CAPÍTULO 21
Eliza no se movió. Se quedó mirando ese pequeño recipiente de cerámica como si, de algún modo, fuese a darle una explicación por sí solo.
Siempre lo dejaba pegado a la pared, junto al azulejo.
Era una costumbre adquirida casi sin darse cuenta, una de esas pequeñas rutinas que repetía sin pensar…
y que ahora, de pronto, tenía delante como una evidencia incómoda.
Estaba ligeramente desplazado, no mucho, un par de centímetro a lo sumo, pero ese no era su lugar habitual.
—Alex… —murmuró, sin apartar la vista—. Hay algo en la encimera.
El sonido del motor al otro lado de la línea desapareció momentáneamente, aunque puede que fuese cosa de su propia percepción, del nerviosismo del momento.
—No lo toques —le ordenó. Su tono no admitía discusión.
Tragó saliva, apartando la mano que, sin darse cuenta, había estado a punto de extender hacia el recipiente .
—Dime que es —pidió entonces él, con esa acostumbrada tranquilidad, como si supiese instintivamente de su inquietud.
—Nada… —respondió, frunciendo el ceño—. Quiero decir… Es el bote donde dejo las cucharas de madera, pero no está donde debería.
—¿Lo has movido tú?
—No —acompañó sus palabras de un gesto de la cabeza. Estaba completamente segura de que ese no era el lugar en el que lo había dejado.
—Acabo de entrar en tu camino de acceso, casi estoy ahí. —Sus palabras supusieron un visible alivio, tanto que sintió la tentación de correr hacia la puerta principal y esperarle allí—. No toques nada, Eliza. Solo quédate dónde estás.
Asintió, a sabiendas de que él no podía verla, y miró a su alrededor, examinando la cocina ahora con mirada crítica.
La necesidad de comprobar si había algo más fuera de su lugar era intensa, asfixiante y la catapultaba a un nivel de nerviosismo todavía mayor.
Se suponía que este era su lugar seguro, su refugio, pero aquel pequeño recipiente lo había estropeado todo al estar fuera de su sitio.
No quería quedarse en la cocina, no quería quedarse en esa casa… Lo quería a él, necesitaba la seguridad que le daba su presencia.
—Alex, date prisa —rogó con voz queda, incapaz de sacar la mirada del recipiente de las cucharas—. No quiero seguir aquí…
Era duro decir eso, porque era como si le estuviesen arrancando de nuevo su hogar.
—Tranquila. Casi estoy ahí. No pasa nada, todo va a estar bien.
Ese «casi estoy ahí» se convirtió en una espera interminable de unos cuantos segundos, la cual terminó abruptamente al escuchar un motor acercándose a toda velocidad.
No se lo pensó, giró sobre sus pies y corrió hacia la puerta de la entrada. Escuchó el frenazo en seco, la puerta de la camioneta abriéndose y cerrándose de golpe, y sus pasos, fuertes y rápidos mientras avanzaba hacia el porche.
Acababa de quitarle el seguro a la puerta cuando lo escuchó pronunciar su nombre.
—Eliza…
Abrió de golpe y, sin pensárselo dos veces se echó a sus brazos, temblando, buscando el único puerto seguro en aquella inesperada tormenta.
—Alguien ha estado aquí, Alex —murmuró, aferrándose a él, colgando de su cuerpo como una pequeña monita—. Sé que alguien ha estado aquí.
Los brazos masculinos se envolvieron a su alrededor, notó su mano sobre el pelo, su respiración acelerada, mientras le daba unos segundos para tranquilizarse.
—Tranquila. Estoy aquí —le dijo él, su voz siempre calmada—. Vamos a entrar. No quiero que estés aquí fuera.
Eliza se despegó de él y dio un paso atrás para poder mirar su rostro. Sus ojos verdes ahora estaban clavados en la puerta abierta, mirando hacia el interior. Eso le permitió dar un nuevo paso atrás y recuperar la compostura al darse cuenta de lo que había hecho.
Me he lanzado a sus brazos.
El pensamiento fue tan inoportuno, que lo desechó al instante, no era momento para pensar en esas cosas. Ya analizaría su propia conducta después.
Miró a Alex, consciente de la tensión que lo envolvía mientras recorría con la mirada cada una de las estancias desde que cruzaron el umbral. Era rápido, preciso, como si estuviese evaluando cada centímetro del lugar. Como si esperase encontrar algo o a alguien.
Lo vio levantar la cabeza y juraría que lo hizo para olfatear el aire, pero no estaba muy segura.
—¿Qué está pasando, Alex? —Aquella seguía siendo una pregunta a la que él todavía no había dado respuesta.
No respondió, se limitó a avanzar delante de ella, manteniéndose lo bastante cerca como para que pudiese tocarle si estiraba el brazo. Entró en la cocina, con ella pisándole los talones, no dudó en señalarle la encimera y el culpable de todo aquel revuelo.
