CAPÍTULO 20
Eliza iba tan sumida en sus pensamientos que prácticamente se pasa el desvío que conectaba la carretera principal con la vía que llevaba a su rancho.
Había conducido casi en automático, con las manos sobre el volante y la mirada fija al frente, pero su mente estaba en otro lugar. Se había quedado en el porche, en aquel momento en la empalizada, con él. Y sobre todo, se había quedado en ese beso.
Se humedeció los labios sin darse cuenta, como si aún pudiese sentirlo ahí. La presión, la urgencia, la manera en la que todo había dejado de tener sentido durante unos segundos.
—Dios… —murmuró, dejando escapar el aire poco a poco.
Aquello no era propio de ella, o al menos no lo había sido antes. No era una soñadora, era una persona práctica, racional, pero ahora solo pensaba en cómo sería dejarse llevar y ceder ante la necesidad.
El camino se abrió ante ella, flanqueado ahora por árboles que empezaban a oscurecerse con la caía de la tarde. La luz dorada del atardecer se filtraba entre las ramas, proyectando sombras irregulares sobre el asfalto. Todo parecía tranquilo, demasiado, incluso.
Frunció ligeramente el ceño, sin saber muy bien por qué y, casi al mismo tiempo, su móvil empezó a canturrear sobre el asiento del copiloto. El sonido la sacó de golpe de sus pensamientos. Echó un fugaz vistazo a la pantalla y al ver el nombre en él se le aceleró el pulso.
Alex.
¿Habría ocurrido algo? No lo dudó y activó el manos libres.
—¿Sí? —respondió, intentando que su voz sonase más normal de lo que realmente se sentía.
Hubo un breve silencio al otro lado y eso fue lo primero que la puso sobre alerta.
—¿Alex? —¿Sería posible que se hubiese algún problema de cobertura?
—Dime que ya has dejado atrás el desvío y estás subiendo por el camino de la granja —la respuesta fue instantánea, eliminando tal suposición.
Eliza frunció el ceño al escuchar su tono. Era mucho más profundo, más oscuro y no tenía que ver con la distorsión de la llamada.
—Acabo de dejarlo atrás —miró al frente, reconociendo el tramo—. Estoy a punto de doblar a la derecha para subir por el camino, ¿por qué? Se hizo el silencio y se obligó a mirar de nuevo la pantalla.
La llamada seguía activa, pero la inmediata falta de respuesta y su tono hicieron que se le pusiese la piel de gallina y se le encogiese el estómago.
—Alex, ¿qué pasa? —insistió tensando los dedos sobre el volante sin darse cuenta. Empezó a mirar la carretera con más atención, cada uno de los lados del camino, incluso redujo la velocidad.
La falta de respuestas la estaba poniendo nerviosa.
—Nada, cariño. Solo conduce .
¿Cariño? Bien. Si su llamada le había parecido sospechosa, el que ahora la llamase de esa manera, con dureza, pero suavidad al mismo tiempo, no hacía que se sintiese más tranquila.
Aferró con más fuerza el volante, se removió en el asiento y echó un vistazo al retrovisor que mostraba el camino que iba dejando atrás.
No había nadie, estaba sola en el camino.
Redujo para tomar el desvío y, justo cuando empezaba a girar, creyó atisbar las luces de otro vehículo a lo lejos. Ese particular instinto que parecía haber adquirido a raíz de su llegada a Hope Valley se activó una vez más.
Algo no iba bien.
Empezó a echar fugaces vistazos por el retrovisor, intercalándolo con el camino que tenía por delante. ¿La estaban siguiendo?
—¿Cuánto te falta para llegar? —La voz que salió a través del altavoz del teléfono la sobresaltó.
—Poco… La granja está un poco más adelante —respondió mirando el móvil más tiempo del necesario.
Una de las ruedas se orilló demasiado al borde, haciendo un pequeño derrape.
Contra volanteó con rapidez, el corazón se le paró, pero enderezó pronto la dirección y siguió adelante sin más percances—. Oh, mierda.
—¿Eliza? ¿Qué ha sido eso?
—¿Te he dicho alguna vez que soy una pésima conductora?
—No me lo creo —La ligereza en su respuesta la calmó un poco.
—Estoy bien —le pareció importante decirle aquello—. Me he acercado demasiado al borde y una de las ruedas ha patinado, pero ya veo mi casa.
Volvió a echar un vistazo al retrovisor, pero el camino detrás de ella estaba vacío. ¿Se habría imaginado las luces y aquel otro vehículo?
