CAPÍTULO 25
Eliza se despertó de golpe. Abrió los ojos y se movió inquieta, incorporándose hasta quedarse sentada. La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz tenue que se colaba por debajo de la puerta.
Durante un segundo, permaneció inmóvil, con la mente todavía atrapada entre el sueño y la vigilia. Parpadeó un par de veces, desorientada. Todavía estaba adormilada, lo suficiente como para que frunciese el ceño al encontrarse desnuda.
Hasta que… ¡Oh! Sí. Era difícil olvidar algo como eso.
Tiró de la sábana para envolverse con ella, pero no dejó el lecho, todavía no al menos. Se estiró para encender la lámpara de la mesilla de noche. El lado contrario de la cama estaba vacío, las sábanas guardaban su calor, su olor… pero él no estaba.
—¿Alex…? —Lo llamó, sintiendo que lo que quiera que la hubiese despertado tenía que ver con su ausencia. No sabía de dónde venía semejante certeza, pero lo sentía.
Agudizó el oído, intentando escuchar algo, pero la casa estaba en completo silencio .
—Pero, ¿dónde se ha metido?
Tiró de la sábana hasta arrancarla de la parte de abajo y se envolvió en ella como una toga, deslizó las piernas por un lateral y se levantó.
Se movió por pura inercia, abrió la puerta del dormitorio y asomó la cabeza viendo que las luces de la casa seguían encendidas.
Eso le dio valor para dejar el cuarto y avanzar con pasos lentos por el pasillo.
Se dejó llevar por esa conexión que ahora sabía existía entre ellos, la que siempre le había advertido de dónde estaba, de su proximidad.
Caminó descalza, entró en la cocina y supo, aún antes de que la puerta del porche trasero se abriese, que él estaba fuera.
Sin embargo, el hombre que entró en su cocina distaba mucho de ser el que había compartido su cama hasta hacía unos momentos.
Había algo oscuro, primitivo en esa mirada, en la manera en la que se movía y, durante una décima de segundo se quedó completamente inmóvil, sin saber cómo actuar.
—Alex…
El nombre escapó de sus labios y esos ojos verdes, hoy quizá un poco más dorados, se clavaron en ella con una intensidad que, si bien la asustaba, sabía que podía combatirla.
Se movió sin pensar, hacia él y cogió una de sus manos entre las suyas. En el momento en que la miró y vio los nudillos rojos e hinchados, supo que había pasado algo.
Eliza levantó de nuevo la cabeza y lo observó. Su expresión se había suavizado y esa oscuridad, su lobo, comprendió, empezó a retroceder, cediendo el espacio de nuevo a su encarnación más humana.
—¿Estás bien? —insistió ella con suavidad, reteniendo su mano más grande entre las de ella—. ¿Vas a decirme qué ha pasado? ¿Por favor?
Empezó a perder la tensión y, antes de darse cuenta, se encontró con él sobre ella, su boca tomando posesión de la de ella en un beso urgente, rápido y profundo .
No se apartó. Sintió el gruñido en su pecho antes incluso de escucharlo, esa vibración profunda que no era del todo humana… pero tampoco le resultaba ajena ya.
—Eres mía —lo escuchó gruñir—. No dejaré que nadie te aparte de mí.
El aire se volvió denso entre ambos, antes esas palabras la habrían hecho retroceder, pero ahora… No. Nunca.
Alzó la mano con cuidado, todavía sosteniendo la suya, y la llevó hasta su rostro. Le rozó la mejilla con los dedos, descendiendo lentamente hasta su mandíbula, obligándolo a mirarla de verdad.
—Alex… —Su voz fue suave, pero firme—. Mírame.
Él tardó un segundo, solo uno, pero fue suficiente para que notase la lucha que existía bajo su piel, ese pulso salvaje que aún no terminaba de calmarse.
Finalmente, sus ojos se centraron en los de ella, más claros, más presentes, más él.
—¿Qué ha pasado? —insistió, sin apartar la mirada—. ¿Cómo te has hecho esto? —Bajó un instante la vista hacia sus nudillos—. Y ni se te ocurra decirme que no ha sido nada.
Él no dijo nada durante un momento. Seguía tenso, incómodo y, sobre todo, molesto, aunque ninguna de esas emociones iban dirigidas a ella.
Notó como su mano se cerraba alrededor de la suya, pero no para apartarla, sino como si necesitase su contacto para anclarse.
—Ha estado aquí —dijo al fin.
La manera en que dijo aquello fue suficiente para que ella se quedase completamente quieta.
—¿Quién…? —preguntó, aunque creía conocer la respuesta. Estaba todo en su cara—. Mark.
Alex asintió una sola vez, confirmándolo.
—Ese desgraciado se ha colado una vez más en la propiedad —añadió en un tono bajo, controlado por pura fuerza de voluntad—. Estaba ahí fuera. Y… es posible que no haya sido la primera vez.
Eliza tragó saliva. El estómago le dio un vuelco, pero no de miedo, no como antes. Se trataba más bien de… ¿rabia?
—¿Qué quieres decir? ¿Qué ha estado merodeando por mi propiedad mientras yo estaba en casa? —preguntó, bajando la voz casi de forma instintiva—. ¿Mientras nosotros…?
