CAPÍTULO 23 #2
—Me has preguntado muchas veces qué pasaba entre nosotros.
Vi en tu rostro la incomprensión y la desazón por cosas que no entendías y yo no podía explicártelas sin mostrarte quién era, pues no las entenderías…
Y es posible que, incluso ahora, todavía te cueste entenderlas.
—Su palma vagó hasta posarse ahora entre sus pechos—.
Ese tirón en tu interior, eso que te llama, que te empuja hacia mí, es lo mismo que me llama y me empuja hacia ti.
Es nuestro vínculo, Eliza, porque tú eres la mujer que el destino ha elegido para mí; mi compañera predestinada.
Respuestas. Al fin tenía las respuestas que había estado buscando, aunque fuesen más complicadas de entender de lo que había esperado. Él debió verlo en su rostro, pues se apartó un poco más y, casi con timidez, preguntó.
—Si no deseas seguir adelante, podemos dejarlo aquí ahora y…
Le tapó la boca con la mano y negó con la cabeza.
—Quiero esto. Te quiero a ti —admitió inclinándose sobre su propia mano—. Dejemos las preguntas y las respuestas para más adelante.
Retiró la mano y dejó que sus labios hablasen de nuevo sobre los de él.
El beso volvió a encontrarlos, más lento esta vez, más profundo, como si ya no hubiese prisa, como si ese momento les perteneciese por completo. Eliza deslizó las manos por su pecho, notando la firmeza de su cuerpo, la tensión que aún no había desaparecido del todo.
Ahora todo tenía sentido. Esa sensación, lo que sentía en su presencia, cada vez que él no estaba… Al fin había un poco de luz y era una de lo más agradable.
—Te lo dije, Alexander Green —susurró contra su boca—. No voy a salir corriendo.
Se quedó quieto un instante y después, todo él se relajó, ahora de verdad, como si al fin hubiese aceptado que ella no se iría a ninguna parte.
—Entonces, quédate —musitó el lobo, pronunciando aquello que hubiese querido que alguien le dijese alguna vez. No por egoísmo, ni por comodidad, sino porque realmente deseaban que lo hiciese, que fuese parte de algo, de alguien.
Asintió, sus dedos entrelazándose con los de él, manteniéndolos contra su pecho, apoyándolos ahí.
—Me quedaré —afirmó. Y esta vez no hubo dudas, no apartó la mirada al decirlo, no sintió que se estaba traicionando a sí misma—. Me quedo, Alex. Me quedo.
La confirmación de sus deseos quedó suspendida entre ambos, una promesa que iba mucho más allá de esa noche.
Él no respondió con palabras, no eran necesarias.
Sus manos decían más que cualquier frase bien escogida, que cualquier elaborada declaración y lo demostraron sobre su cuerpo, con una seguridad distinta, como si esa rendición por parte de ella hubiese roto la última barrera que lo retenía.
Volvieron a besarse. Parecían estar tan sedientos el uno del otro que sus bocas necesitaban encontrarse una y otra vez.
Eliza sintió cómo la respiración se le volvía más lenta, más profunda.
Era consciente de cada punto de contacto entre ellos, de cómo su piel parecía despertar bajo su tacto, como si cada roce tuviese un nuevo significado.
Deslizó los dedos por su cuello, enredándolos en su pelo, tirando de él apenas lo justo para acercarle más a ella.
Siguieron besándose sin prisas, con lentitud, pero con una intensidad que iba in crescendo, imposible ya de contener.
Él gruñó contra su boca, vibrando contra sus labios, arrancándole un escalofrío que le recorrió toda la espalda. No era un sonido humano del todo… y, sorprendentemente, eso no la asustó. Más bien todo lo contrario, la hizo sentirse más viva, más caliente… Más suya.
Las manos masculinas descendieron por su espalda, deteniéndose en su cintura antes de recorrerla con una calma que contrastaba con la tensión que latía bajo su piel.
Eliza arqueó ligeramente la espalda al sentirlo, acercándose aún más a él por puro instinto.
—Alex… —Su voz salió más baja, más suave.
Le recorrió el pecho, los hombros, como si necesitase anclarse a él, confirmar que era real, que todo aquello lo era. Notaba la fuerza en su cuerpo, la tensión que vibraba bajo su piel… y algo más. Ese algo más que ahora comprendía tenía que ser el vínculo que compartían.
Su pareja.
No sabía por qué, más que asustarla, la idea la calentaba por dentro.
Cuando él volvió a levantarla con facilidad, alejándola del mueble, ella dejó escapar un agónico gemido que murió casi al instante cuando sus labios volvieron a encontrarse.
—¿Tu dormitorio? —murmuró él contra su boca, pidiéndole permiso.
Ella asintió, incapaz de decir nada coherente. Se aferró a él, perdiéndose en un nuevo beso que prometía mucho más de lo que le había dado hasta ahora.
Ni siquiera fue consciente de que habían cambiado de habitación hasta que cerró aquella nueva puerta a sus espaldas y el espacio se redujo. Ahora, el mundo exterior ya no importaba, solo estaban ellos y este pequeño rincón privado dónde nada ni nadie podría encontrarlos.