—¿Vas a decirme qué narices pasa?
—Luego te lo explico —respondió él al fin—. Ahora sigue conduciendo.
Eso había sonado a orden, una a la que no convenía rechistar y tampoco es que se sintiese impelida a hacerlo. La sensación de que algo iba mal se hacía más y más presente y no era solo por el tono de su vecino, era algo más.
—Alex… —A pesar de todo, necesitaba saber.
—Escúchame, Eliza —la interrumpió con firmeza, lo que la sobresaltó. No había levantado siquiera la voz, pero su tono era duro, exigía atención—. No te detengas. Entra directamente a la finca y aparca tan cerca de casa como puedas. Y no te entretengas fuera.
¡Venga ya! ¿Qué narices estaba pasando?
—Me estás asustando.
Volvió a echar un vistazo al retrovisor y el corazón se le aceleró.
¿Luces?
Intentó ajustar el espejo para ver mejor, pero necesitaba mantener también la atención delante de ella.
El camino empezó a hacerse más estrecho, el coche se bamboleó por los baches, algo que Alex había dicho que habría que subsanar rellenando con grava, redujo un poco la marcha y, pasado el escollo entró ya en la propiedad.
—No es esa mi intención —respondió con suavidad y, sus palabras fueron precisamente lo que la asustaron aún más—. Tú solo sigue adelante, ¿de acuerdo? Tan pronto como aparques, sal y métete en casa.
El corazón volvió a acelerársele, pero acabó asintiendo solo para darse cuenta de que él no podía verle.
—De acuerdo…
Dejó escapar un suspiro de alivio tan pronto como cruzó el arco de entrada, unos metros después estaba aparcando justo delante del porche, pero no encontró la sensación de seguridad que esperaba encontrar.
Había algo extraño, incorrecto, pero por más que miraba a un lado y a otro no era capaz de adivinar de qué se trataba .
Apagó el motor, sacó las llaves y cogió con rapidez el bolso y el teléfono, pero no bajó de inmediato.
Miró de nuevo el retrovisor, pero no había nada. Se giró en el asiento, tampoco. Nada en absoluto.
—¿Eliza? ¿Sigues ahí?
La voz se notaba ahora ligeramente ahogada y se dio cuenta de que era porque había apretado el teléfono contra ella.
—Sí. Ya estoy en casa —abrió la puerta del coche y se bajó.
De repente todo estaba demasiado silencioso, incluso sentía frío, algo que contrastaba estrepitosamente con el calor del ambiente.
Habían tenido otro soleado día de verano y todavía se notaba el calor residual en el aire.
Empezó a caminar hacia el porche, pero se detuvo en seco cuando un pájaro salió de improviso, dándole un susto de muerte que la hizo gritar.
—¡Eliza! —El tono de Alex era de pánico absoluto.
—Maldito pájaro… —siseó ella, escuchando al mismo tiempo el resoplido de alivio al otro lado de la línea.
—Por Dios, cariño. No me des esos sustos.
Ahí estaba de nuevo, ese «cariño» , pero este no era el momento para ponerse a analizarlo. Metió la mano en el bolso al tiempo que reanudaba su camino hacia el porche y sacó las llaves, el tintineo del llavero ahogó el silencio.
La introdujo en la cerradura, giró y entró.
—Ya estoy dentro —anunció, el sonido de la puerta al abrirse no podía ser ignorado. Cerró tras ella y se apoyó de espaldas en esta, resollando—. ¿Vas a decirme ahora qué coño está pasando?
Él no contestó y el silencio a su alrededor pareció hacerse más denso, más opresivo.
—¿Alex? —El sonido de su propio pulso le retumbaba en las sienes.
—Tranquila —respondió al fin. De fondo se escuchaban voces, sus pisadas sobre la graba, una puerta de coche abriéndose y cerrándose y finalmente el ruido del motor—. Cierra con llave y espérame. Estoy saliendo para ahí.
Tragó saliva mientras miraba el teléfono.
—No me cuelgues, por favor. —No quería parecer vulnerable, pero no estaba precisamente tranquila, no con todo lo que había ocurrido a raíz de esa llamada.
—Sigo aquí, Eliza. No te dejaré ni un minuto sola —declaró y su determinación la tranquilizó—. Comprueba puertas y ventanas y ciérralo todo.
