Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El silencio que siguió a sus palabras fue denso, opresivo.

Eliza no respondió de inmediato, no pudo. Sentía como si algo invisible se hubiese cerrado a su alrededor, como si esas cuatro paredes que hasta hacía unas horas eran su refugio, ahora se hubiesen convertido en una trampa.

—Eso no tiene sentido… —murmuró al fin, negando con la cabeza—. ¿Por qué iba alguien a…?

No llegó a terminar la frase. La respuesta apareció tan clara en su mente como lo había sido el rostro que había visto, esa sonrisa de arrogancia y satisfacción, la mirada intrigante que la hizo recelar en el mismo instante en que se posó sobre ella.

—Mark… —susurró.

No era una pregunta, por lo que no necesitaba respuesta.

Alex tampoco la corrigió, así que tenía que haber dado en el clavo, pero, ¿por qué? ¿Qué narices quería ese tipo de ella?

Se le revolvió el estómago y se llevó una mano a la boca al notar una arcada. Notó como se le tensaba todo el cuerpo, su malestar creciendo ante el pensamiento de un hombre, de ese individuo, entrando en su casa, tocando sus cosas.

Por favor, iba a vomitar.

—No… no tiene sentido —dijo, aunque ella misma dudaba de sus propias palabras—. Ese tipo no me conoce de nada, no lo he visto en mi vida, salvo esa vez que apareció de visita…

—Esa vez fue suficiente —replicó él, su voz bajó una octava, se volvió más gruesa, más rabiosa, como si sus propias respuestas no hiciesen otra cosa que molestarle—. Hijo de puta...

Aquella confirmación le cayó como un jarro de agua fría.

—¿Pero qué quiere de mí? ¿Qué le he hecho yo? No soy nadie para él o incluso para esta comunidad, no hace ni dos semanas que llegué a la granja. Ni siquiera le conozco, tú eres el que… —Su voz se fue apagando cuando la respuesta surgió involuntariamente de sus labios—. ¿Es eso? ¿Esto es por ti?

Alex gruñó, un sonido que sonaba bastante extraño en una garganta humana.

—Alex, dime que esto no tiene que ver contigo… —pidió, clavando los ojos en él.

—No puedo —respondió tajante.

—¡Joder! —siseó ella, pasándose una mano ahora por el pelo—. ¿Y qué coño quiere?

Él se quedó callado y ese silencio le puso los pelos de punta.

—Alexander. —Usó su nombre de pila, sabiendo que así llamaría su atención, lo quisiera o no—. ¿Qué quiere ese hombre?

Él alzó la mirada y en sus ojos vio algo que no había visto antes, algo más oscuro y peligroso.

—Todo lo que es mío.

Se lo quedó mirando, entonces dejó escapar una pequeña risa sin humor.

—¿Y qué narices tengo que ver yo con eso? —bufó, pero no sus siguientes palabras no le salieron con tanta seguridad como pretendía—. Yo no soy tuya.

Algo en su expresión cambió al escuchar aquella declaración y juraría que lo vio «herido».

—Alex…

Él esquivó la mirada, dio un paso a un lado y se acercó a una de las ventanas, apartó la cortina y miró hacia fuera.

Eliza se quedó sin saber que decir. Él no era de los que huían, de los que evitaban responder. ¿Y por qué narices parecía haberle herido que le dijese que no le pertenecía? Era la verdad.

¿O no?

Mierda. No tenía tiempo para ponerse a pensar en eso ahora, ¡no era el jodido momento!

—Bien, ¿y qué hacemos? —optó por centrarse en lo importante y se cruzó de brazos, como si así pudiese sostenerse mejor en aquella extraña travesía—. ¿Llamo a la Policía? ¿Denuncio que alguien ha allanado mi casa y se ha dedicado a… mover un bote con cucharas de madera?

Sí. Sabía que estaba sonando ridícula, pero aun así…

—No —respondió él con firmeza.

