CAPÍTULO 23
El silencio que siguió no fue incómodo, tan solo distinto. Era como si todo lo que hubiese cambiado entre ellos necesitase asentarse, encontrar su sitio en medio de ese nuevo orden que ninguno de los dos terminaba de comprender del todo.
Eliza no apartó la mirada, y esta vez tampoco retrocedió. Él seguía frente a ella, demasiado cerca, como si se estuviese conteniendo o esperase que diese un paso atrás, que se arrepintiese o saliese corriendo.
No iba a hacerlo. Ya no.
—Sigues mirándome como si fuese a desaparecer —murmuró ella.
Lo vio exhalar despacio, contenido.
—Podrías hacerlo. Podrías irte corriendo y no te culparía de ello —admitió con voz queda—. Lo que te he mostrado, no es fácil de asimilar para alguien que… es completamente ajeno a mi mundo, a mi gente.
Aquella admisión la hizo recordar lo que había visto, algo que no tenía una explicación lógica, que bien podía entrar en el terreno de lo sobrenatural. No quería pensar en ello, todavía no, pero sí podía reiterarle su decisión.
—No lo haré —le dijo, acortando la distancia entre ellos hasta que el espacio dejó de existir y pudo notar el calor que desprendía su cuerpo, la tensión que todavía vibraba en él como un resorte a punto de romperse—. No quiero volver a huir… No de ti.
Alzó la mano, dudando tan solo durante un segundo, antes de apoyarla sobre su pecho.
El latido del corazón destacó bajo su mano, con una cadencia rápida, muy humana.
No había nada a simple vista que dijese que debajo de esa piel se ocultase algo tan hermoso.
Porque lo era, el lobo que le había mostrado era la criatura más bella que había visto en su vida.
—Sigues siendo tú.
Cerró los ojos durante un momento, como si él necesitase saborear también su contacto.
—Siempre lo he sido, Eliza —aseguró cubriendo su mano con la de él, manteniéndola presionada contra su pecho—. Siempre.
Afirmó, sabiendo lo que quería decir.
—Ahora lo sé.
El aire entre ellos se volvió más denso, más cálido.
Y también pareció contener el aliento, esperando a que algo cambiase, a que aquello que llevaba días construyéndose, acumulándose sin que ninguno de los dos se hubiese atrevido a cruzar la línea, explotase por fin.
Se había resistido a él y no porque no desease esto, sino porque necesitaba encontrarse primero a sí misma.
El temor a perderse de nuevo, a no ser capaz de ser ella misma, la había refrenado, pero ya no más.
Ahora sabía lo que quería, estaba dispuesta a escuchar aquello que había en su interior, que parecía inflamarse en presencia de este hombre y que, si había leído bien entre líneas, tenía que ver con esa particular e inesperada naturaleza lupina suya.
«Eres mi pareja».
Quería que le explicase que había querido decir antes con eso, porque intuía que no se trataba solo de un deseo, sino de algo más profundo, más… definitivo. Pero por ahora… Por ahora podía contentarse con tenerlo así, lo bastante cerca como para poder tocarle y sentirle de verdad.
—Aunque sigo pensando que es una locura —añadió en voz baja, siendo totalmente sincera—. No sé… No sé qué decir o qué hacer contigo…
—Puedes hacer conmigo lo que desees, Eliza, soy tuyo. —Su afirmación no dejaba resquicio alguno de duda. Estaba siendo brutalmente sincero y directo.
Ese cosquilleo volvió a tocarle las mejillas, enrojeciéndoselas seguramente.
—¿Mío?
Él asintió con la cabeza. Y, una vez más, dejó que fuese ella quién marcase el ritmo, quién decidiese si quería continuar o retroceder.
—En este momento, creo que solo quiero seguir hacia delante… —admitió.
—Bien.
Se lamió los labios y fue muy sincera mientras lo miraba a los ojos.
—No quiero parar.
—Entonces no lo hagas.
Se inclinó hacia él, cerrando definitivamente el espacio que todavía quedaba entre ambos. Sus labios rozaron los de él con una suavidad que contrastaba con todo lo que bullía en su interior, pero esta vez no fue cosa de un arrebato, fue una elección; su elección.
Suspiró en su boca y notó la sonrisa que él le ofrecía en respuesta antes de ceder y entregarse por completo.
Empezó como una caricia tentadora, como un toque de lenguas, una manera de probarse el uno al otro y escaló hasta que tuvieron que luchar por respirar mientras se exploraban el uno al otro.
La duda desapareció por completo y todo lo que había estado contenido hasta el momento, encontró al fin salida.
Esa mano grande se deslizó hasta su cintura, atrayéndola con firmeza contra él.
Su respuesta fue instantánea. Se aferró a su camisa, tirando de él como si necesitase asegurarse de que seguía allí, de que no era una ilusión más de ese día imposible.
