CAPÍTULO 19
Se quedó allí de pie, viendo como el coche desaparecía tras la línea de los árboles. El sonido del motor se fue apagando poco a poco, hasta que no quedó nada más que el murmullo lejano del campo y el crujido ocasional de la madera bajo sus botas.
El silencio regresó al rancho, pero no era el mismo de siempre, ya nada lo era. Se pasó la lengua por el labio inferior, como si aún pudiera sentir el eco de aquel beso. No había sido suficiente, nunca lo sería, pero estaba bien, ella había dado un paso más hacia él y eso lo cambiaba todo.
Exhaló despacio, obligándose a relajar los hombros, a soltar la tensión que llevaba acumulando desde que la vio marcharse. Quería salir tras ella, mudar de piel, adoptar la forma de su lobo y cruzar por la pradera para internarse en su casa.
Si lo hacía ahora podría llegar incluso antes que ella, su familia lo entendería. Todos los que había dentro de casa comprenderían su necesidad de estar con su pareja, de protegerla .
¿Y si le pasaba algo? ¿Y si se le cruzaba un zorro delante del coche? ¿Y si pinchaba una rueda? Estaba siendo melodramático, lo sabía, pero todavía no quería dejarla ir, no quería perder esta conexión.
Sí, volvería a la granja para pasar la noche y vigilarla, pero no era lo mismo, quería poder sentarse a su lado, tumbarse con ella en la cama, verla dormir.
Se pasó una mano por el pelo con un gesto de pura irritación. No tendría que privarse de todo eso si le hubiese dicho quién y qué era, si le hubiese explicado ya lo que significaba el vínculo entre ellos.
Dios, iba camino de convertirse en un santo por la contención que estaba demostrando, una que se le antojaba más y más difícil con cada día que pasaba.
Su lobo era de la misma opinión. Se removía bajo su piel, inquieto, alerta, con esa necesidad constante de seguirla, de no perderla de vista ni un solo segundo. Era un impulso primario, difícil de contener.
—Está bien… —murmuró más para sí que para otra cosa—. Ella está bien. Podrá sobrevivir unas cuantas horas sin nosotros. No es cómo si no fuésemos a vigilarla como siempre, solo… démosle algo de espacio.
Se obligó a dar media vuelta, a dirigir cada uno de sus pasos hacia el porche, pero no llegó siquiera a poner un pie en la entrada, pues algo cambió en el ambiente. Era algo sutil, casi imperceptible a menos que supieras lo que buscar.
Levantó la cabeza y oteó el aire, el viento giró levemente trayendo consigo un olor que no pertenecía al rancho.
Se le puso el vello de punta, del mismo modo que se le habría erizado el pelo a su lobo.
Frunció el ceño al instante, sus sentidos tensándose como un resorte mientras giraba a toda velocidad y escaneaba el lugar con su aguda mirada.
Nada parecía fuera de lugar, pero algo no estaba bien.
Volvió sobre sus pasos, poniéndose ahora en modo rastreo.
Pensó en mutar a su encarnación animal, pero incluso en su forma humana sus sentidos eran excelentes.
Ahí estaba, cerca de la línea en la que estaban aparcados los vehículos de la familia, su propia camioneta, dónde hasta hacía cosa de unos minutos había estado el vehículo de Eliza.
Gruñó.
¿Cómo no había notado antes ese olor? Era el mismo rastro. Aceite, metal y algo más sucio, totalmente fuera de lugar.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se le tensó la mandíbula, se le endurecieron los hombros y su mirada volvió a caer sobre la línea de árboles que rodeaba la propiedad. No parecía que hubiese nada, pero eso no significaba que no estuviese allí ahora o que lo hubiese estado antes.
—Hijo de puta… —siseó por lo bajo.
Su voz, matizada por la presencia de su lobo, se volvió más profunda, más oscura. Dejó que tomase el control, valiéndose de sus instintos, de su naturaleza para rastrear con mayor precisión.
Avanzó como un depredador, se movió con sigilo y rapidez.
No había un rastro claro, pero cuando el aire se movía, este parecía traer consigo el hedor residual de algo que no encajaba en el lugar.
Fuese quién fuese el responsable, sabía cómo ocultarse y, sobre todo, como emprender la retirada sin ser visto.
¿Seis lobos en la casa y ni uno solo de ellos había captado ese aroma extraño? Eso no le gustaba ni un pelo.
Podía llegar a entender que Rosalind o los chicos no fueran conscientes de los sutiles cambios, después de todo, no residían aquí, pero su abuelo y él mismo conocían cada acre de este terreno al dedillo, cada olor, cada fragancia.
Sin embargo, todos habían estado demasiado distraídos preparando aquella velada, preocupados por Eliza y por él mismo, porque las cosas se diesen lo mejor posible para ambos.
Estaban en familia, disfrutando de un momento que no se daba muy a menudo, el de estar todos reunidos bajo un mismo techo .
—Mierda —gruñó.
No podía ignorar aquello, no después de la inesperada visita de Sullivan a Brook Farm.
Si solo hubiese estado Eliza en aquel instante, era posible que la cosa se hubiese quedado como algo sin importancia, pero él le había visto allí y sus palabras, su manera de sonreír…
Conocía demasiado bien a ese tipo y lo que era capaz de hacer con tal de conseguir lo que quería.
Y este olor… Era demasiado similar a algo que ya había captado antes y, en un mundo como el suyo, no existían ese tipo de casualidades. No sin una motivación detrás.
Giró sobre sí mismo y caminó de vuelta hacia el porche con pasos firmes. No podía ignorar aquello, ni tampoco las sensaciones que percibía a través de su lobo.
Se detuvo en el primer escalón, mirando una vez más hacia el camino por el que Eliza se había marchado. No era mucha la distancia entre el rancho y la granja, pero incluso un pequeño trecho podía convertirse en una carretera infernal con la motivación adecuada.
Sacó el teléfono del bolsillo y lo sostuvo un segundo entre los dedos, dudando apenas un instante antes de desbloquearlo.
No quería asustarla, no tenía pruebas, tan solo conjeturas y su instinto, pero no iba a quedarse tranquilo hasta que escuchase su voz.
Por fortuna, ella le había dado su número un par de días atrás, con lo que solo tuvo que marcar.
Nunca la espera de unos tonos le resultó tan dura, tan desesperada. Cada nuevo pitido era como una punzada en el pecho.
—Vamos, Eliza… —murmuró empezando a ceder a su propia desesperación. Y no era algo que pudiese permitirse, debía mantener la cabeza fría.
Tuvo que escuchar un par de tonos más antes de oír el característico clic del otro lado. Solo entonces el aire volvió a entrarle en los pulmones. No se anduvo con rodeos y fue directo al grano, aún si eso la ponía sobre alerta. Mejor eso, que cargar con cualquier posible consecuencia .
—Dime que ya has dejado atrás el desvío y estás subiendo por el camino de la granja —pidió con voz baja, contenida, pero una firma que no pasaría por alto.
Volvió a recorrer la propiedad con la mirada, esperando equivocarse, deseando que este nerviosismo fuese tan solo consecuencia de la distancia que los separaba y no de algo más, porque si algo o alguien tenía en mente ponerla a ella en peligro… Iba a descubrir de primera mano el mismísimo infierno.