—Es eso —indicó con el dedo. El aire en la habitación pareció congelarse. Él avanzó despacio, midiendo cada uno de sus pasos, como si en vez de un pequeño cuenco de cerámica fuese una bomba armada y lista para detonar—. Te juro que no lo dejé ahí.
Él no dijo nada, se limitó a plantarse delante de la encimera e inclinó ligeramente la cabeza, respirando hondo, como si, una vez más, estuviese intentando captar algún olor extraño.
Le imitó prácticamente sin darse cuenta, pero todo lo que podía oler en este lugar era la reminiscencia de la tarta de manzana que había cocinado esa misma mañana.
Estaba claro que su olfato no era tan fino como el de él, porque algo cambió en su expresión, sus ojos se entrecerraron y soltó un bajo exabrupto.
—Joder…
Aquello fue suficiente para que se acercase, aun manteniendo una distancia prudencial tanto con el objeto, como con él. Se había dejado llevar por el miedo, por eso lo había abrazado, pero ahora podía contenerse.
—¿Qué pasa?
No obtuvo respuesta, pues su vecino estaba bastante ocupado mirando el recipiente en cuestión.
Levantó la mano, como si fuese a tocarlo, pero solo sacó una de las cucharas de madera.
Fue con esta que empujó el recipiente hacia atrás, girándolo para inclinarse a continuación sobre él y mirarlo más de cerca.
Movida por la curiosidad, Eliza se acercó un poco más, inclinándose también hacia delante.
Y ahí estaba. Una marca casi invisible, una fina película en la zona más clara de la superficie de cerámica, justo en el borde .
No era algo que alguien notase a primera vista, no a menos que examinase el objeto con lupa o supiese que buscar. Estaba claro que él sí lo sabía y, a juzgar por su expresión, lo que quiera que hubiese encontrado no le había gustado.
—¿Alex?
Esta vez sí la miró y lo que había en sus ojos hizo que se le encogiese el estómago. Sus pupilas parecían algo más pequeñas, sus iris más intensos.
Parpadeó y aquella imagen se desvaneció.
Tenía que habérselo imaginado, no había otra explicación.
—Alguien ha estado aquí.
La frase cayó como un golpe seco, volviéndola repentinamente consciente de sus palabras. No era la confirmación que quería escuchar.
—¿Qué? —susurró ella.
Lo vio entrecerrar aún más los ojos, enderezarse y mirar hacia la puerta de la cocina que llevaba al pasillo.
—Ese olor extraño que notaste en la casa… —murmuró levantando de nuevo la cabeza y respirando hondo—, parece de tabaco… Ella asintió, eso le había parecido.
—Pero… yo no fumo y tú… tampoco —recordó.
—El olor es más bien residual, como si hubiese impregnado la ropa de alguien que hubiese transitado por la casa.
Aquella idea le produjo un escalofrío.
—¿Me estás diciendo… que alguien ha entrado en mi casa?
No. Era imposible. Eso no podía ser verdad.
—Pero… —Ella negó con la cabeza al recordar lo que había comprobado nada más llegar—. Las puertas estaban cerradas y también las ventanas… salvo la del baño. Mierda.
Alex giró la cabeza de nuevo hacia el pasillo, sus ojos se clavaron en esa dirección.
—La abrí esta mañana, después de limpiar… —¿Cómo podía ha ber sido tan descuidada?—. Pero, es demasiado pequeña para que alguien se cuele por ella…
Él negó con la cabeza y ese simple gesto fue peor que cualquier explicación. Sintió que se le erizaba la piel y se le encogía el estómago.
—Alguien ha entrado en casa mientras no estabas —su confirmación le revolvió el estómago.
—No.
No podía ser verdad. ¿Un desconocido en su casa? ¿En su santuario?
—No es imposible, Eliza —confirmó él, provocándole un nuevo rechazo—. Alguien ha entrado aquí y lo hizo sabiendo exactamente lo que hacía.
No había pizca de duda en su voz, ni una sola. Negó una vez más, pues no quería creer algo así, a pesar de que parecía ser lo obvio.
—Pero… ¿para qué? —Miró automáticamente a su alrededor—. ¿Para robarme? No tengo absolutamente nada de valor…
Él no respondió, se limitó a recorrer la cocina, siguió por el pasillo, el baño, su propio dormitorio, el salón… Le recordó a uno de esos personajes de las series policiacas que eran capaces de seguir un rastro indetectable.
—No creo que viniesen a robar —dijo finalmente, parándose en medio del salón.
Se le erizó el vello ante sus palabras, el corazón se le aceleró, latiendo con más fuerza si cabía.
—Si no entraron a robar, entonces, ¿a qué narices entraron en mi casa? —Sabía que sonaba histérica, pero le daba igual. Tenía derecho a perder los papeles.
Alex se encontró con su mirada y se la sostuvo durante un largo segundo. Sus próximas palabras fueron igual que una bofetada:
—Por ti, Eliza —respondió con una frialdad y un deje de rabia que la hizo respingar—. Quien hizo esto, tiene un único objetivo en mente. Tú.