Ahora sí que se le revolvió el estómago del todo. La sola idea la hizo querer vomitar.
Alex dio un paso más hacia ella.
—No —interrumpió sus pensamientos—. Si hubiese estado ahí cuando llegué, lo hubiese sabido.
—Una pausa breve—. Ha tenido que aprovechar los momentos en los que no estabas, los que fuiste al pueblo a hacer compras o…
No lo sé. Pero no volverá a pasar, ese hijo de puta no va a volver a acercarse a ti. No lo permitiré.
No tenía duda al respecto. Ni una sola.
Eliza lo miró durante unos instantes.
—¿Crees que sigue ahí fuera? Él negó con la cabeza de manera rotunda.
—Se ha ido.
Eliza entrecerró ligeramente los ojos.
La manera en la que lo había dicho, no le parecía algo definitivo.
—Eso no ha sonado a «ese cabrón no volverá a molestar».
Alex exhaló despacio.
—Porque no estoy seguro de que no vuelva a hacerlo.
Se hizo el silencio entre los dos, la respuesta de su amante no era una que quisiera escuchar en esos momentos.
—Creo que vino buscando respuestas y las ha encontrado.
Eliza sintió ese pequeño tirón en el pecho.
—¿Qué clase de respuestas?
—Quién eres para mí.
Frunció el ceño, sin entender qué tenía que ver eso con…
Miró a Alex a los ojos y vio la respuesta a la pregunta que ni siquiera había formulado.
Asintió con la cabeza y lo confirmó con palabras:
—Sabe que eres mi compañera —le informó él—. Ese hombre quiere todo lo que no puede tener. Todo lo que me pertenece y jamás le entregaré.
Le bajó un escalofrío por la columna al pensar en la obsesión de ese hombre, en lo que parecía estar dispuesto a hacer para salirse con la suya.
—La llamada… —Su mente volvió al momento en el que él la llamó, poco después de salir del Hope Valley Ranch.
—Estuvo en el rancho —confirmó, haciendo que se estremeciese una vez más involuntariamente—. El que se presentase aquel día para darte la bienvenida, el que se haya colado en tu casa… Es todo culpa mía. Tenía que haberme dado cuenta antes, pero… No pensé que podría llegar tan lejos.
Y si él, que parecía conocerle, no lo sabía, ¿qué había de ella? Eliza sí que no tenía ni la más maldita idea de quién era ese hombre, ni hasta dónde era capaz de llegar.
Aunque viendo cómo había actuado al allanar su casa…
—Y… ¿Y ahora? —preguntó, volvió a alzar la vista—. ¿Qué crees que va a hacer?
Alex no respondió de inmediato, lo cual no era una buena señal, pero cuando al fin lo hizo, no se anduvo por las ramas.
—Va a volver —dijo al fin.
Eliza asintió despacio y se limitó a responder con un:
—Bien.
Alex frunció el ceño.
—¿Bien?
Ella lo miró y asintió.
—Sí. Bien —repitió y añadió con total intención—. Ya te dije que no voy a irme a ninguna parte. Esta es mi casa y le meteré una bala en el culo a cualquiera que se atreva a poner los pies en mi propiedad sin mi permiso. Aunque tenga que comprarme una puñetera escopeta para hacerlo.
—¿Sabes disparar?
La pregunta fue tan casual que no pudo evitar sonreír a pesar de que el momento no lo ameritaba.
—Teniendo en cuenta que parece dársete bien prácticamente todo, supongo que tú sí sabes, así que podrás enseñarme, ¿no?
Alex la miró como si no terminase de creérselo.
—No voy a salir corriendo, Alex —le recordó—. Ya te lo dije.
Algo cambió en el semblante de su pareja. Sacudió la cabeza, como si necesitase despejarse y la miró de arriba abajo.
—No sé si me pone cachondo o me da un miedo terrible que tengas un rifle en las manos, cariño —aseguró él con ese tono ligero que indicaba que lo más duro de la conversación había pasado—. Pero si eso es lo que quieres, que así sea. Te enseñaré a disparar.
—¡ Yupi ! —respondió, arrancándole una sonrisa. Entonces, se aventuró a hacer la única pregunta que faltaba—. ¿Eso quiere decir que seguirás viniendo a verme todos los días?
Alex frunció el ceño y negó con la cabeza.
—No voy a venir a verte todos los días —reforzó su negativa, provocándole una punzada en el pecho—. Me mudo aquí contigo, Eliza Carmody. Mi lugar siempre va a estar dónde tú estés. Grábatelo, compañera.
El corazón se le aceleró al escuchar la seguridad con la que pronunció aquellas palabras.
—¿Y Phineas? ¿Y tus caballos?
—El rancho está a la vuelta de la esquina y ahora cuento con un nuevo capataz que podrá encargarse de todo en mi ausencia —le recordó, cogiendo ahora su barbilla y elevándola para que sus ojos se encontrasen—. Pero tú, mi dulce y bonita compañera, estás aquí. Y ese es mi sitio.
Dicho eso, la besó fugazmente en los labios.
Esta batalla la iban a enfrentar juntos, costase lo que costase.