CAPÍTULO 23 #3
Lo escuchó gruñir y ese sonido le provocó un escalofrío de puro placer una vez más.
—Lo quiero todo de ti, lobo —confirmó, sosteniéndole la mirada—. Todo.
—En ese caso, prepárate, cariño —le cogió las manos y se las llevó a sus propios labios, besándole el pulso de cada uno—, porque las cosas entre nosotros van a ponerse intensas.
—Bien. Es justo lo que quiero.
Y lo quería. Por muy loco y absurdo que fuese ese pensamiento, por muy lejos que estuviese de su habitual zona de confort, con él era lo que deseaba. No quería delicadeza, quería pasión desbordada, quería ser follada en condiciones, sentir que era suya, que le pertenecía por completo.
El siguiente beso fue demoledor, visceral y la dejó jadeando.
Su cuerpo reaccionaba hambriento a sus caricias, se acercaba más a esas manos, a esa boca que no dudó en caer sobre ella.
Y entonces, Eliza dejó escapar un jadeo de sorpresa al verse empujada de espadas sobre la cama sin previo aviso.
Su compañero la siguió al momento, sus ojos mucho más brillantes, sus pupilas algo más pequeñas, como si no solo fuese Alex quién la acechaba, sino también ese lobo dorado.
—Voy a lamerte entera, compañera —declaró con voz grave—. No voy a dejar ni un solo lugar de ti sin saborear.
Antes de que pudiese encontrar siquiera el aliento para hablar, esa pecaminosa boca acabó sobre sus pechos, cerrando los labios sobre uno de sus pezones mientras sus manos vagaban sobre su cuerpo, acariciándola y aumentando, si eso era posible, el placer que ya sentía.
Eliza se retorció bajo él, arqueando la espalda para empujarse más en su boca, para obtener más de esa traviesa lengua que le provocaba todo tipo de eróticas sensaciones. Una mano acabó entonces entre sus piernas, acariciándola, empapándose los dedos con su humedad antes de entrar en ella.
Debería haberse sentido cohibida, pero no podía encontrar ni una sola pizca de vergüenza en aquellos momentos, no cuando él la miraba como lo hacía, con ese deseo, con esa posesividad.
En la vida se había sentido tan sexy, tan bien mientras él la masturbaba, sus ojos clavados en su rostro, sin querer perderse un solo momento de su expresión.
Se sentía expuesta, pero era una exposición de la que disfrutaba, que la enardecía y hacía que quisiera entregarse por completo a él. Y no porque fuese lo correcto, sino porque lo deseaba con toda su alma.
Alzó las caderas, deseando más de sus dedos, más profundidad, pero en vez de dárselo, él se rio y se inclinó sobre ella, sin dejar de penetrarla.
—Quiero que te corras en mi boca, ni un segundo antes —le dijo y, fiel a su palabra, bajó sobre su cuerpo, haciéndola perder momentáneamente la íntima invasión de sus dedos para sustituirlos con su lengua.
—¡Alex! —Echó la cabeza hacia atrás y jadeó su nombre.
Ese hombre sí sabía cómo usar la boca y sobre todo su lengua.
No se contuvo lo más mínimo, la lamió y chupó hasta tenerla retorciéndose bajo él, jugó con su clítoris, se tomó su tiempo torturándola hasta que solo le quedó una opción, la de rendirse por completo a él.
Y, cuando se corrió, no se detuvo, sino que permaneció entre sus piernas, lamiéndola hasta que consideró que estaba completamente satisfecho.
Eliza todavía temblaba por la reciente liberación cuando se vio arrastrada al borde de la cama.
Dejó escapar un gemido y lo miró por encima de su cuerpo.
Las fuertes y callosas manos resbalando por debajo de sus muslos, sus piernas abiertas y levantadas, ancladas por encima de sus brazos.
Era imposible no sentirse expuesta en esa posición, pero no podía importarle menos cuando la expresión en el rostro de ese hombre era tan salvaje y desinhibida. Pura lujuria.
—Mía —declaró y su voz sonó más ronca y oscura que nunca—. Para siempre.
—Alex… —murmuró su nombre solo para perderse en un nuevo jadeo al sentir como entraba en ella. En esa posición podía notar todo su grosor y longitud, cómo se deslizaba en su interior, po seyéndola—. Oh, Dios.
Se aferró a las sábanas de la cama, preocupada por salir disparada del colchón. Su cuerpo estaba en llamas, el corazón le latía a toda velocidad y el aroma masculino lo envolvía todo, en especial a ella, haciendo que no hubiese nada más que él en su mente en esos momentos.
Desde el momento en que se convirtieron en uno, Eliza sintió que al fin todo encajaba en su sitio, que estaba completa.
No había nada más perfecto que ese momento, que ese hombre moviéndose con ella, en su interior.
Todo lo demás dejó de importar, se entregó al placer, a la creciente necesidad que la hacía acompasar cada empujón con un movimiento de sus propias caderas.
Al fin todo cobraba sentido. No se trataba solo de su mente, ni tampoco de su cuerpo, era una mezcla de ambas, una conexión que iba más allá de todo lo conocido y que la unía irremediablemente a este hombre como nunca había estado unido a ningún otro.
Nada ni nadie existía para ella en aquella habitación que no fuese él. Alex, su compañero, su lobo.
Se aferró a él y gritó su nombre cuando un segundo orgasmo la alcanzó, haciéndola estallar de éxtasis.
Su cuerpo tembló, su sexo ciñéndose en torno a su miembro, como si desease mantenerle allí para siempre, unido a ella.
Su pareja no tardó mucho en unírsele, encontrando su propio alivio con el nombre de ella en los labios, antes de colapsar.
Nunca el peso de un hombre se sintió también como el de Alex sobre ella. Ni siquiera lo pensó, lo envolvió con los brazos y disfrutó de ese breve momento en el que él era suyo y solo suyo, uno que, pasase lo que pasase mañana, recordaría para siempre.