirar las patas.
Verlo mudar de piel , como decía él, había hecho que se fuese acostumbrando a un fenómeno que era como un truco de magia para ella.
Salía corriendo hacia el huerto, cruzaba los árboles y entraba en su propiedad para ocuparse de su yeguada.
Y de Phineas. Ese semental no era un caballo más, era como una parte más de Alex.
Le había hablado de cómo había llegado a su vida siendo solo un potrillo, como en vez de asustarse sentía curiosidad por su lobo, como solían «jugar».
Ese American Quarter no era solo un caballo, era parte de su corazón, así que comprendía perfectamente que se negase a desprenderse de él en una transacción comercial.
Y ese había sido el principio de sus problemas con Mark Sullivan. La insistencia de ese tipo por hacerse con el caballo, no porque estuviese interesado en la cría, sino porque, al parecer, ambicionaba todo lo que era de Alex.
Su compañero no tenía la menor idea de dónde venía tal obsesión, tan solo sabía que era algo que llevaba enconado años.
Era como si Mark estuviese metido en una eterna competición de haber quién era el mejor, quién tenía más éxito, lo cual lo llevaba a desear todo lo que había conseguido Alex con su propio esfuerzo.
El tipo siempre había sido un grano en el culo, pero de un tiempo a esta parte, lo que había sido una simple molestia había escalado posiciones hasta el punto de cruzar una línea que, para un lobo era inadmisible.
Jamás se tocaba a la pareja vinculada de otro lobo y mucho menos cuando dicho lobo acababa de emparejarse.
Según él, era un momento delicado para ellos, uno de profunda territorialidad, de ahí que hubiese llegado incluso a pedirle disculpas a ella si veía que en algún momento se ponían en plan «hombre de las cavernas».
Alex era el hombre más dulce y cariñoso que había conocido en su vida y siempre anteponía sus necesidades y su salud mental a la de él. Era cuidadoso, tierno y paciente, algo que ella necesitaba después de su reciente catarsis.
Volvió a hundir los dedos en su pelo, resbalando ahora por su cuello, donde era incluso más espeso, y saboreó el extraño placer de poder hacer algo como esto. Su pelaje marrón dorado era una tentadora invitación.
Como si le hubiese leído el pensamiento, bajó empezó a estirar las patas delanteras hasta tumbarse completamente en el suelo, llevándola con ella en el proceso.
Su chico tenía claro lo que iban a hacer esa mañana; nada en absoluto. Decía que se habían ganado unas horas de descanso, para simplemente estar juntos y conocerse, para sentarse a la sombra de los manzanos y disfrutar de los sonidos de la naturaleza y del calor del verano.
No le había parecido un mal plan, así que cogió una manta, una cesta con algo para comer y beber y aquí estaban, disfrutando de una mañana sin golpes de martillo, el sonido de las sierras o el olor de los productos de limpieza.
—Háblame del emparejamiento. De este vínculo… —pidió acomodándose a su lado en el suelo, lo bastante cerca como para poder seguir acariciándole.
«¿Qué quieres saber exactamente?».
—¿Todo?
Lo escuchó resoplar, un sonido muy canino, mientras duplicaba el gesto en su mente, solo que con un toque de diversión.
«Como ya te comenté, los lobos somos monógamos. Ya sea por nuestra naturaleza dual o por que el destino tenía planes para mi pueblo, nos ha concedido la oportunidad de experimentar una unión verdadera, de las que no se rompen con el paso del tiempo, de las que son eternas».
Su voz sonaba ronca en su mente, como si el lobo también estuviese hablando a través de él.
«Si eres uno de esos afortunados, encuentras en tu pareja esa parte de ti que no sabías que te faltaba hasta que la tienes delante».
Empujó la cabeza contra su mano y Eliza no pudo evitar estremecerse de placer ante el gesto.
«Ella o él se convierte en todo lo que te importa, lo que te complementa, la razón por la que has sido puesto en este mundo. Y, lo más importante, en cuanto la hueles… Tu soltería se va a la mierda y ya no tienes en mente nada más que a esa personita a la que deseas por encima de todo».
—Entonces, ¿es todo una cuestión de olores?
Sacudió la cabeza, acentuando la negativa que acompañaba sus palabras.
«No. Pero es sin duda uno de los momentos en que nuestro cerebro hace clic. Es una reacción fisiológica, además de mental. Es como si estuviésemos programados desde nuestro nacimiento a reconocer ese aroma, a saber que nos pertenece y a partir de ese momento… No hay nada más para un lobo».
—¿Pero eso no os priva de libertad de elección? —preguntó curiosa—. Quiero decir, ¿y si no te gusta la persona que tienes delante? ¿Y si no es tu tipo? ¿Y si es todo lo contrario a lo que buscas en una mujer? ¿Y si no es… suficiente?