CAPÍTULO 24
La noche había descendido como un manto sobre la granja.
El silencio no era absoluto, pero sí lo bastante profundo como para que cualquier sonido destacase más de lo normal.
El viento se deslizaba entre los árboles, arrastrando hojas secas y susurrando contra la madera de la casa, aunque Eliza probablemente no lo notaría.
Dentro todo parecía en calma y ella dormía plácidamente.
Se dio el gusto de contemplarla, recostada sobre el colchón, la sábana cubriendo esa cremosa piel clara y el pelo rubio desparramado sobre la almohada. Su rostro lucía una expresión de tranquilidad que sabía no había tenido en días.
¿Debería decirle que había dormido en el porche en su forma de lobo?
¿Qué a veces se había aventurado en su dormitorio, empujando la puerta con la nariz, para verla dormir?
Parecía que, cuando estaba cerca, era cuando al fin conseguía conciliar el sueño, pues de lo contrario no dejaba de dar vueltas en la cama.
Alex sonrió. Su compañera . Al fin todo estaba en su sitio .
Se llevó la mano al pecho desnudo y se lo frotó.
Su lobo estaba satisfecho, tranquilo, aplacado ahora que había reclamado oficialmente a su compañera.
Su propio espíritu estaba en paz, pero solo en lo que se refería a ella, pues más allá de esa puerta, seguía acechando algo que no le gustaba un pelo.
Había dejado la cama hacía un rato, no porque no estuviese cómodo acostado junto a ella, envolviendo su cuerpo desnudo entre sus brazos, sino porque no podía dejar de pensar en la intrusión que había tenido lugar en su casa.
Resbaló la mano una última vez sobre su piel, reacio a separase de ella, a romper el contacto, como si una parte de él necesitase todavía asegurarse de que estaba allí.
Al final, las bromas de que un lobo no pensaba correctamente hasta después de haber pasado toda una semana en la cama con su mujer, iba a ser verdad.
Desgraciadamente ahora no contaba con esa semana, ni siquiera con diez minutos más, no mientras hubiese una amenaza latente en el aire.
Ella se removió bajo su toque, soltando un pequeño suspiro, pero no se despertó. Estaba agotada.
Se levantó del colchón sin hacer ruido, midiendo cada movimiento para no importunarla.
Quería dejarla dormir. Necesitaba el descanso, las media lunas negras que asomaban bajo sus ojos eran un claro indicativo de que no estaba durmiendo todo lo que necesitaba; algo a lo que pensaba ponerle remedio a partir de esta misma noche.
Abandonó la habitación, cerró la puerta con extremo cuidado y permaneció quieto, escuchando.
Silencio.
Las luces de la casa seguían encendidas. Se habían olvidado por completo de todo en cuanto entraron en el dormitorio, pero estaba bien, eso evitaba que tuviese que andar a tientas.
Su visión nocturna era buena, pero cuando estaba en forma de lobo, por lo demás, aunque un poco más agudizada, seguía siendo humano. Caminó con cuidado, el suelo, traidor, delató sus pasos en determinados lugares. No habría podido evitarlo de ningún otro modo.
Se detuvo en el salón, sus sentidos completamente alerta.
Su lobo estaba expectante, su fino oído captó algo, pero no venía de la casa, sino de fuera.
Volvió a olfatear el aire en el hogar. La presencia de Eliza había dejado ahora su huella, ese delicioso aroma a manzanas y flores silvestres, pero había algo más, eso que no pertenecía a la vivienda y que ya había notado antes.
Aceite, metal y ese rastro residual de tabaco que no encajaba en este lugar, ni con ella.
Apretó la mandíbula y retrocedió sobre sus pasos, echó un último vistazo al dormitorio, asegurándose de que seguía dormida y continuó hacia la cocina. No se detuvo allí, giró la llave en la cerradura y salió al porche trasero.
Ahí estaba. Más fuerte ahora, más vivo, no como algo residual, sino como la huella de algo o de alguien que seguía por la zona.
Gruñó de manera instintiva y cerró la puerta detrás de él.
El porche quedaba en penumbra, iluminado solo por la débil luz que se filtraba a través de las cortinas blancas de la cocina. Las sombras se alargaban sobre el suelo, deformando las formas familiares de la casa en algo más incierto.