Y esa necesidad no hizo sino aumentar la urgencia de su beso, volviéndolo más profundo, más real, un momento en el que no le importaría quedarse para siempre.
Eliza dejó escapar una respiración entrecortada al notar cómo él la acercaba aún más. Se rindió, su cuerpo respondía al suyo sin reservas, sin barreras, totalmente libre. No tenía que pensar, no tenía que fingir, por primera vez podía ser ella misma.
—Alex… —susurró contra sus labios, una simple declaración de su deseo, de lo que ya no tenía vuelta atrás.
La miró y supo, por la manera en que la contemplaba, que estaba buscando en su rostro algún atisbo de duda y, quizá, también, una señal de aceptación.
Le sonrió. Puede que fuese la sonrisa más sincera que le había dedicado hasta el momento y pareció ser lo que necesitaba para responderle como deseaba que lo hiciese.
—¿Es esto lo que quieres? ¿Estás segura?
Levantó la mano y le cubrió la barbuda mejilla con ella, notando la aspereza contra su mano.
—Creo que es de lo más segura que voy a estar en mucho tiempo —admitió volviendo a bajar sobre sus labios, conteniéndose en el último instante de besarle—. Pero, si necesitas una confirmación más escueta…
No hizo falta que dijese nada más. Él volvió a besarla, libre de contenciones, pero manteniendo ese exquisito cuidado que parecía formar parte de él.
Le recorrió la espalda con las manos, le ciñó ligeramente el trasero, apretándola contra él, antes de ascender a su cintura, como si necesitase memorizar cada parte de su cuerpo, aprender cada reacción.
Eliza sintió cómo todo desaparecía. La casa, el miedo, el intruso… Todo aquello quedó en un segundo plano, dejó de tener importancia en cuanto esa boca y esas manos se ap oderaron de ella. Este instante era solo de ellos, de los dos y no permitiría que nada ni nadie lo estropease.
Deslizó sus propias manos sobre los anchos hombros, enredándose en su cuello a fin de acercarle aún más.
Él no vaciló en tomar ventaja de la posición, levantándola ligeramente del suelo para sentarla sobre el mueble.
No pudo más que soltar una pequeña risa entrecortada ante sus acciones, las cuales no hicieron sino excitarla.
Le sorprendía la facilidad con la que su propio cuerpo respondía al de él, lo natural que se sentía todo aquello.
Era correcto, sencillamente era lo adecuado entre ellos.
—No quiero dejarte ir… —murmuró él besándole el cuello, aspirando con fuerza su aroma, mostrándole una parte muy primitiva de él. Ahora muchas de esas extrañas manías suyas cobraban sentido.
—¿De verdad huelo a manzanas? —murmuró, un poco avergonzada por la inesperada pregunta que acababa de abandonar su boca.
— Um … Sí —afirmó él. Su voz era más profunda, más similar a la que había escuchado en su mente—. Hueles a manzanas, a flores silvestres y a algo… único y que me vuelve loco, algo que me dice que eres tú y solo tú. Mi compañera.
Ahí estaba otra vez ese término, uno que significaba algo, al menos para él.
—¿Qué significa eso? ¿Por qué… dices que soy tu compañera? Él se separó lo justo para mirarla a los ojos.
Al principio no dijo nada, pero entonces, las palabras salieron de su boca con una mezcla de ternura y seguridad.
—¿Qué sabes sobre los lobos?
—¿Qué son grandes, peludos, se parecen a los perros y vuelven locos a los ganaderos zampándose sus ovejas?
La risita que emergió de su garganta era demasiado sexy.
—En la naturaleza, un lobo elige a una única pareja, una hembra con la que estarán durante el resto de sus vidas —le dijo, sus manos, mientras tanto, seguían acariciándola, pasando la línea de la ropa y encontrándose con la de su piel—.
Mi pueblo… Eh… La gente como yo, si somos lo bastante afortunados como para que el destino quiera premiarnos, encontramos a nuestra otra mitad, la persona que nos complementa, que posee una parte de nuestra alma y con la que estamos destinados a pasar el resto de nuestras vidas.
Para un lobo no hay otra después de conocerla, desde el momento en que nos encontramos y hasta el fin de nuestras vidas, estamos unidos por… una conexión especial. Un vínculo.
Posó la mano sobre su pecho, justo encima de su corazón y cuando volvió a hablar lo hizo con mucha suavidad y ternura.
—Desde el momento en que ese vínculo despierta, ya no hay nadie más, solo esa persona…
—murmuró, levantando de nuevo la cabeza, mirándola de nuevo a los ojos—.
La sientes cuando está cerca, la extrañas cuando está lejos, la deseas a todas horas.
Nada tiene sentido y, al mismo tiempo, lo cobra cuando la miras, cuando la tocas…
Duele estar lejos de ella, pero el dolor se desvanece y solo encuentras felicidad en su presencia…
Lo que estaba describiendo… Encajaba a la perfección con todo lo que había sentido, con aquello para lo que no había tenido explicación.