—Genial —ironizó—. Entonces, ¿qué? ¿Me marcho? ¿Recojo mis cosas y…?

—No —repitió con rotundidad, con la mirada todavía clavada a través de la ventana, dándole la espalda.

Aquello era simplemente ridículo.

—Entonces explícame qué demonios está pasando, Alex, porque ahora mismo siento que soy el último mono del circo.

Un nuevo silencio por su parte hizo que empezase a plantearse el quitarse una de las deportivas y lanzársela a la cabeza. Estaba siendo igual que hablarle a una pared y este no era el hombre que ella conocía.

Antes de que pudiese abrir la boca y sugerir hacer realidad su amenaza, lo vio respirar hondo, como si acabase de tomar una decisión .

—Mark Sullivan no es un hombre cualquiera, Eliza —habló al fin—. Es algo más… complicado de explicar.

Ella frunció el ceño, sin entender a qué se refería.

—¿Qué quieres decir?

Eligió ese momento para girarse finalmente hacia ella, sus ojos verdes se posaron en ella, pero no eran como siempre, había algo en ellos que…

—Ese cabrón no es solo un tipo entrometido… —reiteró, esa mirada parecía hacerse más y más intensa y distinta, de una forma que empezaba a darle escalofríos.

De pronto, aquella extraña sensación volvió a ella, la misma que había sentido varias veces en el porche, la misma que la había estremecido en la cocina… Era sinónimo de alerta, un aviso de que algo iba a desatarse pronto.

—Entonces, ¿qué es? —Se le secó la boca al hacer la pregunta, pues esa sensación no hacía más que crecer en su interior, como si quiera prepararla de cara a algo. Algo importante—. ¿Es un traficante? ¿Un extorsionador? ¿Qué?

Alex la miró y juraría que sus ojos cambiaron ligeramente, como ya lo habían hecho antes.

—Es como yo.

Si le hubiese cruzado la cara con una bofetada no se había sorprendido más que con esa absurda respuesta.

—¿Pero qué narices estás diciendo? —No entendía nada.

Lo vio suspirar, pasarse la mano por el pelo, rastrillándolo con los dedos.

—Alex, ¿a qué te refieres? —insistió, esperando una jodida respuesta de él.

Una vez más se instaló el silencio, pero este era distinto a todos los demás, pues sabía que tras él vendría algo más, algo para lo que no sabía si estaba preparada.

—A que yo tampoco soy humano, cariño, no completamente, al menos.

Sus palabras resonaron en el salón incluso después de haber sido pronunciadas, como si su mente las hubiese convertido en un eco.

—¿Pero qué gilipolleces estás dicien…?

No terminó la frase. No pudo. Cualquier posible sonido que hubiesen podido producir sus cuerdas vocales murió en el mismo instante en que lo imposible se dio cita en su salón.

Lo vio dar un par de pasos hacia ella, separándose de la venta y, casi al mismo tiempo, una neblina blanca empezó a elevarse, como si emergiese desde los tablones del suelo.

Su cerebro conectó al momento aquel fenómeno con el fuego, abrió la boca para gritar, pero no encontró su voz. Dio un paso adelante, movida por el puro instinto de protección, solo para detenerse al momento cuando él negó con la cabeza y, esa neblina lo engulló entero, pero solo a él.

No había olor a humo, ni siquiera a quemado.

Aquella masa de un blanco agrisado permanecía en torno a él, envolviendo su figura hasta desdibujarla, como si fuese una de esas sombras chinas.

Un parpadeo después, algo se movía en el interior, emergiendo de aquel truco de humo que empezaba a deshacerse, a consumirse.

Lo primero que vio fueron unos ojos intensos, de un tono verde dorado, unas pupilas pequeñas y oscura y, todo ello en el rostro de un enorme can que avanzaba con una seguridad aplastante hacia ella.

Parpadeó una y otra vez. Abrió y cerró los ojos con fuerza, esperando que aquella ilusión, pues no podía tratarse de otra cosa, desapareciera, pero no lo hizo. Allí mismo, delante de ella, mucho más grande que un jodido mastín, había un enorme lobo de pelaje dorado.