Dio un paso hacia fuera, luego otro, el suelo de madera volvió a crujir bajo su peso, pero esta vez lo esperaba. Sabía exactamente dónde pisar para hacerse notar, para advertirle a quien quiera que estuviese ahí fuera de su presencia.
Su lobo se había asomado a sus ojos, estaba muy cerca de su piel, prestándole cada uno de sus afinados sentidos.
Y fue gracias a ellos que notó el cambio en el aire.
Era sutil, sí. Su presa se había colocado de modo que no llegase ningún olor delator hasta la casa, pero incluso esos trucos fallaban ante un rastreador experimentado.
Dejó vagar la mirada por la densa oscuridad que se extendía más allá de la línea del porche. No había movimientos perceptibles, nada visible todavía, pero estaba ahí. Lo sabía con absoluta certeza.
—Sal —dijo en voz baja, acompañando sus palabras con un gruñido de advertencia. Al principio solo le respondió el silencio, pero esperó. Sabía que antes o después esa comadreja haría acto de presencia.
Y no se equivocó. El sonido de tela rozando la madera inundó la noche, no era algo realmente audible, pero lo captó igual que si se hubiese producido un cañonazo.
Una sombra se separó de la pared del cobertizo, se movía con lentitud y era demasiado alta como para ser tan solo un efecto óptico.
Esperó. No movió un solo músculo, se limitó a aguardar y observar cada movimiento, a escuchar cada roce de las hojas y la hierba, el crujido de alguna ramita bajo lo que eran sin duda pies.
Y, con cada segundo que pasaba, su lobo se acoplaba más y más a su piel, tan presente que no sabría decir dónde empezaba el humano y terminaba la bestia.
—Te has tomado tu tiempo —dijo la voz—. ¿Te lo has pasado bien?
Apretó los dientes y contuvo el gruñido que pugnaba en su garganta, un sonido demasiado animal. El hedor del tabaco y el aceite de motor se hizo más evidente. Era una silenciosa confirmación de sus previas sospechas.
Alex dio entonces un paso al frente, saliendo a recibir al recién llegado.
—Dame una buena jodida razón para que no te mate aquí mismo y entierre tu puto cadáver.
La figura avanzó lo justo para que la luz perfilase parcialmente su rostro. La sonrisa fue lo primero que se distinguió.
—¿Y manchar de sangre un porche tan bonito? —chasqueó el recién llegado—. Te ha quedado bien la reforma, por cierto. Si llego a saber que la conejita pagaba en especias, me habría postulado antes para…
Gruñó. Un sonido de advertencia, salvaje, inhumano salió de su garganta, cortando al imbécil de raíz.
—Si aprecias en algo tu piel, no volverás a dirigirte a ella de esa ni de ninguna otra manera.
Era una amenaza en toda regla. Si fuera inteligente, la cogería al vuelo y cerraría la boca, pero ese imbécil carecía de tal cosa. Al menos para hacer algo bueno con ella.
—Mejor aún, no vuelvas a acercarte a ella ni a merodear por su propiedad.
La respuesta llegó en forma de una leve risa.
—Eso no depende de ti, Alex.
Apretó una vez más la mandíbula con tanta fuerza que llegó a pensar que se rompería una muela, pero mantuvo la calma. Lo último que necesitaba era empezar una pelea allí, en especial con él.
Había normas entre los suyos y no tenía ganas de tener que darle explicaciones al ejecutor de su raza.
—Te equivocas —respondió con una calma mortal. Su voz se había vuelto más grave, más animal—. Todo lo que tenga que ver con ella… me incumbe.
La sonrisa del otro se ensanchó apenas.
—Entonces esto va a ser interesante, ¿no? Un segundo.
Eso fue todo lo que necesitó el valle para contener el aliento y tensarse como una cuerda a punto de romperse. No hizo falta nada más para que su naturaleza primitiva tomara el control y cruzase el espacio entre ambos a una velocidad que no era del todo humana.
Su mano se cerró sobre la camiseta del intruso, empujándolo contra la pared con un golpe seco que hizo vibrar la madera del porche.
—Te advertí que te mantuvieses alejado de ella —gruñó, su voz baja, cargada de algo que ya no era solo humano.