Sus directrices le provocaron un escalofrío, aumentando su nerviosismo. Miró a su alrededor una vez más, abandonó la puerta y entró en el salón, comprobando ahora una tras otra las ventanas.
Hizo una inspección rápida de la casa, comprobando cada vía de entrada o salida y cerrándolas adecuadamente. Todas estaban bien, tal y cómo las había dejado antes de marcharse aquella mañana.
Volvió al punto de partida y se quedó de pie en medio del salón. Había algo extraño en el ambiente, un olor que no debería estar ahí, pero ya no sabía si se trataba de algo real o era tan solo fruto de la psicosis en la que la había metido esa inesperada carrera.
Giró sobre sí misma, comprobando cada centímetro del lugar.
Las estanterías, la mesa auxiliar, la alfombra, el cuenco con sus llaves… Nada parecía fuera de lugar y, aun así, se le había erizado la piel de los brazos, como si aquello no fuese del todo cierto.
Había algo. No sabía decir el qué, pero lo sentía en lo más profundo de sí misma. Era la típica sensación de que había algo equivocado en el ambiente: un aroma que no encajaba, la diferencia de temperatura en una habitación con respecto a otra…
Le dedicó una segunda mirada, descartando cosas que podrían resultar obvias. No olía a cerrado, ni a humedad, pero tampoco olía ya a esa fragancia floral que había utilizado para limpiar los suelos. O más bien, sí, olía a eso, pero también a algo más…
¿Tabaco? No, imposible. Ella no fumaba y Alex tampoco. Y no era un aroma tan fuerte como el que dejaría alguien que hubiese estado fumado. Era distinto, más neutro, como si alguien hubiese abierto la casa y eso hubiese quedado allí como una tímida huella.
Tragó con dificultad, pues sentía que se le oprimía la garganta por el repentino temor.
—Alex… —murmuró, bajando el tono de manera automática—. Algo no está bien aquí.
Al otro lado de la línea escuchaba el sonido del motor, ligero, ahogado, como cuando se percibía desde el interior de la cabina de la camioneta.
—¿Qué ves? —le preguntó él, la tensión en su voz era obvia.
Sacudió la cabeza.
—Nada —respondió, girando sobre sí misma con lentitud—. No es algo físico, es… No sé lo que es, pero… es distinto.
Empezó a moverse, salió del salón y se dirigió a la cocina. El suelo crujió bajo sus pies con un sonido familiar que en esos momentos sonó incluso demasiado alto en sus oídos.
—No hay nada fuera de su sitio, pero… —arrugó la nariz—. Hay… como una especie de olor extraño, es como si… Se sobresaltó al escuchar un repentino golpe procedente del interior del baño.
La puerta estaba abierta y lo que vio la paralizó por completo.
La cortina se movía.
—Oh, Dios…
—¿Eliza? ¡Eliza? ¿Qué ocurre?
El sonido se repitió, esta vez más claro y sintió que se le caía el alma a los pies al darse cuenta de qué se trataba. Se sintió estúpida, con el corazón latiéndole a toda velocidad, tanto en el pecho como en las sienes.
Encendió la luz e hizo una mueca.
—Tranquilo… Er a la ventanita del baño —musitó sumamente avergonzada—. Está abierta… Ya sabes, la que tiene esa rejilla que se abate sola. —Hizo una mueca y se acercó a cerrarla bien—. Perdón.
—Cariño, me estás quitando años de vida —resopló él.
Sabía que intentaba aligerar el momento, pero su voz no se lo permitía. Estaba tenso, tanto o más que ella.
—Olvidé cerrar la ventana después de limpiar el baño esta mañana temprano —murmuró, recordando su rutina.
Volvió una vez más sobre sus pasos y se encaminó hacia la cocina.
Quizá fuese buena idea que se preparase una infusión o algo mientras esperaba la llegada de Alex, cualquier cosa que le calmase los nervios.
Dejó el teléfono sobre la encimera y se dirigió hacia uno de los muebles superiores.
—Acabo de dejar atrás el desvío y estoy subiendo hacia la granja —le informó él. Saber que estaba cerca la tranquilizó.
Sacó una taza y la depositó sobre la parte de encimera más cercana a ella, abrió un cajón y se quedó completamente quieta con la mirada clavada en algo que había sobre la esquina más alejada de la superficie de trabajo.
Era pequeño, un detalle que sin duda habría pasado por alto de no ser por que parecía fuera de lugar.
—Yo… —frunció el ceño—. No recuerdo haber dejado eso ahí.