El can se sacudió de la cabeza a la cola, colocándole el pelaje, movió las orejas y una larga y rosada lengua abandonó sus fauces para acariciarse con ella la nariz.

«Soy un lobo, Eliza».

La voz de Alex resonó dentro de su cabeza con inesperada fuerza y un tono muchísimo más ronco, casi cavernoso.

«Y tú eres mi compañera».

Cada palabra era como una pulsación, un eco en su mente, no en sus oídos .

«Mi pareja».

Tenía la boca abierta y lo sabía.

No podía moverse, no podía pronunciar una sola palabra, ni siquiera podía respirar. Todo lo que hizo fue quedarse allí de pie, mirando esa cosa que hablaba en su cabeza con la voz de su vecino.

Requirió de toda su fuerza de voluntad el desviar la mirada lo suficiente para mirar en torno a la habitación, buscándole, porque él tenía que estar allí, en algún lugar. Quizá se hubiese escondido, quizá fuese jodidamente bueno con los trucos de magia y lo estuviese poniendo en práctica con ella.

Y tenía que decirlo. Esto era un truco de prestidigitación de la hostia.

«No es un truco, cariño. Soy yo de verdad».

Cariño. De nuevo esa palabra. La manera en la que él la había pronunciado esa misma tarde.

Pero no, era imposible. Este tipo de cosas solo ocurrían en las novelas románticas, en las películas… ¡Pero no en la vida real!

El lobo dio un paso adelante, sus patas largas, poderosas, al igual que el resto de él, lo llevaban hacia ella.

Eliza ni siquiera era consciente de que había dejado las manos caídas a ambos lados hasta que la húmeda nariz se coló por debajo de una de ellas, levantándosela.

«Soy yo».

Insistió con un susurro en su mente, con esa tranquilidad contagiosa, con la calma que también le llegaba a ella.

«Me sentiste cada noche, incluso si no podías verme.

Me buscaste cuando me necesitabas, como si no pudieses estar sin mí, aun cuando no sabías que era lo que buscabas en realidad.

Has querido estar a mi lado, aun cuando te resistías con todas tus fuerzas a hacerlo.

Y es por esto, por lo que soy, por lo que tú eres también para mí».

—No… No lo en tiendo.

No podía moverse. Estaba completamente congelada y, no sabía si era por miedo, porque su cerebro había hecho cortocircuito y era incapaz de comunicarse con el resto de su cuerpo o Dios sabía el motivo.

—A… ¿Alex? —El nombre brotó de sus labios como una pregunta, una cuya respuesta podía cambiarlo todo.

El animal se acercó aún más y ya no fue solo su hocico el que terminó bajo su mano, fue todo ese enorme y peludo cuerpo el que se enroscó en torno a ella, arrancándole la respiración y haciéndola levantar los brazos como si temiese ahogarse en su pelo.

«Sí, Eliza. Soy yo».

Escuchó de nuevo en su mente, pero esta vez, además, las palabras llegaron acompañadas de un pequeño gimoteo del lobo. Uno que sí resonó en sus oídos.

«No tengas miedo, compañera. Jamás te haría daño».

—He… he perdido la cabeza, ¿no? —musitó. Desde luego estaba sufriendo un viaje de la hostia, pero no recordaba haberse tomado nada—. En algún momento de las últimas horas mi cerebro ha colapsado y estoy teniendo el viaje más extraño de toda mi vida.

«No».

No quería escuchar su respuesta, pero ahí estaba de nuevo, en su cabeza.

«Tu cabeza está en su sitio y, gracias a Dios, tampoco estás gritando o corriendo en círculos. Creo que podemos decir que las cosas no están yendo tan mal».

—¿Por qué habría de correr en círculos? —murmuró, todavía con las manos en alto, sin saber qué hacer con ellas.

«No lo sé».