La sonrisa de Mark no desapareció ni siquiera entonces, ladeó la cabeza ligeramente, como si evaluase la situación más que sufrirla.
—¿Y perder la oportunidad de conocer mejor a esa bonita hembra humana?
Alex apretó aún más, lo suficiente como para dejar claro que no estaba de farol.
—Aléjate de ella.
Un segundo de tensión absoluta y entonces… El aire cambió.
No hubo advertencia. El intruso giró sobre sí mismo con una rapidez antinatural, liberándose del agarre con una maniobra limpia, precisa. Su brazo impactó contra el de él desviándolo, rompiendo el contacto lo justo para ganar espacio.
Había sido rápido. Sin duda había aprendido un par de cosas desde la última vez que se vieron las caras.
Retrocedió medio paso, midiendo la distancia, sin perder de vista a ese cantamañanas.
—Interesante, Green, muy interesante… —murmuró, sacudiéndose la ropa como si nada hubiese pasado—. De verdad que sí.
No se molestó en responder, no era necesario. Solo un tonto haría algo tan estúpido como para desafiar a uno de los hermanos Green en Hope Valley, bajo la mirada del alfa de Carolina del Norte.
—Lárgate.
No era una sugerencia. Si no movía el culo y volvía a su territorio ahora mismo, estaría realmente en problemas.
La sonrisa del tipo se tensó tan solo un poco, su mirada se desvió, pasando de él a la puerta cerrada a sus espaldas. No tenía que saber lo que estaba mirando, lo que estaba pensando, el hecho de que hubiese puesto sus ojos sobre esa puerta era suficiente.
—Si quieres conservar la vida, ni lo imagines siquiera. —La advertencia salió de su garganta en forma de bajo gruñido.
La sonrisa de su oponente se hizo más ladeada, sus ojos se abrieron ligeramente, mostrando un ávido interés. Esto era lo que había estado buscando, una confirmación.
—Sabía que tenía que existir una razón de peso para que pasases tanto tiempo aquí —murmuró, casi para sí mismo—. Tu olor está por toda la casa… y ahora también en ella, según… huelo. ¿Qué tal folla? Ese lobo había pasado del nivel imbécil al nivel suicida.
No tenía idea del terreno que estaba pisando, de lo peligroso que era para otro macho, en especial para uno por el que no tenía especial afecto, de lo que significaba rondar a una pareja recién vinculada. Y menos aún a una compañera reclamada.
Alex comprobó, en ese mismo momento, que lo que decían sobre la volatilidad de los lobos vinculados no era una exageración.
El lobo decidió por él, dominó su lado humano con tanta rapidez que solo notó su propio puño impactando contra el rostro de aquella potencial amenaza.
El golpe lo hizo echar la cabeza hacia atrás con un gesto de sorpresa, escuchó el crujido de huesos, olió la sangre goteando de la nariz y vio esa mirada, abriéndose, mientras una burlona sonrisa le curvaba los labios.
Lo vio llevarse la mano a la cara, limpiándose la sangre, haciendo una mueca a tocar lo que sin duda estaría roto.
—Vale… Tomaré eso como un sí. —Su voz sonaba extraña, ya bien por el dolor del golpe o por lo que le había hecho en la nariz.
No volvió a hablar, no hacía falta, su lenguaje corporal hablaba por sí solo. Su lobo había dejado claro con su reacción lo que significaba aquello.
No te acerques.
No la mires.
No respires cerca de ella o te mataré.
Seguía en tensión, listo para cometer la mayor estupidez de su vida si ese imbécil volvía a referirse a su mujer en semejantes términos. O en cualquier otro, ya no le importaba. Por suerte, o porque había tenido suficiente, el intruso retrocedió .
Lo siguió con la mirada, no le perdió de vista ni un solo segundo.
—Qué cosas tiene el destino, ¿no? —añadió entonces con una calma que no encajaba con lo que se había desatado allí—. Ha dejado a la novia en la puerta equivocada. Dale saludos a la encantadora Elizabeth de mi parte. Dile que volveré a verla… otro día.
Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo de contención para mantener los pies clavados en la tierra y solo porque el mequetrefe de Sullivan había dado por fin media vuelta y se alejaba de la propiedad, oculto como la vil comadreja que era, entre las sombras.