Esos ojos verdes volvieron a caer sobre ella con una intensidad que rozaba lo prohibido. Allí no solo había deseo, sino algo más profundo, más peligroso y definitivo. La manera en que la miraba le aceleraba el pulso y, Dios sabía que no era de miedo. Era pura anticipación.
—Todavía estás a tiempo de detenerme —dijo él en voz baja.
Ella dio un paso hacia él y fue muy clara:
—No quiero que te detengas, lobo, quiero que te liberes por completo. —Tal respuesta la sorprendió incluso a ella misma, pero era lo que deseaba. En lo más profundo de sí misma, esto era lo que deseaba.
—Ten cuidado con lo que deseas, Eliza, eso podría cambiarnos a los dos —aseguró con ese tono ronco, erótico, que le recordaba a esa conversación mental que había tenido con su yo de cuatro patas.
—Entonces que nos cambie.
Las manos de él encontraron su cuerpo con una seguridad que ya no escondía nada, recorriéndola con calma, pero sin pausa, aprendiendo cada reacción, cada respiración que se aceleraba, cada pequeño gesto que lo acercaba más a ella.
Eliza respondió sin reservas, sin miedo, sin intención de huir. Si debía correr, lo haría hacia él, pero nunca para escapar. No de él. Nunca de Alex.
El mundo se redujo a sensaciones, a calor, a piel, a la forma en la que sus cuerpos se buscaban como si siempre hubiesen sabido cómo encontrarse.
El ritmo cambió, se hizo más desesperado, más carnal, un avance constante hacia ese punto en el que ya no había vuelta atrás.
Se aferró a él, respirando su nombre contra su piel, dejando que esa conexión y ese vínculo que no terminaba de comprender la envolvieran por completo.
—Esto sobra… —gimió ella, tirando de su camiseta, sintiendo una creciente necesidad y excitación por él. No recordaba haber estado nunca tan caliente por un hombre, ni tan necesitada, pero Alex despertaba en ella sensaciones que nadie más había despertado.
—No me oirás decir lo contrario… —respondió él, medio sexy , medio divertido—. No he hecho otra cosa que pensar en ti desnuda, de imaginar mis manos sobre tu piel, mi boca recorriendo cada recoveco… Ha sido un infierno tenerte tan cerca y no poder amarte como mereces.
Sus palabras la calentaron por dentro, derribando sus inseguridades, sus miedos, rompiendo con todo lo que no fuese este hombre y este momento.
—Deseo eso… —confesó ella en voz alta—. Deseo que seas… tú quién lo haga.
—Y para mí será un verdadero placer hacer realidad tus deseos.
La ropa voló. Y, por primera vez en mucho tiempo, disfrutó del proceso de librarse de ella.
Cuando él la miraba, lo hacía de verdad, con hambre, con pasión.
Podía ver en su rostro que ella le gustaba, que no había nada que quisiera cambiar.
No hubo comentarios hirientes sobre su peso, sobre su piel, Alex parecía totalmente absorto, tocándola con delicadeza, con reverencia, a pesar de que sus ojos brillaban con un hambre voraz.
Siempre se había preguntado si algún día alguien la miraría de esa manera, si la desearía de verdad y no porque era lo correcto.
Ella no quería ser lo correcto para él, no quería ser a quién le echaba un polvo, quería ser a quien mirase con rabioso deseo, a quién fuese incapaz de quitarle las manos de encima, a quien le arrancase la ropa con prisas, tal y como había hecho .
—Si sigues mirándome así… pensaré que te gusta lo que ves —murmuró ella, rescatando una frase que había dicho él en una ocasión. Notó ese cosquilleo en las mejillas, el rubor que lo acompañaba, pero la sonrisa de ese lobo fue todo lo que necesitó para sentirse segura.
—Oh, cariño. No me gusta lo que veo, lo amo —aseguró, resbalando la mirada sobre ella, tomándose su tiempo para hacerlo—.
No hay un solo pedacito de ti que no sea perfecto a mis ojos, Eliza, que no encaje a la perfección en mis manos…
—Las adelantó sobre sus pechos, cerrando los dedos en el último momento, conteniéndose de tocarla—.
Eres una mujer preciosa y, eres mía, mi compañera.
¿Cómo puede ser un hombre tan afortunado para tener a alguien tan especial como tú como pareja?
Se mordió el labio inferior, enternecida por sus palabras.
—No hay ni un solo milímetro de ti que no me guste, mi niña —dijo, acortando la distancia entre ambos.
Él estaba completamente desnudo y era un espectáculo en sí mismo.
Su piel se erizó de anticipación ante su cercanía y, cuando al fin esos dedos la tocaron, cuando resbalaron por su mejilla, se estremeció de puro placer—. Eres perfecta.
Sus bocas volvieron a encontrarse y esta vez notó como su contención vacilaba.
—No voy a romperme, Alex —le dijo, despegando brevemente los labios—, no tienes que ser tan cuidadoso conmigo. No me romperé, lo prometo.
—Te deseo tanto que temo perder el control —afirmó él, resbalando la boca sobre su mentón, sembrándolo de besos—. No quiero asustarte.
—No me asustarás —afirmó, cogiendo su rostro entre las manos, obligándole así a encontrar su mirada—. Tú nunca podrías asustarme porque… confío en ti.