Respondió él, mientras el lobo seguía restregándose contra ella, su enorme cabeza frotándose contra su estómago.

«Me gusta como hueles. A manzanas maduras, deliciosas manzanas».

¿La estaba oliendo?

—De… ¿De verdad eres Alex? —No sabía que era más extraño, si el hecho de que siguiese de pie, hablando con un lobo en el salón de su casa o qu e todavía no hubiese salido corriendo como alma que lleva el diablo hacia la noche.

«Lo soy».

Su voz volvió a acariciarle la mente un segundo antes de que el lobo le diese un traicionero lametón en los dedos de la mano y se apartase de ella con una sacudida de la cola.

Casi al instante, el fenómeno que había presenciado momentos antes volvió y, dónde había estado el lobo de pelo dorado, surgió la figura, alta, masculina y muy humana de Alexander Green.

—Lo soy, compañera —pronunció él y su voz, esta vez no sonó en su mente, sino que le acarició los oídos. Cuando esa neblina se retiró por completo, abrió los brazos y su expresión pareció algo culpable al decir—. Esto es lo que soy. Un lobo.

Las piernas le fallaron.

—Vale… —Un instante de silencio. Su mente estaba intentando procesar aquello—. No sé… no sé cómo procesar esto…

Esta vez, él no guardó las distancias, sino que avanzó hacia ella.

—No tienes que hacerlo ahora.

Sacudió la cabeza con efusividad.

—Quizás no, pero… Debería decir algo, solo que… —Se tambaleó—. No sé si puedo hilar un solo pensamiento coherente ahora mismo.

—Cuidado… —La cogió del codo, equilibrándola.

—Tengo… tengo que sentarme —anunció y, sin previo aviso, se dejó caer al suelo.

—¡Eliza! —Él bajó con ella, sujetándola antes de que se diese el porrazo de su vida.

No dijo nada, se limitó a mirarle, a mirarle de verdad.

—Alex.

—¿Sí?

—Si ese hombre es como tú… —Lo recorrió con la mirada de la cabeza a los pies—. Quién ha entrado en mi casa no es… alguien normal .

—No. No lo es. —Su confirmación carecía de la suavidad y la ternura con la que le había hablado. Su voz se había vuelto fría, peligrosa—. Pero no tienes nada que temer. No dejaré que vuelva a acercarse a ti.

Volvió a mirarle de la cabeza a los pies, como si necesitase cerciorarse de que él era real, que seguía siendo Alex, su vecino, su… Bueno, solo él.

—No… no quiero que vuelva a entrar en mi casa —murmuró haciendo hincapié en las dos últimas palabras. Porque esta era su casa, su hogar, el único en el que empezaba a sentirse de nuevo ella misma.

—Haré todo lo posible para que no vuelva a suceder, pero mientras tanto, creo que sería una buena idea que volvieses conmigo al rancho. Allí yo…

—No voy a salir corriendo —musitó, alzó la cabeza y se encontró de nuevo con sus ojos verdes.

—Eliza…

Sacudió la cabeza con energía.

—Este es mi hogar, Alex. Nadie va a volver a arrebatármelo, a arrebatarme mi vida, mis decisiones… —sentenció, con la voz algo temblorosa—. No huiré otra vez.

Y, según pronunciaba esas palabras, supo que había tomado su decisión, que después de tanto tiempo dejando que otros controlasen su vida, al fin estaba preparada para ser ella la que llevase las riendas.

Él la miró durante un largo segundo, entonces asintió.

—Entonces nos quedamos.

Lo había dicho en plural. No iba a dejarla aquí sola, no iba a marcharse y, aunque sonase extraño, ahora entendía el por qué.

—Sí, nos quedamos —corroboró ella en voz alta, sosteniéndole la mirada.

Porque lo que quiera que había empezado en ese lugar, lo había hecho con él, y aunque todavía tenía muchas preguntas, posiblemente más incluso que antes, ahora también tenía algo más.

Valor para afrontar cada una de las respuestas.